San Juan del Norte, (1851).

Presencia de Garibaldi en Nicaragua

Jorge Eduardo Arellano El 14 de mayo de 1851 arribó al puerto de San Juan de Nicaragua —entonces la única salida del país al Atlántico— Giuseppe Garibaldi (Niza, Saboya, 1807- Caprera, Italia, 1882), forjador de la unidad italiana y “Héroe de dos mundos”: del viejo y del Nuevo. Aquí, en América Latina, combatió por la […]

Jorge Eduardo Arellano

El 14 de mayo de 1851 arribó al puerto de San Juan de Nicaragua —entonces la única salida del país al Atlántico— Giuseppe Garibaldi (Niza, Saboya, 1807- Caprera, Italia, 1882), forjador de la unidad italiana y “Héroe de dos mundos”: del viejo y del Nuevo. Aquí, en América Latina, combatió por la República Farroupilha do Grande do Sul y por la República Catarinense de los 29 a los 34 años y por la defensa del Uruguay entre los 35 y 40 (el gobierno de Montevideo le confió la jefatura de su fuerza naval contra el sitio rosista encabezado por el Almirante Brown, un irlandés al servicio del gobierno de Buenos Aires). Aquí se casó con la brasileña Anita Ribeiro en 1842. Siete años después su compañera de armas e ideales moría, defendiendo a la república romana, en 1849.

Políglota (además de su idioma original, hablaba español, francés, portugués e inglés), Garibaldi tuvo una formación cosmopolita, internacional o supranacionalista; relaciones determinadas por los saint-simonianos —adeptos del socialismo utópico—, muchas amistades fuera de Italia y una gran admiración por Francia. De ahí que, para el garibaldinismo, la lucha militar en el extranjero era una empresa orientada por la ética, nunca una aventura mercenaria, mucho menos colonialista. En 1880, a los diez años de su definitivo triunfo en Roma, Garibaldi se había declarado partidario de la independencia de Túnez y contrario a la Triple Alianza (Italia, Austria y Alemania).

Altruista, desprendido e intrépido, estuvo al servicio de la Humanidad (y de Italia en primer término), sin demostrar nunca interés pecuniario; por el contrario, su generosidad resultó perjudicial a sus intereses. Líder democrático en medio de las pautas brutales del capitalismo ascendente, concitó la admiración y la adhesión —citamos al uruguayo Carlos M. Rama— “porque representaba las ideas de las masas y porque era el portaestandarte de un sector revolucionario nacionalista”.

Otro uruguayo, Gonzalo Aguirre, ha dejado una imagen tradicional de Garibaldi al recordarnos que, desde el punto de vista político, era un liberal y un romántico. Si a ello agregamos su vinculación a la masonería, tendríamos un cuadro completo de su yo. Falta puntualizar su circunstancia histórica: la forjación de la nacionalidad republicana bajo el signo secularizador del liberalismo. Se vivía, entonces, lo que el jesuita ultramontano Lamierre denominaba “la revolución anticristiana”, que produjo la huida de Pío IX a Gaeta en 1848 y la pérdida de los Estados Pontificios en 1870.

En cuanto a la América, otro proceso estaba en vías de consolidación: la de los estados liberales que rechazaban el modelo ya obsoleto de cristiandad colonial, incompatible con la civilización profana y pluralista que sería irreversible en Centroamérica durante el último tercio del siglo XIX.

CAUSA DE SU PRESENCIA EN CENTROAMÉRICA

Pero la causa de la andanza centroamericana de Garibaldi no fue militar ni política, sino comercial. En una escueta página de su Memoria, la indica llamándola “speculazione in grande per I’América Centrale”.

Realmente, aludía al segundo período de su permanencia en América Latina, caracterizado por la actividad comercial y marítima, en la que fue determinante la iniciativa de su íntimo amigo Francisco Carpaneto. En efecto: éste tuvo la idea de emprender una operación con un navío de su propiedad (el San Giorgio) que, anclado en Génova, llevaría mercancías desde el citado puerto mediterráneo al Callao, Perú y a San Miguel, El Salvador. Garibaldi, pues, se hizo presente en Centroamérica a causa de tal speculazione.

Ahora bien: ¿por qué no dejó rastros documentales en los archivos y periódicos de la época? El mismo lo aclara en sus memorias al decir que viajaba de incógnito —con otro nombre— por dos razones: “per scansare curiosi e molestie polizeschi”. Es decir: para impedir la advertencia de su notoriedad —era célebre por sus campañas militares en América del Sur e Italia— y evitar problemas con la policía. Además, su arribo a nuestros lares se dio durante la anarquía anterior a la Guerra Nacional Antifilibustera, lo que no sólo frustró su operación comercial, sino que redujo el recuerdo de su fugaz estadía entre nosotros. Pero entremos en materia resumiendo que su presencia en Nicaragua sumó 110 días: entre el 14 de mayo y el 2 de septiembre de 1851, fechas de su arribo a San Juan de Nicaragua (o Greytown) y partida del mismo puerto respectivamente.

Llegó desde Nueva York a Colón (Panamá) en el “Prometheus”, barco de la Accesory Transit Company, creada legalmente en 1849; de ahí tomó el lanchón “María” y a las 4:00 de la tarde del 13 de mayo de 1851 arribaba a la bahía de Greytown, permaneciendo el resto del día y todo el 15. En la mañana del 16 se dirigió a Granada en el bongo “Minerva”, embarcación que llamó con la voz caribeña piragua tanto en su diario como en sus memorias. Sobre Granada dijo que era “puerto y la ciudad más importante del Lago… donde fui acogido gentilmente por algunos italianos establecidos ahí”.

CON SUS COTERRÁNEOS DE GRANADA

En Granada tuvo una permanencia inicial de dieciocho días: del 26 de mayo al 12 de junio; al día siguiente emprendió viaje a San Miguel, El Salvador, con su compañero de viaje y plan comercial Francesco Carpaneto. ¿Y qué hizo Garibaldi en Granada? Pues precisamente comenzar dicho plan. “In Granada —dice en sus memorias— principiaromo la operazioni commerciale dell’amico Carpaneto…” Por otro lado, aparte de hospedarse en la Casa de La Sirena, la tradición cuenta que instaló una fábrica de candelas. El doctor Carlos Cuadra Pasos señala que fue huésped de un italiano rico llamado Capitán Solari, supuesto dueño de La Sirena. “Era marino y por algún tiempo manejó uno de los vapores del tránsito —añadía en 1955—. Viven sus descendientes regados por Nicaragua”. También sabemos que residían en ese activo centro comercial y puerto lacustre, entre otros, las familias italianas de Fabba y Sasso; procedentes de San Juan del Norte, hicieron fortuna y don Jorge Sasso —descendiente de la segunda— guardaba a principios del siglo, como oro en polvo, la bandera que había obsequiado Garibaldi a su padre.

Un investigador opina que Garibaldi debió haber sostenido diálogos con sus coterráneos sobre la necesidad de la unión italiana, y de tarde en tarde, ir a pescar al lago. Señala, asimismo, que sus posibles prédicas liberales no podían tener eco en la ciudad cuna del conservatismo político.

CON LOS INDIOS DE MONIMBÓ EN MASAYA

Más afín al espíritu garibaldino eran la ciudad y los alrededores de Masaya, tierra melodiosa y hechicera, como la calificaría Rubén Darío muchos años después. Allí el dinámico republicano —de acuerdo siempre con la tradición— fue menos pasivo que en Granada: reparó una casa que se estaba cayendo, enseñó a los indios de Monimbó la industrialización de la cabuya y a su amigo Leónidas Abaunza, la elaboración de jáquimas. El doctor Mariano Vega Bolaños es más explícito cuando afirma que Abaunza era zapatero y se llamaba Justo. “Se refiere —agrega— que cultivó amistad con Garibaldi, quien le enseñó a aquél a fabricar riendas y cabezadas de cuero, primorosamente tijidas, lo que dio lugar a una nueva industria. También se dice que introdujo (entre los indios de Monimbó, aclaramos) algunas modificaciones en la industria de canastos y sombreros de palma, y enseñó la fabricación de petates”. Ello debió suceder a partir del 13 de junio, durante su viaje a San Miguel a través de la zona del Pacífico y sus poblados importantes, como él mismo lo revela: “We see Masaya, Managua, León, Realejo, Chinandega, Viejo, several hamlest in the road; and the splendid Bay of Fonseca; The Tigre, and Unión Harbour very sur for all kind vessells” [“Vemos Masaya, Managua, León, Realejo, Chinandega, (El) Viejo, varias localidades en el camino; y la espléndida Bahía (Golfo) de Fonseca; (la isla del) Tigre, y el puerto de (La) Unión, muy seguro para toda clase de barcos). Pero más bien al regreso, primero porque tenía prisa por llegar a San Miguel con su amigo Carpaneto y hacer los contactos comerciales; y segundo porque sugiere que no duró mucho en Masaya al escribir: “We see Masaya…”]

Lo cierto es que, para el 26 de junio, se hallaba otra vez en el puerto de la Unión, de vuelta hacia Granada; anteriormente, había visto “the wonderful volcans —son sus palabras— of Indira (sic) Viejo, S. Miguel and the terrible José Cuina (sic) wich last eruption frigtbened the around nations and which the ashes arribed until Havana”. [“Vemos los volcanes magníficos de Indirí (Nindirí), (El) Viejo, San Miguel y el terrible “José Cuina” (Cosigüina), cuya última erupción aterrorizó las naciones vecinas y sus cenizas llegaron hasta La Habana”].

El 1 de julio de 1851 se encuentra siempre acompañado de Carpaneto, en Chinandega. Y el 4 de julio llegó por segunda vez a León.

LA ESTADÍA EN LEÓN

De todas las poblaciones nicaragüenses, donde más permaneció Garibaldi fue en León, capital del Estado de Nicaragua hasta entonces. Así lo indica la carta del Vice-cónsul británico radicando en el puerto de El Realejo, fechada el 7 de agosto de 1851, en la que se lee que los dos amigos italianos partieron de esa ciudad el día anterior. Y como existe su propio testimonio, ya citado, de que llegó a León el 4 de julio del mismo año, deducimos que el “Famoso Italiano» estuvo con los leoneses por lo menos un mes y dos días, sin contar los de su primera pasada en viaje a San Miguel. Allí, repetimos, pensaba vender algunas mercaderías que importaría a Génova con su amigo Carpaneto. No olvidemos que esa ciudad salvadoreña era conocida entonces por su dos ferias anuales; una en marzo y otra en septiembre.

Por otra parte, Garibaldi salió apresuradamente de León por el golpe de Estado que ejecutó el 4 de agosto de 1851 el general Trinidad Muñoz al gobierno del licenciado Laureano Pineda, quien fue embarcado en Playa Grande, y desterrado, con sus ministros Francisco Castellón y Francisco Díaz Zapata.

De acuerdo con la tradición oral, dice mucho también el hecho de que Garibaldi haya residido en tres casas de la ciudad gestora del liberalismo y centro difusor de la masonería nicaragüense en el siglo XIX. No en vano funcionaba allí, desde los años cuarenta de ese siglo, un Club Jacobino que ejercía influencia directa en la política de la época.

Las casas que hospedaron al ya célebre italiano fueron el hotel León de Oro, propiedad de su coterráneo don José Tuzzo; la de don Manuel Rivas, a quien debió comunicar su experiencia bélica en América del Sur, si tomamos en cuenta que Rivas era aficionado a la milicia y llegó a ser Comandante de la ciudad; y la de don Rafael Salinas. Ésta es la que llegó de Rubén Darío adolescente, según lo evoca en una de sus páginas autobiográficas asociando a Garibaldi con don Antonino Aragón (1835-1896), un nicaragüense humanista, políglota, educador y poeta romántico, imitador de Manzzoni. “Me enseñó mucho —recordaba Darío en 1912— y fue él el que me contó algo que figura en las famosas Memorias de Garibaldi”—. Y añade que no podía precisar la fecha de su presencia en Nicaragua, pues no tenía a la vista un libro de Dumas; pero que estableció la primera fábrica de velas en el país y que “don Antonino le conoció mucho”. Hay que incorporar, por tanto, el nombre de este ilustre leonés a la lista de los pocos frecuentadores de Garibaldi.

En efecto, la tradición refiere que recibía pocas visitas: las de sus coterráneos y, sobre todo las de sus hermanos masones. Y que se marchó sin despedirse de los vecinos, o sea que sólo lo hizo con sus allegados. Algunos de ellos le acompañaban a cazar en los alrededores, de madrugada. Garibaldi, entonces, era visto con su carabina al hombro vistiendo una chaqueta corta de mangas que se impuso como moda femenina y a la que se le llamaría “la garibaldina”. Al respecto, escribe Darío: “se dedicaba a la caza. Muy frecuentemente salía con su fusil, se internaba en los montes cercanos a la ciudad y volvía con un venado al hombro y una red llena de pavos monteses, conejos y otras alimañas”. Y cierra Darío su recuerdo garibaldino con la anécdota que le narraba Aragón, prometida al principio:

“Un día alguien le reprendió porque al pasar el viático, y estando él en la puerta de la casa, no se quitó el sombrero, y él dijo estas frases, que me repitiera don Antonino muchas veces: Cree usted que Dios va a venir a envolverse en harina para que lo metan en un saco de m…?

En León, Garibaldi tuvo amistad con unas hermanas Alonso Jerez, según artículo del Padre Azarías H. Pallais y recibió la visita de una admiradora adolescente, de acuerdo con otro artículo de Armando Ocón Murillo.

EL “CUCHINERO” DEL LEÓN DE ORO, SOLDADO DE GARIBALDI

Con lo expuesto hasta aquí, ratificamos que León fue la ciudad de Nicaragua que más tiempo y mejor acogió a Garibaldi. Las informaciones transcritas lo prueban al igual que otra anécdota, recogida por Alfonso Valle de la tradición oral y protagonizada por un ex combatiente de Garibaldi, y que sería yerno de don José Tuzzo, el dueño del hotel León de Oro. Se trata de José Menicucci, de extensa descendencia contemporánea, quien años después, cuando había heredado dicho dote, se presentaba a los clientes extranjeros, diciendo en una mezcla que no era propiamente ni español ni italiano.

“Guiseppe Menicucci, capitano de largo corso, aunque cochinero, soldado de Garibaldi, condecorato en Porta Pía: arriba a il Realejo, conochuta a la Fortunata, e nunca retorneró a la mía Patria”.

RETRATO DE GARIBALDI POR JOHN FOSTER

¿Cómo era, entonces, Garibaldi? Las dos cartas de John Foster, vicecónsul inglés en El Realejo —la primera suscrita en Chinandega el 1 de julio y la segunda en León el 7 de agosto de 1851— constituyen, con una tercera, las únicas fuentes. Esta última fue escrita por Carpaneto en León el 5 de julio del mismo año. Para esos días, Garibaldi estaba en plenitud de su vida: 44 años, fuerte y sano, demostraba gran destreza para la caza y la pesca; casi una semana había pasado prácticándolas a lo largo del río San Juan, entre el 17 y 22 de mayo. Pero la primera carta de Foster es preciosa en cuanto lo retrata vivamente: “Como lo considero —anotaba— su actitud es particularmente amable; pero sus ojos inquisidores revelan determinación en sus decisiones. Su famosa barba roja, aunque reducida, no deja de ser respetable. Ni en su vestimenta ni en su trato —añadía— hay indicios del espíritu ardiente e inquieto que lleva dentro de sí”. Tal descripción coincide con la del propio Carpaneto en su carta citada.

Aparte de señalar el objetivo comercial de la presencia de Garibaldi y Carpaneto en Centroamérica, la primera carta de Foster informa sobre la vida inmediatamente anterior del prócer: “…he has…—escribía en su idioma— for a short time the Military Ruler f Rome… be was a originally a Sailor, and distinguisbed himself as admiral or the Montevideo Squadrom in several conflicts against the Fleer of Buenos Aires under our Countryman Brown”. [“…ha sido, por poco tiempo, Gobernador Militar en Roma… fue originalmente marino y se distinguió como Almirante de la Escuadra de Montevideo en conflictos diversos contra la flota de Buenos Aires al mando de nuestra compatriota Brown”]. También afirma que era modesto a un grado extraordinario de simpleza al no querer ser reconocido: para ello pasaba bajo el nombre falso de capitán Elizaldo.

En su segunda carta, muy breve en relación con la primera, Foster continúa la misma descripción de Garibaldi: “Es el hombre más modesto que he visto —traducimos su final— (…) y, si se le pide, puede hacer mucho todavía”. Asimismo, en ella el funcionario británico agrega una variante del nombre que usaba el gran italiano: el de capitán José Ansaldo.

SU ESPADA: AL SERVICIO DE CUALQUIER PUEBLO OPRIMIDO QUE SE LA SOLICITARA

Con todo, Garibaldi no pudo mantener sus nombres supuestos y descubrió su personalidad a quienes lo visitaban, como vimos en León. En Masaya hizo lo mismo: “Cultivó buena amistad con los señores Francisco Luna, General —escribía Mariano Vega Bolaños en 1955—; Domingo Lacayo (leonés), don Carlos Alegría, licenciado don Rafael Zurita y otros que eran liberales y se apellidaban jacobinos; pero otro sector miraba a Garibaldi con cierto recelo, a causa de sus ideas, y decían que era masón y enemigo del Papa. También se dice que hablaba de la Libertad y de que decía —y he aquí la única declaración, por lo demás memorable, que expresó a los nicaragüenses— que su espada estaba al servicio de cualquier pueblo oprimido que se la solicitara: esto lo refería don Ignacio Vasconcelos, agregando éste que él (Vasconcelos) estaba en esa época muy joven, pero que se había acercado a Garibaldi y había estrechado su mano”. Vega Bolaños, en el recuento de su memoria garibaldina, añadía: “Dícese que una noche regresó a Granada sin despedirse de nadie. Durante su permanencia en esa ciudad (Masaya), Garibaldi vestía chaqueta roja y sombrero de cortas y enroscadas alas, también rojo (cachucha o bonete)”.

“SI ES ITALIANO, NO HAY DUDA:/ LE ALZA LA MANTILLA A LA VIUDA”

Pero su principal amistad en Masaya la tuvo con una viuda reciente: doña Francisca Mantilla. Esta era una agraciada mujer de sonrisa inolvidable que había sido esposa de un literato civilizador de Granada, egresado de la universidad de León: el doctor José Benito Rosales. ¿Cuántas tardes doradas fueron de paseo a la pintoresca laguna aledaña y cuántas noches frescas escucharon el lírico clamor de los violines de Masaya? No lo sabemos. Mas la relación amistosa entre ellos se hizo tan célebre que aún es evocada en nuestro tiempo. ¿Cómo? En forma de dicho aplicado a extranjeros con éxito amoroso entre las hembras: Si es italiano, no hay duda/: le alza la mantilla a la viuda.

Veamos cómo este dístico rimado, surgido a raíz del idilio de Garibaldi y la señora Mantilla, utilizada en doble, triple sentido el apellido de ésta.

Vega Bolaños trae a colación, por otro lado, que Garibaldi contrajo una enfermedad en Masaya, siendo asistido por don Enrique Solórzano; pero que carecía de datos confirmativos. “Sé —aseguraba— que su permanencia en Masaya fue corta”. Y tenía razón. En realidad, duró algunos días, ubicados en dos ocasiones: al pasar en su viaje hacia El Salvador, a partir del 13 de junio y cuando llegó otra vez, ya de regreso, inmediatamente después del 6 de agosto de 1851 que salió de León para Granada. Más la segunda ocasión debió durar menos que la primera, pues el 15 del mismo mes de agosto se hallaba en San Juan del Norte, de acuerdo con carta suya que redactó allí en esa fecha. Por consiguiente, los días que estuvo en Masaya fueron muy pocos; no obstante, su estadía resultó fecunda y se ha recordado exactamente el sitio de la casa en que habitó.

Finalmente, los amigos —Garibaldi y Carpaneto— partieron del país centroamericano por donde habían entrado: el puerto de San Juan de Nicaragua (como se llamaba entonces San Juan del Norte), entonces floreciente y la única salida del estado de Nicaragua —repetimos— hacia el Atlántico. Según su propio diario, Garibaldi abandonó definitivamente Nicaragua el 2 de septiembre de 1851, aunque se encontraba en el país desde el 15 de agosto, en compañía de sus coterráneos Q. Filopanti, A. Lemmi y, naturalmente, de Carpaneto. En efecto, apuntó: “On the 2th Settember we are in S.Juan Nicaragua ready to go on bord the English Steamer for Chagres. On the 4 th Settember we set out from Chagres…” . En pocas palabras, a partir del 2 de septiembre se dirigió al Darién y de ahí, cruzando el istmo de Panamá, al Callao, donde inició un período de intensa actividad. Período que no fue afectado por la malaria que adquirió en dicho istmo.

VER TAMBIÉN:

Un viajero italiano evoca a Garibaldi en Granada

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