Ricardo A. De León Borge
El 11 de septiembre se conmemoró el cuarto aniversario de los fatídicos ataques terroristas en territorio estadounidense, que dejaron miles de personas muertas y la destrucción de las Torres Gemelas, otrora bastión del comercio mundial, así como parte del Pentágono, signo del poderío militar estadounidense.
En el tiempo transcurrido se han visto algunos cambios a nivel mundial e incluso se ha hablado de que aquellos ataques significaron el fin de la era de posguerra fría, o por lo menos que estos acontecimientos abrían paso a una nueva configuración de mundo del orden (o desorden) internacional, que sin definición alguna, ha sido configurado por Estados Unidos como la única potencia capaz de darle forma.
La guerra en Afganistán e Irak han sido las contundentes respuestas a dichos ataques. Afganistán fue todo un éxito para la cruzada antiterrorista, contó con el apoyo internacional y ayudó a derrocar a un gobierno radical y premoderno.
Sin embargo, Irak ha sido motivo de enfrentamiento entre Estados Unidos, sus aliados europeos y con Naciones Unidas, al estar éstos dos últimos en desacuerdo con dicha guerra, ya que no se tenía precedente de los nexos entre Hussein y la red Al Qaeda, y no era confirmada la existencia de armas de destrucción masiva.
Logros. La reconfiguración del Oriente Medio ha sido una de los más importantes cambios, ya que por primera vez en su historia estos países han acudido a elecciones libres, como en Afganistán, Irak, Líbano, y recientemente Egipto. La democratización va por buen camino, aunque el modelo exportado no sea inherente a los aspectos culturales de las poblaciones. Para algunos críticos de este objetivo estadounidense, esta forma de actuar de la Administración Bush es idealista y va en contra de la cultura política de esa nación.
A pesar de todo esto, la amenaza terrorista sigue siendo incontrolable. Los atentados en España e Inglaterra lo demuestran, y no se sabe cuándo ni dónde ocurrirán más atentados.
Este nuevo desafío impuso situaciones nunca antes tomadas en cuenta y reflejan la debilidad de instituciones como el Estado y las organizaciones internacionales para buscar y poner en marcha los mecanismos necesarios para contener esta amenaza latente.