Joaquín Absalón [email protected]
Un raro ser comenzó a volar por los cielos de Nicaragua el 31 de octubre de 1899. Veo su pluma tan blanca como el lino con que lo conocí. Es el inolvidable patricio doctor Humberto Alvarado Vázquez, filósofo, médico, educador, símbolo de la pureza histórica del Partido Liberal Independiente y ético excepcional en la política nicaragüense, destrozada ahora por los patanes de nuestro trágico presente.
Traigo al doctor Humberto Alvarado a la actualidad para que las nuevas generaciones sepan que tuvimos valores maestros a los cuales ellas pueden imitar e incluso superar para no romper los enlaces del idealismo.
Alrededor de este personaje giró el apacible surtido de la bondad, desconectada de los sustratos pasajeros. Fue de aquellos médicos que andaban en las calles y en las vecindades marginales cargando el maletín lleno de medicinas y del instrumental básico para medir la capacidad de la vida.
Médico y soldado de la revolución (1926-1927). En el trajinar riesgoso iba personalmente a la alcoba adolorida. Autor de ideas calificadas ahora de utópicas o románticas por los sicarios del pragmatismo oportunista, llamaba la atención su mocedad ideológica, su voluntaria adaptación a las corrientes desde su base permanente de Masaya, su calor vegetal y humano, la exquisita tenacidad que resume al hombre por no haber sido individual.
De tarde en tarde, infrecuentes por cierto, se repiten las reminiscencias espinales. Estoy en esa tarde. Viendo su rostro, nadaba en la muchachada el movimiento de la imaginación llevando el paisaje de la República con ojos curiosos, ignorantes y rápidos. De él aprendí en el pupitre de la vida la exuberante dotación del porvenir porque pintores hubo para trazarlo. ¿Los hay? Pueden contarse con los dedos de las manos. En el recorrido quizá no se llegue al tope de los cinco. ¿Qué veía en ese paisaje? El año de 1944 impactado por la metralleta somocista, cuando el doctor Alvarado se abraza más estrechamente con el tronco corpulento de la política entregándose a la causa rebelde del PLI para tener ahí larga y frondosa vida y para dar demostraciones reales y no duales de estar contra el somocismo, contra los abusos de gobernar por decreto, razón por la cual (parlamentario 1927-1938) renuncia para ser tenaz opositor (1939-1945) dejando las tentaciones talladas en oro que le ofrece la corrupción absoluta.
No estaban en ese paisaje los diputados que quieren seguir siendo diputados, los magistrados que quieren seguir siendo magistrados, los ministros que quieren seguir siendo ministros para no cambiar —mengalos al fin— el opulento estilo de vida otorgado por la inclinación crónica de estar debajo de la ubre de la vaca estatal. Alvarado renunció a todo y hasta a la codiciada Presidencia de la República en irrevocable decisión. Singular, ¿verdad?
Llamativa coincidencia. Murió el mismo día y mes (23 de septiembre de 1976) en que nació Pedro Joaquín Chamorro (23 de septiembre de 1924) con quien tuvo tanta afinidad, efemérides registradas en el mes patriótico de septiembre.
En el ya reseñado 1944 huyó de los ofrecimientos y se reclinó en el retorno al magisterio al aceptar ser el profesor de anatomía, fisiología e higiene del Instituto de Masaya. Se hizo cargo de la cátedra poniendo como condición no recibir ningún salario. Raro, ¿verdad? Su clase dicen sus discípulos vivientes —alumnos y pacientes— en la inevitable concordancia de celebrarlo era “conceptuosa, interesante y explicativa”. Por eso decía que el día en que nació una sola pieza abrió sus alas.
El autor es periodista