Ernesto J. Marín
Cuando los que tenemos el hábito de escribir, y después de algún tiempo de no hacerlo, el gusanillo de la inspiración comienza a gritarnos que regresemos a su redil, nos encontramos que casi no hay nada que decir en el lenguaje escrito, que acostumbramos ejercer como humano desahogo. El espíritu del individuo se puede derrumbar al avizorar un panorama grisáceo, siniestro, cainesco y antropofágico, paisaje que vemos al hacer girar los ojos en casi cualquier dirección de nuestro atormentado país.
Qué difícil escribir y brindar inexistentes loas y laureles a la Patria cuando día a día observamos cómo dos señores, encumbrados caciques hoy llamados caudillos, abren sus fauces y vomitan un mar de falsedades y opiniones tendientes a desviar las tormentas que ellos mismos han provocado en continuos resoplidos engañando a sus pacientes conciudadanos. Parece que en este “maldito país” sigue pesando esa frase que según el escritor José Román, es de la paternidad del general Sandino.
La única verdad que existe en Nicaragua es la de los mentirosos, porque teniendo a semejantes dirigentes nos hacen recordar aquel sabio refrán hispano que literalmente dice “lo que natura no da, Salamanca no lo presta”.
Un país nutrido de una pléyade de lujo, poetas y pensadores, intelectuales de postín, políticos dignos que sólo contados con los dedos de la mano nos hace recordar que hace tres décadas se inventó una pujante clase media órgano motor que nos dio un principal protagonismo en el desarrollo económico de la región. Por qué no recordar que la geografía nacional contenía la red más grande de carreteras en Centroamérica, además de los brazos de nuestros campesinos se tenían que contratar a trabajadores extranjeros para levantar la cosecha de algodón y café, los primeros en instalar teléfonos automáticos y televisión a colores, los mayores exportadores de la región, al viajar no teníamos que comprar dólares, el córdoba era una divisa confiable en los países vecinos. Todos esos indicadores de desarrollo hacían que el ciudadano tuviera una vida decorosa, la famosa canasta básica se llenaba con creces cuando en la actualidad es la razón de nuestras peores migrañas, dolores gástricos y palpitaciones cardíacas.
Cuando volvemos a la realidad reaparece el impensable escenario político que además de hacernos convivir y nadar en un infierno de necesidades, nos invade el huracán más temerario llamado el problema energético, donde la Nicaragua sacrificada tiene que gastar en adquirir petróleo casi la totalidad del valor de los ingresos que reciben por sus exportaciones. Al hacer estos comentarios se viene a mi memoria las inmorales asignaciones suntuarias que tienen los honorables padrastros de la patria, aquí llamados diputados, depredadores por naturaleza, que reciben doscientos galones de gasolina cada uno como regalía mensual del castigado erario nacional. No comment. Estos nuevos príncipes de fatua memoria que parecen haber olvidado los caites de antaño, el pizarrín de la escuela y las cotonas que ya dejaron de usar. Es aquí cuando invocamos el respetuoso recuerdo de los fundadores de esta nación, talla de gigantes, en cuyas venerables criptas están avergonzados, horrorizados de tanta irreverente blasfemia y herejía.
José Dolores Estrada, Emmanuel Mongalo, Miguel Larreynaga, Máximo Jerez y el casi contemporáneo Rubén Darío, pensador insigne, que en un arrebato de su genialidad se atrevió a escribir Si es pequeña la patria uno grande la sueña. Gracias Rubén, nosotros seguiremos apreciando tus sueños rogándole al Altísimo para que no se convierta en una perpetua y satánica pesadilla.
El autor es diplomático nicaragüense.