Las regiones autónomas merecen atención

Emilio Álvarez M.

Es verdad que la Ley No. 28, aprobada el 30 de octubre de 1987 reconoce la autonomía de las regiones autónomas caribeñas, dentro del contexto de la soberanía nacional. Pero l7 años después, la plena integración recíproca está pendiente. Me refiero al funcionamiento pleno del régimen político administrativo que le es propio a la RAAN y RAAS .

Por ello, juzgo oportuno el estudio de los recursos humanos de aquellas regiones, realizado por PNUD. Esa investigación provocará una visión solidaria con los grupos étnicos, comunidades indígenas y de ascendencia afrocaribeña, más allá de disquisiciones académicas.

El libro que recoge ese trabajo fue presentado la semana pasada en el auditorio del Banco Central y tiene como centro el abanico de etnias de la costa oriental del país con sus matices propios: miskitos, ramas, sumus, creoles, garífonos y mestizos, la mayoría pueblos nómadas asentados a la vera de la naturaleza sin intermediarios, doctrinas, libros sagrados, héroes o santos. Son etnias con lengua y cultura propia, conservadas por tradición oral, aunque desafortunadamente en proceso de retracción. Por ello el primer aporte de este informe es contribuir a que se reconozca la importancia de esos grupos humanos identificando y eliminando los principales “fantasmas” que han dificultado su desarrrollo, como suponer que una autonomía funcional y fuerte, es sinónimo de separación o que se planea una institucionalidad paralela.

Claro que hay tensiones internas a diferentes niveles: en el interior de las comunidades como hay en las relaciones con el Estado, la intergeneracional, la contradicción tradición —modernidad, la droga, el aumento brusco de inmigraciones del interior, el avance de la frontera agrícola, la demarcación de propiedades comunales, y sobre todo, las depredaciones de algunos “españoles o pañas” del interior.

La pregunta que surge es ¿Por qué ha habido poco intercambio entre nacionales de la costa del Pacífico y Atlántico? Sin duda que el alejamiento físico es un obstáculo que nunca se corrigió. Costa Rica en cambio, construyó temprano un ferrocarril al Atlántico. También está el elemento histórico, cuando Gran Bretaña pretendió establecer un Protectorado en la Mosquitia , que sólo la habilidad y patriotismo de José de Marcoleta y la rivalidad de EE.UU. como potencia regional, impidió otro Belice.

Me temo, sin embargo, que la colonización española en la costa del Pacífico fue distinta de la inglesa en el costado oriental, imprimiendo frialdad y desconfianza. Los hispanos fueron conquistadores, mientras los ingleses eran negociantes que buscaban un enclave para romper el monopolio comercial hispánico y de paso, quedarse .

En todo caso, la obra del PNUD, elaborada por expertos, es casi una enciclopedia social de las regiones caribeñas , tanto por lo conceptual de sus planteamientos, como por el material informativo del capital social disponible (tipos de asociatividad, consejo de ancianos, sukias, propiedades en comunidad, índices humanos de salud y educación, lo mismo que recursos de pesca, sabana de pinos, bosque húmedo tropical, zonas mineras, llanos para ganadería y agricultura que revela potencialidad.

No obstante, hubieran sido útiles reflexiones sociológicas de los hábitos de esparcimiento y alimentación de las diferentes culturas costeñas (música, danzas, historias, pinturas , hábitos alimenticios, jerarquías interetnias etc.) y sobre todo, un inventario de los recursos humanos disponibles, profesionales, artesanos y técnicos a utilizarse con el DR-Cafta.

Me hubiera gustado más información sobre las universidades regionales Uraccan y Bicu, lo mismo que resaltar la labor de moravos y capuchinos. En cuanto a edición, hizo falta un índice por materias y autores. Termino con el canto simbólico de un costeño que dice : “Yo soy nicaribia, ni caribe soy, yo como mi ron down, patty ron down”, pan de coco para ti mientras nosotros agregaríamos, gallo pinto y vigorón.

El autor es analista político.

Editorial
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