Fuentes

Luis Sánchez Sancho

No voy a referirme a los sitios donde el agua está en continuo surgimiento, a lo que los antiguos griegos llamaban fuentes y les atribuían un origen divino y una significación sagrada.

En la mitología griega las fuentes son hijas de Océano (dios de los mares) y su hermana Tetis (diosa de las aguas no marinas), y cada una de ellas está puesta al cuidado de una ninfa, o de un genio, con los cuales se identifican.

La más emblemática de las fuentes es la Fuente Castalia, la preferida de Apolo (dios de la música y de las artes) y sus divinas Musas.

Castalia, según la leyenda, era una hermosísima doncella a quien Apolo amó intensamente. Pero no podía amarla por siempre y, egoísta él, para que nadie más pudiese tener amores con Castalia la convirtió en una fuente de aguas rumorosas, limpias, dulces y energizantes, que tenían la virtud de excitar el entusiasmo y exaltar la imaginación. Por eso los poetas la consideraron como fuente de divina inspiración.

Pero, repito, no es a esa clase de fuentes que me quiero referir, sino a las fuentes documentales que alimentan los datos que uso en esta columna semanal, porque algunas personas me han dicho que debería indicar siempre de donde tomo los datos que doy a conocer sobre los diversos mitos, pues a veces presento versiones que no son precisamente las que tales personas han conocido por medio de sus lecturas.

Al respecto he explicado en ocasiones anteriores que, como es bien sabido, la mitología no es historia —es decir, descripción rigurosa de hechos que ocurrieron realmente—, sino interpretación fantasiosa y fabulación, y por eso no hay ni puede haber una sola versión de cada caso o leyenda.

Creo que por eso fue que el consagrado literato argentino e hispanoamericano ya desaparecido, Jorge Luis Borges, advirtió que hemos de seguir narrando y transformando siempre los mitos durante el tiempo que nos queda.

Ahora bien, en lo que se refiere específicamente a las fuentes literarias que uso para escribir esta columna, debo reconocer que sólo de vez en cuando menciono una que otra obra en la que me baso para asegurar algo sobre uno u otro mito o leyenda. Tal vez debería hacerlo siempre, pero la verdad es que tengo que luchar con el limitado espacio disponible, y en vez de sacrificar algún aspecto de la leyenda que me parece puede ser de mayor interés para el lector, prefiero omitir la mención de la fuente.

En realidad, son diversas las fuentes que consulto habitualmente, de las cuales menciono sólo algunas: La Ilíada y La Odisea, de Homero; La Eneida, de Virgilio; las Tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides: Mitología Griega, de Ángel María Garibay K.; Mitología Griega y Romana, de Juan Humbert; Dioses y Héroes de la Mitología, de J. Mh.; Seres Fabulosos de la Mitología, de Joseph Walker; Introducción a la Mitología, de Lewis Spencer; Diccionario de Símbolos y Mitos, de J.L. Pérez Rioja; Mitología, de Christopher W. Blackwell y Amy Hacney Blackwell; Ilustre Familia, de Salomón de la Selva, etc.

Y debo agregar que por lo general mezclo distintas versiones sobre cada leyenda, pero no con el propósito —inútil en todo caso— de ser original, sino para recoger cuanto sea posible la belleza y diversidad de matices de cada mito; pues, como dice el citado Pérez Rioja, la mitología es “un juego del espíritu al que la humanidad se ha entregado desde los tiempos más remotos”.

Espero que valga esta aclaración.

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