Rafael Ibarguren
En este espacio que me ofrece LA PRENSA, me he propuesto abordar temas ligados al calendario litúrgico, lo que a menudo me lleva a comentar textos de la Escritura o vidas de santos.
Cuando llega el momento de escoger el tema de un artículo, no me resulta fácil decidir, pues las realidades contenidas en las fiestas de la Iglesia son variadas y todas atrayentes. Pero debo reconocer que, al menos por esta vez, la dificultad no se presentó viendo pasar el 1 de octubre, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, cuyos escritos y espiritualidad tuve la gracia de conocer con cierto detenimiento, al mismo tiempo que pude familiarizarme con su vida y con los lugares que fueron testigos de su breve existencia.
Joven contemplativa, tratase de un gigante de santidad que su nombre en diminutivo Teresita y su espiritualidad conocida como el caminito, o la infancia espiritual pueden hacer correr el riesgo de minimizar. Sin hablar de ciertas estampas en que se le representa con un rostro en extremo edulcorado, sin fuerza de carácter. Nada que ver, por cierto, con la fisonomía real que nos revelan sus fotografías existentes.
Digamos en primer lugar que en 1996, centenario de su muerte, Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia, privilegio que merecieron muy pocos y que recae sobre aquellos que se destacan por una doctrina de eminente calidad. La inteligencia rutilante de Santo Tomás de Aquino le valió el título de Doctor Angélico, la dulzura de San Bernardo, el de Doctor Melifluo; por su fina agudeza Juan Duns Escoto, el campeón de la Inmaculada, fue llamado el Doctor Sutil. A Teresita el Papa la calificó de Doctora de la Ciencia del Divino Amor. Ni más ni menos.
En efecto, ella pone de relieve sencillamente lo que nos dicen las Escrituras sobre el amor de Dios que “consiste en que Él nos amó primero” (1 S. Juan, 4-10). Esta verdad la experimentó y es, por así decir, su originalidad: Saberse amada de Dios y abandonarse llena de confianza a ese amor providente.
Para ella, Dios es misericordioso no sólo porque perdona faltas, más porque es solícito, cariñoso; es un Padre en todo el sentido de la palabra. “El buen Dios es más tierno que una madre”, escribió. Por otro lado, la idea de pequeñez no tiene nada de humillante o de angustiante; la humildad es un don de Dios, que nos sitúa en el proyecto divino; sólo los pequeños entrarán en el Reino de los cielos. Otro punto importante: la supremacía de la gracia sobre las obras que hagamos. No se trata tanto de juntar méritos para ir al cielo, sino de anhelar presentarse a Dios sin las manchas que cargan todas las obras humanas. Ahí está, en pocas pinceladas, su “pequeña vía”.
Su vida fue pautada de mil heroísmos cotidianos, aparentemente insignificantes: soportar una crítica o una grosería, tomar la iniciativa de ser servicial, pasar por ignorante o por necia… cuando se quiere dar el primer lugar a otra hermana sobre la cual recaerán después los laureles. Al final de su vida, conoció la noche oscura del alma, terribles dudas y pruebas contra la fe.
Ella correspondió al amor de Dios de la manera más excelente ofreciéndose como víctima expiatoria al amor misericordioso por la exaltación de la Iglesia y la salvación de las almas, con un cariño especial por los sacerdotes. Y el buen padre Dios, enternecido, aceptó su oferta y la llamó a Sí apenas con 24 años. Su breve y apagada existencia no bastó para que en poco tiempo su gloria fuese fulgurante: pocos años después de su muerte es canonizada. Luego, proclamada patrona de las misiones. Más tarde, nombrada patrona de naciones, de instituciones… Y, recientemente, Doctora de la Iglesia.
Quien quiera conocerla mejor debe leer su autobiografía Historia de una alma. Sus obras completas se componen, además de las memorias, de numerosas cartas, de bellas poesías de gran densidad teológica, de algunas composiciones teatrales y de diversas oraciones. Sin contar los diálogos y las palabras recogidas por sus hermanas religiosas durante su última enfermedad.
Esos escritos y el ejemplo de su vida la caracterizan como una original maestra de vida espiritual. Ella nos enseña que vale más ser amado por Dios que amarle. El problema está en dejarse amar.
El autor es sacerdote, miembro de la Asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.