Migdonio Blandón B.
Finalizando el Año Litúrgico, mañana 23 de octubre, se clausura el Año Eucarístico decretado por Su Santidad Juan Pablo II el 7/l0/04 en su Carta Apostólica “Mane nobiscum Domine”. Anteriormente había llamado al laicado a colaborar en la misión que Jesucristo dio a sus apóstoles antes de su ascensión: Vayan por todo el mundo y anuncien este mensaje de salvación (Mc.15,16).
Como laico cristiano, sintiéndome llamado y consciente que en el mundo secular, por los avances científicos globalmente obtenidos y la extremada egolatría se sustituye al Creador, a quien con la vida todo absolutamente se le debe, me permito tocar el importantísimo tema del misterio eucarístico, que quizá al ser someramente apreciado, repetidas veces se cae en la profanación sacrílega.
La sagrada eucaristía, instituida por Nuestro Señor Jesucristo, en la Última Cena, que para celebrar la pascua judía tuvo con sus apóstoles la víspera de su cruento martirio; y que siendo Dios y Hombre por su infinito amor se ofreció como holocausto para redimirnos; ya que conociendo nuestra fragilidad humana,quiso quedarse en el sagrario, para ser camino, luz y guía de todo el que humildemente decide seguirle.
Para el cristiano, hablar de la sagrada eucaristía, que es el invaluable tesoro no sólo de la Iglesia sino del universo entero, sólo basta que lleve incrustado en su fuero interno el preciado don de la fe que Dios da, a quien arrepentido, humilde y contrito se la pide. Así, el agnóstico, que con fines ególatras tergiversa la sabiduría que también es otro de sus dones, por muy sabio que sea, del misterio eucarístico nada entendería.
Los apóstoles, a excepción del traidor Judas, al ser consagrados por el mismo Jesucristo en el Cenáculo, fueron a cumplir su misión doctrinal y a transmitir por sucesión apostólica La celebración eucarística según su mandato de: “Haced esto en conmemoración mía”; y como testigos de su resurrección siendo casi todos mártires, dejaron a la Iglesia la eucaristía que es su médula viva y razón de ser.
Celebrar la sagrada eucaristía, sólo puede hacerlo el que ha sido debidamente consagrado al sacerdocio por un obispo de la Iglesia Católica. La definición de su celebración fue públicamente expuesta en el siglo II de nuestra era, según testimonio de San Justino mártir, el año 155, ante el emperador pagano Antonino Pío (versión del Catecismo Católico No. 1345-1346). Se conserva la misma estructura.
Sabemos que Dios en todas partes está y que toda la creación como suya le pertenece; pero de manera específica ha querido quedarse en el sagrario, como cohabita en el corazón de los que con humildad se abren a Él para recibirle. Cuando se tiene la gracia de la fe, que solamente reciben los pobres de espíritu, sólo entonces se adquiere la seguridad plena del misterio eucarístico, muchísimas veces comprobado.
Los milagrosos ejemplos de la presencia viva de Nuestro Señor Jesucristo en la sagrada eucaristía son muchísimos (en Internet: Yahoo.com pueden verse centenares de casos en: Milagros Eucarísticos); pero cuando por ser autosuficiente y carente de humildad faltando la gracia de la fe, llegan inesperadas borrascas físicas o espirituales, en nuestra frágil existencia cunde el pánico y la desesperación; y en definitiva se va a la perdición.
Más, si asidos a la fe, estando en buena relación con Dios, aún en el último instante se mantiene viva la esperanza; y con la paz que solamente Él sabe dar, se acata su voluntad, la que aún en la más dolorosa situación, ella ineludiblemente converge hacia el bien, ya que Él, que todo lo ve, incluso en catastróficos imprevistos, que ha dejado al libre albedrío, su actuación se ajusta a lo conveniente.
Dios ha querido que siendo criaturas suyas, todos por Él redimidos, alcancemos la salvación. Por ello su divino hijo se ha quedado en el sagrario, para ser camino, luz y guía, de todo el que buscándole se decide a seguirle; y sin que, al aceptarle como único Señor, posibilitar la trascendencia al disfrute de su reino. Tan sólo basta tomar la decisión de acercarnos a Él, que está siempre presente en la sagrada eucaristía; y con una fe expectante vivir a plenitud, como ha querido siempre que vivamos.
El autor es miembro del Foro Eduquemos.