- Dirigente sandinista furioso evidenció que tiene el control de Rafael Quinto al ordenarle aceptar propuesta de mesa del diálogo bipartito
Wilder Pérez R. y Ludwin Loáisiga
El paro de transporte terminó a mediados de semana con una serie de anécdotas curiosas, desde las más anunciadas, como la impotencia del Gobierno para resolver el problema, hasta las más insospechadas, como la del dirigente transportista Rafael Quinto discutiéndole al ex presidente Daniel Ortega.
Fue un miércoles en el que sucedió de todo. Los buseros habían anunciado un paro pacífico, pero amanecieron protagonizando una batalla de garrotes y piedras contra la Policía Nacional, cuando ésta les interceptó un acto vandálico cerca del mercado Israel Lewites.
Más tarde, Quinto anunció que la reunión que sostendría con el Alcalde capitalino, Dionisio Marenco, y con los ministros Mario Arana y Pedro Solórzano, de Hacienda y de Transporte, respectivamente, había fracasado, pero casi al instante llegaron los dos últimos y la reunión se realizó.
Simultáneamente, cerca de Rubenia, frente a la cooperativa Parrales Vallejos, los buseros quemaban llantas en la pista y lanzaban morteros a los policías, quienes respondían disparando balas aparentemente de goma.
Más tarde ocurrió algo inédito. La Policía despejó la calle por la fuerza y amenazó a los buseros con no perdonarles un solo movimiento en falso, especialmente después de haber herido a dos de los suyos. Los protestantes jamás esperaron semejante reacción de los policías y se calmaron.
Y mientras la ciudad parecía rumbo al caos, Quinto, Arana y Solórzano se reunían, sin perder la esperanza de que apareciera Marenco, éste celebraba los 49 años “del principio del fin” de la dictadura somocista en la Rotonda Universitaria con Ortega, anunciando la construcción de un monumento en honor de Rigoberto López Pérez, ajusticiador del dictador Anastasio Somoza García.
Entonces Quinto y los ministros decidieron verse por la tarde en la mesa del diálogo nacional, en la Universidad Católica, con el cardenal Miguel Obando como moderador entre las bancadas sandinista y liberal de la Asamblea Nacional, que discutirían el problema de la energía junto a los sectores interesados.
Asistieron los diputados más famosos del hemiciclo, los sandinistas se sentaron con la espalda al sur y los liberales de frente. En el costado este de la mesa se ubicó el cardenal Obando, y en el oeste los “energéticos”, junto a la única representación del Gobierno en el diálogo: Frank Kelly y Ernesto Espinosa.
CARDENAL: “NO HE CONTRIBUIDO EN NADA”
La escena de Ortega apoyando sus manos sobre la mesa y sus diputados secreteando a sus costados, hacía recordar “la última cena” de Leonardo Da Vinci. Los liberales tenían eje alrededor del cual girar.
La presencia del Alcalde a la izquierda de Ortega fue el preludio de la solución al paro. Pero los buseros aparecieron tarde y los ministros no llegaron.
Lo más raro llegó en las discusiones. Obando, se retiró a la mitad con palabras sinceras: “No he contribuido en nada”. Efectivamente, su presencia fue totalmente decorativa, el moderador en realidad fue monseñor Eddy Montenegro, pero Bayardo Arce rescató con elogios.
Otra figura decorativa fue Dionisio Marenco. De él se esperaba saliera la respuesta a la crisis. Al fin de cuentas, él había reiterado que la tenía y Arana había dicho que sin él no terminaría el paro.
UN ORTEGA FURIBUNDO
Por eso, lo más trascendental salió de Ortega, incluyendo un pequeño rifirrafe con Quinto.
El dirigente sandinista instruyó a Quinto para que llamara a Arana, para que éste participara en las negociaciones, pero el dirigente de los transportistas dijo que ni siquiera al Cardenal ha atendido el Ministro.
El ex Presidente inmediatamente desmintió a Quinto y reiteró que éste se contactara con Arana. Pero Quinto le señaló a Ortega que fueran “serios” en la búsqueda de una solución al paro, a lo que Ortega ordenó a Quinto, con cara de pocos amigos, que llamara a Arana. Al final, el diputado liberal David Castillo se encargó de comunicarse con el Ministro de Hacienda.
Arce volvió a hacer de rescatista y le propuso la solución al transportista, que consistía en entregarles 33 millones de inmediato y discutir 50 millones en noviembre, para completar 83 millones en diciembre.
Quinto dudó, pero Ortega, con voz de guardia dijo: “¡Quinto! Nos comprometemos a eso y pará la huelga”.
El transportista aceptó, pero no del todo. “Es que tenemos unos hermanos detenidos que no los podemos abandonar”, dijo con una valentía traicionada por la voz ralita. Una sonrisa de Ortega le regresaría la tranquilidad.
ULTIMÁTUM
Pero el que no estaba contento era Noel Ramírez, quien le dijo a Quinto que aprovechara de inmediato la oportunidad que le daban las dos bancadas, tal como si fuera un ultimátum.
El transportista finalmente cedió, no sin antes pedir un último deseo: que, sin que la petición fuera una condicionante, intercedieran por él ante el Ministro de Gobernación, Julio Vega, para que liberara a 69 presos.
Las bancadas aceptaron acompañar a Quinto a las 8:00 p.m. de ese día al Ministerio de Hacienda y Crédito Público para negociar la libertad de sus colegas. Inmediatamente los sandinistas ofrecieron a Edwin Castro y a Bayardo Arce, no así los liberales, quienes en ese momento se acordaron que tenían ocupado el resto de la tarde y la noche.
Entonces Castro llamó a Vega para hacer la gestión por teléfono, quien le pidió dos minutos para decidir. Los minutos se hicieron diez hasta que el Ministro respondió nuevamente. Parecía no acceder hasta que Ortega habló con él. Problema resuelto.
Aún así dos diputados de cada bancada debían acompañar a Quinto al Ministerio. Al final los liberales decidieron que fueran las dos mujeres, María Dolores Alemán y María Auxiliadora Alemán.
PODER DE FACTO
La jornada terminó a las 11:00 p.m. del miércoles 21 de septiembre, con la libertad para todos los buseros, aunque seis de ellos serían enjuiciados.
Al día siguiente los transportistas se aseguraron 33 millones de córdobas y una promesa de recibir más en noviembre. El tema del petróleo venezolano fue obviado. El Gobierno sumó un punto a su prestigio de no resolver los problemas socioeconómicos, y quedó demostrado quién tiene el poder en el país, aún cuando los buseros no estén de acuerdo.