Ana María Ch. de Holmann
En el Editorial de LA PRENSA del sábado 24 de septiembre, el que se originó unánimemente en su Consejo Editorial, se expresa nuestro rechazo a la “cultura de la muerte”. Y en el Editorial del siguiente sábado, el recién pasado primero de octubre, se reitera ese mismo sentimiento en contra de los actos violentos y hacia cualquier clase de apología de la violencia. Porque esto es de lo que se trata, al erigir una efigie a quien dio fin a la vida del dictador, general Anastasio Somoza García, hecho realizado por el “idealista” Rigoberto López Pérez, quien por esta acción simboliza el crimen político, llevando la justicia por sus propias manos.
Tal como se relató en el segundo Editorial sobre el tema, mi madre, Margarita Cardenal de Chamorro, como en otras ocasiones tomó en sus manos la dirección de LA PRENSA ya que la mayoría de los funcionarios que hacían posible la publicación de este Diario estaban presos. Ella comenzó a publicar vidas de santos en vez de editoriales, ya que éstos estaban prohibidos por la censura. Luego buscó ayuda del reconocido escritor don Adolfo Calero Orozco, quien dirigió junto con ella el periódico mientras se disipaba la crisis desatada en el país por este crimen.
Al reinicio de la publicación del Diario, mi madre publicó un telegrama que le hizo llegar a la familia del que fue dictador por más de dos décadas, expresándole sus condolencias —como cristiana— por la muerte del dictador y opresor. Unos años después, un Diario cuyo nombre no quiero mencionar, pero que estaba a favor del régimen sandinista, criticó esta nota de reconocimiento al valor del derecho y respeto a la vida —fuera de quien fuera—, se burló y se mofó de ella, de su actitud valiente al reconocer públicamente la forma de muerte de su adversario político y opresor como un asesinato, sin saber que más tarde, 26 años después, su hijo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal iba a ser asesinado de la misma forma, por quienes aún no se aclara pero con certeza se sabe que quienes llevan la ventaja de su muerte son los que la planearon. Mi madre, al ver a su hijo tirado en una camilla en un corredor del Hospital Manolo Morales, ensangrentado, atravesado por 33 perdigones, clamó: “Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”. Fue la única vez que la vi llorar y la oí gritar a voz en cuello, después que la había visto derramar lágrimas en silencio por la muerte de mi padre. ¿Qué hubiera pensado ella si en aquella ocasión del “ajusticiamiento” del adversario político y opresor, hubiera aprobado y celebrado este hecho? ¿No hubiera creído que el que goza del mal ajeno será castigado de la misma manera?
Lo cierto es que el odio no daña a quien se malquiere, sino al mismo que tiene el rencor invadiéndole el corazón. Es por eso que el mundo no cambia, ni Nicaragua cambia, porque no cambiamos el corazón de cada uno de nosotros.
Confirmando con todo ello la “trayectoria consecuente” del Diario LA PRENSA que desde que mi padre Pedro Joaquín Chamorro Zelaya trazó esa línea de honestidad y veracidad, la que continuó su hijo Pedro Joaquín y ahora seguimos esta misma trayectoria de ayer, de hoy y de siempre.
En nuestra historia hay muchos héroes y próceres que merecen un monumento por sus atributos y acciones positivas y patrióticas, llenos de principios cristianos, morales y de honestidad, colmados de valores cívicos, éticos y patrióticos, atributos que dejan ver fácilmente muchos de nuestros próceres y personalidades que se pueden encontrar en las páginas de nuestra historia, sin embargo las imágenes de éstos se encuentran olvidadas y apolilladas en el rincón de una biblioteca.
Construyamos el futuro de nuestra Patria dejando atrás la violencia con la “cultura de la muerte”. Dejando a los muertos que entierren a sus muertos.
La autora es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.