Las razas a la luz del genoma

Jorge A. Huete-Pé[email protected]

En el criterio de cada nicaragüense, el “yo” es inteligente.

El “nosotros” estúpido.

P.A.C., El Nicaragüense

Como era de esperarse, se han vertido muchos comentarios sobre los estudios genéticos que realizamos en la Universidad Centroamericana. LA PRENSA destacó la noticia con títulos sugerentes: “Tras la huella genética del nicaragüense”, “Nicas tendrán su mapa genómico”. Sin embargo, algunos sociólogos han reaccionado no con admiración por estos avances científicos sino con burla e ironía. Burlescamente se han preguntado cómo serían el genoma cubano o el afgano. Y lo gracioso dio para más: ¿cómo serían los genomas de los nacionalizados?

La burla se explica, en parte, por el profundo desconocimiento que existe respecto a las bases fundamentales de la biología moderna y por el desprecio a la ciencia que se ha vuelto una epidemia por todas partes. Abordaré apenas un asunto crucial: el significado biológico de las razas a la luz del genoma y su importancia médica.

El genoma contiene la información de todos los genes humanos, cuyo conocimiento ha de arrojar luz sobre la genética de muchas enfermedades. Comparando el genoma de varias poblaciones se ha concluido que, desde el punto de vista biológico, las razas son prácticamente inexistentes. Todos los humanos, negros, blancos o chinos, compartimos un mismo ADN hasta en un 99.9 por ciento de similitud. De modo que, comparadas con nuestras semejanzas, las pocas características que nos diferencian son numéricamente despreciables.

Sin embargo, hay que tener claro que, excepto los gemelos univitelinos, cada individuo tiene un genoma propio que lo diferencia de cualquier otro individuo hasta en un 0.1 por ciento. Es precisamente este rango de variabilidad lo que permite diferenciar a dos individuos con propósitos concretos como, por ejemplo, la investigación forense y la determinación de paternidad.

Al hablar de “raza” conviene aclarar que el término mismo no está bien definido y que conlleva una connotación cultural, histórica, socioeconómica y, además, de origen geográfico ancestral.

Y si bien la definición de “raza” más que un concepto biológico es sociológico, hay que reconocer que algunos grupos raciales se corresponden perfectamente con la propensión hacia algunas enfermedades. Esas diferencias de relevancia médica valen más que el color de la piel. Como ejemplo citemos la anemia falciforme frecuente entre los africanos, el síndrome de Cooley frecuente entre los del mediterráneo, la fibrosis cística entre europeos y el mal de Tay-Sachs entre los judíos. Nadie se atreve a ignorar estas realidades.

En estos tiempos postgenómicos en vez de “raza” los expertos prefieren considerar los orígenes geográficos ancestrales de las personas. Esto porque, como lo sabe cualquier estudiante de secundaria, en gran medida las variaciones genéticas se han originado como respuesta a factores ambientales o, si se prefiere, por influencia de la “selección natural” persistentes por cientos de años.

Específicamente se espera poder determinar la correspondencia entre las variaciones genéticas que se presentan en determinadas regiones con las afectaciones médicas más frecuentes en dichas zonas. Esto explica por qué los científicos de muchos países inteligentemente estén recurriendo a la medicina genómica para determinar mejor los padecimientos de sus pueblos.

Al momento se cuenta con programas genómicos de poblaciones caucásicas, africanas y asiáticas. Y en nuestra región latinoamericana se destacan los esfuerzos de Brasil y México que, respectivamente, investigan las bases moleculares del cáncer (genoma del cáncer) y el llamado “genoma del mexicano”. En este último caso, se estudia la población mestiza que consiste en una mezcla de europeo y de más de 60 grupos indígenas mesoamericanos.

Por todo esto, resulta chocante que se menosprecie el esfuerzo que realizamos por identificar los factores genéticos que nos predisponen a las enfermedades. Es que hay a quienes lo genético les da sospechas y no van a tranquilizarse ni con convenciones o acuerdos internacionales ni con regulaciones de la práctica médica y genética. Y aunque su censura se disfrace de bioética, su esencia es si no ingenua, dañina.

Decepciona que algunos intelectuales se empeñen en condenar la investigación genética de las distintas poblaciones bajo el supuesto de que se corra el riesgo de aumentar el racismo. Análogamente, uno podría preguntarles si hay peligro en que la investigación antropológica de la homosexualidad esté promoviendo la homofobia.

Pienso más bien que un mejor conocimiento de la variabilidad genética humana, especialmente en relación a las enfermedades, servirá mejor en la construcción de un mundo más tolerante a la diversidad. La censura política de la ciencia como la que implantara Stalin sólo conlleva a la decadencia social.

El autor es doctor en biología molecular

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