Boanerges Méndez Cajina
El acto de servir tiene, en todos los idiomas y culturas, una noble acepción. En base a esta acepción, una persona servicial es la que es útil a otros, la que hace aportes desinteresados al bienestar de terceros y de su comunidad. Todos hemos tenido la agradable experiencia de ser ayudados por algún desconocido y recordamos, con placer, la sonrisa de quien nos pregunta: “¿En qué puedo ayudarle?” El nicaragüense tiene fama de servicial.
Pero, no hay que confundir el servir con el ser servil. Mientras servir es noble, el servilismo es indigno, rastrero, meloso, vulgar y traicionero. En nuestro país han habido serviles de serviles desde tiempos de Somoza, cuando incluso ministros de la época y damas de la llamada alta sociedad rendían pleitesía a la amante de Somoza con el objetivo de quedar bien con el “hombre” y recientemente resuenan en nuestros oídos a un diputado decir: “Yo doy mi vida por el doctor Alemán”, es un servilismo vergonzoso y atropellante a la dignidad humana.
El servil es fácilmente detectable, pues siempre tiene la columna vertebral encorvada hacia delante, las manos hacia atrás y le está sonriendo al “hombre”. Cuentan que en la época romana el emperador de turno enfermó y tuvo que guardar lecho por un tiempo. Llegó un servil de esos que siempre han existido y dijo al emperador moribundo: “Divino emperador, luz del amanecer, salvador del imperio, sé que estás bien enfermo, pero yo daría gustosamente mi vida porque sanara su divina gracia, antorcha de la humanidad, razón de mi existir”. El Emperador, para desgracia del servil sanó y una vez que estuvo completamente sano, mandó a llamar al servil y le dijo: “Bueno, ahora estoy ya sano y recuerdo que tu me dijiste que darías tu vida si yo me sanaba, me sané y ahora espero que tu cumplas con tu palabra”. El emperador entregó una espada al servil y lo obligó a cumplir su palabra allí mismo.
Eso es lo que les espera a los serviles, ser despreciados por aquéllos a quienes sirven.
Docente UNAN-León.