Guillermo Rothschuh Tablada
El Ejército y la policía en Nicaragua tienen raíces comunes. Ambas instituciones nacieron como una respuesta frontal contra la dinastía, la reelección, la corrupción, la violencia. Queríamos a toda costa vivir en paz y con una evidente seguridad ciudadana. Elástica la Constitución se estiraba o encogía según las ansias de los intereses creados. Sin embargo, estas dos instituciones formadas bajo el calor del fogueo, cada una, después, tomaron caminos diferentes. Había que fortalecer la institucionalidad y pasado el fragor de las batallas lo sensato fue que cada quien tomó el rumbo de las especialidades. Esto es una fuerza para mayores dificultades y un discreto contingente para ordenar la vida ciudadana.
Bajo estos criterios fue feliz la respuesta del comisionado Cordero cuando los políticos de profesión o de ocasión —que son los muchos— insinuaban la salida del Ejército a las calles para imponer el orden: “Nuestra Policía, respondió el Comisionado Nacional, no necesita de ayuda, estamos profesionalizados y preparados para hacer frente a cualquier eventualidad”. Y si fue imprudencia haber sacado a las tropas bajo el disfraz de “prácticas rutinarias”, mayor fue la gloria para la Policía, la que impertérrita permanecía indiferente desde sus largos planteles.
Aquí siempre se estiló —desgraciadamente— que cada Jefe de Estado contaba con sus aliados armados, pero hasta donde la historia contemporánea va, es una dicha para los nicaragüenses que las armas, a la luz de nuestra Constitución, permanezcan enfundadas. Antes nos habíamos referido a que la democracia no es un sistema perfecto, y que cualquier pillo la puede hacer vulnerable. Citábamos el caso de Hitler, quien había llegado mediante el voto popular directo. Stalin mismo se parapetaba tras “el centralismo democrático”, el que no era más que un círculo o argolla de militantes amaestrados.
Jorge Luis Borge sostenía que el poder era afrodisíaco, y como tal inducía a los individuos a las peores aberraciones y veleidades. Coqueterías de Mussolini: narcista frente a un grande espejo biselado. Nicaragua por fin está fuera de estas tentaciones.
Allá —de cuyos días no quiero acordarme— en comarcas y cañadas había civiles al servicio de la Policía. Era la tormentosa legión de los espías. Los que al obtener una portación de armas se convertían —automáticamente— en “orejas” o “chivatos” especiales. Posiciones ambivalentes pues el servicio era mutuo: el informe era —en recompensa—, protegido. Indecorosa posición que he señalado a los comisionados Vallecillo, Duarte y ahora al comisionado Ruiz. Señalándoles que una cosa es servir a la Policía y otra servirse de la Policía. Sé que los potentados claman por una protección exagerada, tienen derecho, pero las necesidades en la periferia de la ciudad y en las zonas rurales, son más trágicas, más inhumanas.
Acá carecemos de una Policía preventiva, Juigalpa es relativamente calma, sin embargo, la ciudad crece, las demandas son mayores, y el número de uniformados es siempre limitado.
Habríamos que auxiliarnos de un presupuesto adicional, y los encargados de las regulaciones presupuestarias no le dan tanta importancia a este sector de inmenso servicio de la ciudadanía. Maestros, enfermeras y policías son los marginados de siempre. El techo no cubre al sector salud, y nuestros hermanos se mueren en las entradas de los hospitales. Un millón de niños ha quedado fuera de las aulas. Éstos son los analfabetos potenciales. Y el canal dos —haciendo al fin una apología del delito—, se ufana en presentar cuadros dantescos a todos los televidentes; a la violencia de las películas sumamos ahora la violencia de los barrios.
Yo sigo creyendo que la Policía juega un gran rol social, porque aparte de contar ahora con la cooperación ciudadana, ella por razones de clase se convierte de hecho en el mejor árbitro de ciudadanía lastimada. Es lógico que los pudientes no comparezcan a las salsas de arbitraje —ellos pagan a sus abogados—, pero es ilógico que los pobres aún con el auxilio de una policía judicial, carezcan de mejores instrumentos para dirimir sus conflictos cotidianos.
Los comisionados y su cuerpo de colaboración se convierten en grandes componedores, porque así se logran dos grandes cosas: que la justicia no sea tardía, y, lo más importante, que la justicia no siga siendo una tabla aritmética; que quien tiene más, goza de más libertades. Estamos dentro de un Estado de Derecho, pero también de deberes. Y lo prioritario ahora —en el umbral del siglo XXI— es que cuando hablamos de derechos humanos, hablamos también de esa larga lista de derechos que a diario pisoteamos, y que cuando nos vemos engolfados en la violencia recurrimos a la Policía para que nos proteja con los pocos recursos que cuentan en sus manos.
Una verdadera seguridad ciudadana sólo se dará cuando policías y pueblo sigan profundizando este plan que, con buen suceso, ha nacido en todas las comunidades de Nicaragua. La convivencia sólo se dará cuando pensando en Bolívar repitamos que un policía no es más que un civil uniformado. Un servidor del pueblo.
El autor es académico de la Lengua.