Alejandro Bolaños Davis *[email protected]
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El nicaragüegüense
Alejandro Bolaños Davis *
[email protected]
Nuestro personaje puede ser llamado cualquier cosa menos respetable…
Daniel G. Brinton
En Nicaragua predomina la cultura de la desconfianza y el subdesarrollo. Es la cultura del Güegüense o Macho-Ratón. El Güegüense es el mismo arquetipo universal del truquero o pícaro que existe en las mitologías en todas las culturas de todos los tiempos. En España celebran la picardía de El lazarillo de Tormes, en México y toda Latinoamérica a Cantinflas y Chespirito, en Panamá a Tres Patines. Cada país tiene una representación del arquetipo del truquero.
En Nicaragua este arquetipo emerge con enorme fuerza como una respuesta de adaptación o supervivencia frente a un mundo externo de conflicto, temor, desconfianza y hostilidad. El Güegüense emerge del mar de los instintos como una solución de un pueblo subdesarrollado frente a la amenaza de la colonia española en primera instancia, luego frente a William Walker y sus filibusteros, después frente a las ocupaciones militares de los EE.UU., y más recientemente frente al comunismo internacional y la ocupación sandino-marxista de los años ochenta. El Güegüense adquiere especial fuerza en la esfera política.
Güegüense es el nombre propio que adquirió el arquetipo universal del truquero en Nicaragua. En estas tierras el arquetipo emergió del submundo y adquirió vida y personalidad propia para lidiar con éxito relativo contra la amenaza de los poderes mundiales superiores y se arraiga así en la mente y los corazones de los nicas llegando a formar parte del espíritu, la cultura y la identidad del nicaragüense. Para los nicaragüenses el Güegüense es un héroe que por medio de la astucia, la picardía, el engaño, y la burla logra dominar al invasor. Es símbolo y orgullo de nuestra nacionalidad. Es el David que vence a Goliat. El Andrés Castro que elimina a Byron Cole de una pedrada. Es el pobre que engaña al rico burlándose y robándole en sus narices. Nuestra principal fortaleza que nos caracteriza como nación y que hemos usado con algún grado de éxito en nuestra historia es ser Güegüense.
El Güegüense es:
∙ Amistoso, hospitalario, igualado, y desconfiado hacia el poder.
∙ Extrovertido, expresivo, ameno, espontáneo, de fácil palabra para sacar ventaja y con una imaginación vívida hacia el cuento, el chisme, la exageración y la mentira.
∙ Competitivo, individualista, egocéntrico, cortoplacista, antisistema, busca atajos, arreglos y mordidas para resolver y sacar ventaja. Su afán es buscar arreglos y pactos que lo beneficien en lo personal. Posee una visión del mundo en la que él debe ganar y el otro perder.
Esta forma de ser del Güegüense demostró ser una fortaleza efectiva en tiempos de dominación extranjera. No obstante, esta fortaleza (la burla y el engaño) al usarla en su mundo interno se convierte en su principal debilidad. El uso desmedido de su fortaleza se convierte en su principal debilidad.
La paradoja del Güegüense es que esa estrategia cómica de trato amistoso, igualado, rebanador, esa imaginación vívida, exagerada y mentirosa que aparentemente le funcionó frente a extranjeros poderosos y ayudó a adaptarse al mundo exterior con éxito, está tan internalizado en su naturaleza humana que ahora se convierte en un patrón de comportamiento inconsciente que también lo aplica internamente contra sus hijos, hermanos, vecinos y contra sí mismo. Su estrategia vulgar y cómica para lidiar con el conflicto se convierte en su propia tragedia. Estos valores/antivalores necesarios para adaptarse y sobrevivir a la amenaza extranjera los aplica ahora contra sí mismo fragmentándose. Su comedia se torna tragedia.
La desconfianza, la burla, el cinismo, la corrupción, la incapacidad para sostener diálogos maduros y productivos, y de sostener relaciones solidarias por el bien del país y el futuro de sus hijos, son ejemplos claros de ser Güegüense. Debemos llamarnos ahora Nicaragüegüenses, caricaturizando nuestra forma de ser. Especialmente en el campo de la política, el Nicaragüegüense presenta un patrón de comportamiento adictivo a los antivalores antes mencionados. Su comportamiento es parte de un repertorio totalmente predecible. El Nicaragüegüense demuestra incapacidad para utilizar comportamientos maduros y responsables.
Nuestro desafío
Si pudiéramos cambiar nuestra actitud…
cambiaría nuestra forma de pensar,
cambiaría nuestro comportamiento
y nuestro mundo.
El gran desafío que tenemos los nicaragüenses es dejar de ser Nicaragüegüenses y acelerar de alguna manera una transformación cultural para generar mayores niveles de confianza entre nosotros y crear capital social que facilite la empresarialidad, el bienestar de las mayorías y la dignidad nacional.
El mayor dolor es reconocer y admitir que esta forma de ser que quizá antes funcionó, para algunos, ahora es el principal obstáculo para nuestro desarrollo. El Nicaragüegüense debe abandonar el mando en nuestra cultura política y cederle el paso a una nueva identidad nacional. Darle el mando a la identidad del nicaragüense que quisiera ser. Debemos aceptar que tenemos que aprender nuevos valores y comportamientos que permitan desarrollar mayores niveles de confianza entre nosotros los nicaragüenses si queremos crecer como nación en el siglo XXI.
Para lograr la transformación cultural debemos concentrarnos en la educación para forjar el carácter de los niños y de los mayores, para que ellos sean y posean los elementos fundamentales que permitan institucionalizar esta nueva cultura de confianza.
Nuestro predicamento parece ser que no hay nadie que pueda asumir este reto. ¿Quiénes serán los líderes transformadores hacia lo nuevo? ¿Quiénes serán los educadores de las nuevas creencias que elevarán los niveles de confianza entre las personas? ¿Dónde están? De pronto se vislumbran algunas siluetas, pareciera… Pero no…, aún no los vemos.
Recordemos que nadie puede dar lo que no tiene, “lo que natura no da Salamanca no lo presta”. Aún no parece existir en Nicaragua ese núcleo de líderes forjadores de la transformación cultural y de la nueva nacionalidad para crear el futuro deseado.
Si queremos mejorar como nación, antes debemos ayudar a conformar ese liderazgo político que aglutine a todas las fuerzas vivas del país. Necesitamos de ese liderazgo para articular la visión de lo nuevo. Un liderazgo confiable, con capacidad para establecer relaciones de confianza que facilite la creación del capital social indispensable para el crecimiento y la prosperidad. Un liderazgo que asegure la estabilidad, la gobernabilidad y que impulse la empresarialidad.
* El autor es consultor de organizaciones, directivo departamental del PC.