Alejandro Serrano Caldera*[email protected]
Roman, Times, serif»>
Los mitos, la desesperanza y la lucha por el presente
Alejandro Serrano Caldera*
[email protected]
La incertidumbre y la desesperanza que habitan el corazón del hombre que recorre los caminos en el tiempo y la angustia que sepulta la alegría de una humanidad enferma, son producto de una doble mutilación: la del pasado y la del futuro; el mito y la utopía. Se dice que la modernidad ha muerto y que la postmodernidad es el afianzamiento de un presente perpetuo. Los profetas del Apocalipsis y los filósofos de la uniformidad universal vienen anunciando desde las últimas décadas del siglo XX el fin de la historia y de su múltiple, compleja y contradictoria trama y el inicio de un tiempo lineal y homogéneo.
Los acontecimientos brutales que han inaugurado el siglo XXI y que han abierto los diques a una marea de sangre y terror, desmienten en los hechos las ideologías prefabricadas y exigen la búsqueda de un camino más racional y humano en el que la dignidad y la justicia puedan reaparecer de nuevo.
No obstante, el derrumbe de las ilusiones y el naufragio de las certezas no autorizan a desertar de la esperanza, ni a claudicar en la fe de un mundo más justo y humano. Auxiliado por la lectura y buscando en los mitos griegos algún significado a esa contradicción entre el desarrollo material y tecnológico, por una parte y la regresión moral, por la otra, he vuelto a la lectura de algunas partes de El mito de Sísifo, viejo y siempre renovado mensaje de Camus, que aunque no dé soluciones, ningún libro las da, permite al menos orientar las reflexiones y encontrar, a veces, nuevos significados, a viejas preguntas. Con la misma intención he releído ciertas páginas de El mito de Icaro, de André Comte-Sponville.
Rebelde frente a los dioses y frente a la muerte, Sísifo es castigado con un destino sin alternativa: debe subir su roca del sacrificio hasta la cima de la montaña para verla bajar de nuevo en un eterno subir y bajar sin esperanza. Pero Sísifo al reconocer su destino vence al castigo y Camus de esta manera exilia la esperanza y asume la conciencia.
En otra de sus obras, L´Eté, Camus abjura de la esperanza como el peor de los males que los griegos hicieron salir de la Caja de Pandora. “Yo no conozco, dice, símbolo más conmovedor. Pues la esperanza, al contrario de lo que se cree, equivale a la resignación. Y vivir no es resignarse”.
Y en otra parte, previniendo contra la ilusión y la esperanza, expresa: “Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma”… “La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas”.
Otro filósofo francés, André Compte-Sponville, trabajando otro mito, El mito de Icaro y que subtitula Tratado de la desesperanza y de la beatitud, propone como única posibilidad la aceptación consciente de la imposibilidad humana.
Icaro remonta el vuelo hacia un cielo que no encontrará jamás, pero el batir de sus alas sobre esa ausencia hará realidad consciente su vuelo. Para Comte-Sponville eso no es resignación; resignación habría sido plegar las alas o no iniciar el vuelo ante la conciencia irrefutable y previa de ese cielo ausente, de las alas destruidas y de la inevitable caída.
El vuelo de Icaro contiene la misma radical desesperanza, pero al mismo tiempo la misma irreductible convicción sobre la acción que la de Sísifo con la roca. “Nosotros, dice Comte Sponville, somos prisioneros del porvenir y de nuestros sueños: a fuerza de esperar mañanas que cantan, perdemos la sola vida real que es la de hoy. Por eso nosotros no vivimos jamás, dice Pascal, nosotros esperamos vivir. Es la trampa de las religiones, con o sin Dios: la esperanza es el opio del pueblo”.
Estos cantos a la desesperanza sin desesperación, Sísifo e Icaro, este homenaje a la conciencia de la fatalidad sin resignación, nos deja, sin embargo, sumidos en la noche perpetua de la acción sin resultado y del camino sin sentido. A fuerza de futuro perdemos el presente, a fuerza de sueños perdemos la realidad, se nos dice, pero ¿quién puede vivir sin esperar y esperar sin soñar? ¿Qué realidad se construye sin esperanza y qué vida sin sueños?
Los seres humanos, creyentes o no, esperan en lo profundo de su conciencia o de su ilusión. Muchedumbre solitaria de soñadores que se debate entre la conciencia del existir y la imposibilidad de ser, entre el mundo que es y el que quisiéramos que fuese, entre la “felicidad zoológica y la infelicidad metafísica”; y ése es el origen y la esencia del arte por el que nos damos el mundo que la realidad nos niega.
Sísifo “al final de ese largo esfuerzo medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad”, encuentra la resignación y la resignación no es la libertad sino su renuncia. Icaro que encuentra “la tranquilidad del silencio” y descubre que “la noche que cae apaga los destellos del crepúsculo… sin fantasmas, solo vacío. Sin angustias, sólo silencio. Sin agitación, sólo reposo”, encuentra la desesperanza que adormece el alma e insensibiliza la conciencia.
Si para Albert Camus “no hay destino que no se venza con el desprecio”, para Comte-Sponville no hay angustia que no diluya la desesperanza, la total supresión de la ilusión, vivir sin esperar, “soledad y silencio: la noche del alma”.
En medio de todo ello, no obstante, creo que una nueva lectura de ambos mitos nos permite otra conclusión, alejada de aquélla que pareciera proclamar la resignación, pese a ser ésta explicita y reiteradamente negada, del pesimismo radical que se desprende de Camus y Comte-Sponville, surge también una voluntad determinada de vivir a plenitud la realidad tal como es, sin hipotecarla a un futuro impreciso que, como los horizontes marinos se alejan del viajero cada vez que éste se aproxima a ellos.
Una lectura que resulta más compatible con la cita de Píndaro con la que Camus inicia El mito de Sísifo. “Oh alma mía no aspires a la vida inmortal pero agota el campo de lo posible”.
Es quizás desde esta perspectiva que adquieren su pleno sentido las palabras finales de Camus: “Dejó a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña, llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”.
* El autor es filósofo