Empecemos a alimentar a los niños

James Morris

¿Cuándo fue la última vez que oyó que un niño había muerto de hambre en los Estados Unidos (Gran Bretaña/Francia/Italia/Suiza/Japón/Australia)? ¿Hace un año? ¿Hace 10 años? ¿Hace 50 años?

Por supuesto que es algo que ocurre de vez en cuando, como consecuencia de una atroz crueldad o negligencia. Esos casos son motivo de grandes titulares; la gente se queda horrorizada, con razón, porque en nuestra sociedad desarrollada esto no debería suceder. Hay numerosos factores que contribuyen a que no pasen estas cosas, como son los servicios sociales, el seguro de desempleo, los subsidios para hijos a cargo y el apoyo a los ingresos. Pero de vez en cuando se escapa algún caso. Es mérito de los sucesivos gobiernos del mundo desarrollado que tales historias de horror sean tan poco frecuentes. Básicamente, el sistema funciona.

No obstante, en el mundo en desarrollo hay muy pocas redes de protección social. Y para millones de niños, la supervivencia es, en gran medida, una cuestión de suerte. Todos los años, más de 10 millones de niños menores de 5 años no logran salir adelante; en la mayoría de los casos se debe a causas relacionadas con el hambre. En estudios realizados por la Organización Mundial de la Salud se establece que la desnutrición es la causa principal de la muerte prematura de los niños y los adultos.

Tomemos, por ejemplo, el Níger. Con un poco de suerte el próximo será un buen año para ese país. Quizás las lluvias lleguen a tiempo, las nubes de langostas se controlen y no ocurra ningún otro desastre imprevisto. De ser así -una posibilidad un tanto remota- podemos esperar que sólo mueran unos 450 niños en el Níger por causas relacionadas con el hambre durante la temporada de carestía. Ésa es la buena noticia.

No se trata sólo del Níger. Algo muy similar ocurre en Mauritania, en algunas partes de Malí y en toda la región del Sahel, donde millones de personas luchan por sobrevivir en un sitio donde las condiciones de vida son de las más severas de la tierra. Si se cruza el África subsahariana y al contexto existente se añaden los conflictos y el VIH/SIDA la situación se pone todavía peor.

Ahora la atención mundial se centra en Malawi, donde millones de personas están padeciendo una crisis alimentaria causada por la falta de lluvias estacionales y se enfrentan al desmoronamiento de la producción de alimentos como consecuencia directa del VIH/ SIDA. En algunas partes del África meridional la esperanza de vida se ha situado en tan sólo 35 años. A veces uno se pregunta cómo algún niño puede arreglárselas para llegar a esa edad.

Incluso los supervivientes tropiezan permanentemente con alguna dificultad. El hambre produce un retraso del crecimiento, disminuye la inteligencia y aumenta la susceptibilidad a las enfermedades, limitando seriamente el potencial de las personas, y el de comunidades y naciones enteras.

Una de las principales formas en que la pobreza pasa de una generación a otra es mediante el ciclo de la malnutrición infantil y materna. Que una madre deje el hambre en herencia a su hijo constituye una ruina para éste. Los bebés que padecen insuficiencia ponderal empiezan la vida con una desventaja terrible y sus posibilidades de morir en los primeros días o semanas de su vida son 40 veces superiores a las de los bebés que nacen con un peso normal. Numerosos estudios han demostrado que el desarrollo cognitivo y del comportamiento de los niños pequeños malnutridos se ve gravemente perturbado, lo que, más adelante, les causa otros problemas en la vida, como es el escaso rendimiento escolar. En la adolescencia la malnutrición crea problemas a los chicos y a las chicas, por lo que su productividad y capacidad de rendimiento son menores que las de las personas sanas de su edad. La mortalidad materna es mucho más elevada entre las madres malnutridas, cuyos bebés tienen más posibilidades de nacer con insuficiencia ponderal. De esa manera el ciclo se perpetúa.

Pese a todo, no tiene por qué ser así. Actualmente hay unos 300 millones de niños malnutridos en el mundo. De esos niños, 112 millones están en China y el Brasil, donde los gobiernos están tomando medidas para resolver el problema. Otros 90 millones reciben asistencia en el marco de programas ya existentes. Quedan aproximadamente 100 millones de niños hambrientos que en estos momentos no reciben asistencia de ningún tipo.

Suministrar a esos niños -y a los aproximadamente 15 millones de mujeres embarazadas y madres lactantes malnutridas que tampoco reciben apoyo- alimentos suficientes para llevar una vida sana le costaría al mundo unos 5.000 millones de dólares EE.UU. al año. Los gobiernos de los propios países en desarrollo podrían sufragar alrededor de 2.000 millones.

Después de todo, a ellos es a los que más les interesa invertir en su propio pueblo. El resto, unos 3.000 millones de dólares, tendría que aportarlo el mundo desarrollado. ¿Se trata de mucho dinero? No lo es si uno se para a pensar que entre todos los países desarrollados gastan mucho más de esa cantidad a la semana en subvenciones a la agricultura.

En el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas creemos que resolver el problema del hambre de los niños es la clave para acabar con el hambre en el mundo. Pero, para lograrlo, la comunidad mundial tiene que trabajar de común acuerdo.

Necesitamos que los gobiernos, las organizaciones de ayuda humanitaria, el sector privado y las personas se junten en una asociación mundial. Si conseguimos trabajar todos juntos para dar a los niños de hoy la posibilidad de que en la edad adulta puedan desenvolver todas sus potencialidades y logramos prepararlos mejor para ser padres, podemos realmente romper el ciclo intergeneracional del hambre y la pobreza.

El autor es el Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas.

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