Danilo Arbilla
Traje de fina hechura, cuello de toro, pelo corto y enrulado, entrecerró los ojos, ya de por sí achinados, e hizo un gesto con los labios llevándolos hacia delante, seguido de una pausa para que pusieran atención a lo que les iba a decir. Se golpeó el pecho repetidamente tras cada “yo” mientras anunciaba: les voy a comprar barcos y aviones, voy a suscribir 500 millones de dólares en bonos ahora y otros 500 en pocas semanas, voy a vender los bonos del imperio, financiaremos en donde sea los movimientos sociales y populares, los proveeremos de petróleo barato, los nombraremos intermediarios —así hacen su ganancia—, les compraré carne, les daré ocupación y les pagaré sueldos a sus maestros, asesores militares, médicos y así sigue y suma, para, al final, asegurar que la revolución está en marcha.
Para la audiencia todo suena a música celestial. Es la solución a sus problemas. Es el maná que cae del cielo.
No sé, sin embargo, si todo ello basta como para calificar al presidente Chávez de líder latinoamericano, como leí en estos días en una crónica periodística.
¿Para qué quieren los latinoamericanos un líder cuyo país está entre los más corruptos del mundo y con un creciente nivel de pobreza, pese a que el precio del petróleo, su principal ingreso, se multiplicó por más de siete en los últimos seis años?
Pero la cuestión es que sus colegas del continente ya no lo toman a Chávez tan en broma ni ironizan sobre sus arranques histriónicos durante las “cumbres”. Es que con Chávez ocurre como con aquel niño poco hábil para los deportes pero que igual juega en todos los partidos porque es el dueño de la pelota.
Chávez, efectivamente, se ha transformado en una especie de Robin Hood, o quizás, mejor dicho, en Hood Robin, porque en realidad aquel robaba la plata a los ricos para distribuirla entre los pobres, que no sería estrictamente este caso. El dinero que el Comandante —o subcomandante si tenemos en cuenta a Fidel— reparte alegremente es de los venezolanos, de los cuales un alto porcentaje, según lo afirman autorizadas instituciones internacionales, cada vez es más pobre.
Al resto d e los habitantes del continente no les viene mal, pero decididamente a los venezolanos esta conducta de su Presidente no les puede caer bien. Debe disgustarles bastante que Chávez destine millones y millones de dólares para reconstruir las redes eléctricas en La Habana mientras los apagones se repiten y se dispone el racionamiento de energía eléctrica en una de las principales provincias petroleras venezolanas, cuyo sistema de electricidad está al borde del colapso por falta de mantenimiento. Tampoco han de estar muy contentos aquellos venezolanos que no tienen casa y siguen esperando que se cumpla la promesa del Gobierno de que se les va a dar vivienda, mientras se enteran que el presidente Chávez ha dado prioridad a la construcción de viviendas en Pinar del Río (Cuba).
Puede que sea cierto que la CIA se mete en todo y que hasta haya muchos que aún le creen a Chávez cuando habla de los planes de Bush y los Estados Unidos para invadir Venezuela y controlar su petróleo. Ahora, lo que resulta difícil de aceptar es que las causas del resentimiento de los venezolanos, que registran las encuestas, haya que buscarlas fuera de las fronteras. El problema está adentro, por más que Chávez sea el dueño de la pelota y le sobren recursos para hacer de Robin Hood al revés.
El autor es periodista uruguayo.