¿Regresar al pasado?

Edmundo Dávila Castellón*[email protected]

Roman, Times, serif»>
¿Regresar al pasado?


Edmundo Dávila Castellón*
[email protected]




El régimen dictatorial, abstruso y completamente inesperado que impuso el gobierno sandinista en la década de los ochenta fue “derrocado” por la contrarrevolución otra década después, llegándose a acuerdos político militares con esta fuerza beligerante, para que hubiera elecciones libres en Nicaragua.

No obstante el mérito único e innegable de la Contra y sus dirigentes, se cometió luego el grave error estratégico en los acuerdos de Sapoá, de permitir que la totalidad del sandinismo y su imprescindible líder don Daniel Ortega, casi “de inmediato”, participaran en las elecciones presidenciales de 1990, lo cual era obviamente inconsecuente con su reciente desplazo por la Contra.

La prolongada y esclavizante opresión del pueblo por el totalitarismo fue borrada de un solo plumazo, como si nada hubiese ocurrido. Para colmo, después de febrero de 1990, las desafiantes e inauditas profecías del líder sandinista: “gobernaremos desde abajo”, “entregaremos el poder, pero no las armas”, etc., pendían sobre los electores de Nicaragua como una espada de Damocles.

Después de 15 años de su aparente derrota, se oye decir que “los sandinistas han cambiado”, que “ahora ya tienen mayor experiencia”, etc. Pero: ¿Se puede conceder en política una segunda oportunidad a los que frustraron totalmente las esperanzas del pueblo? ¿Sería razonable arriesgarlo todo, sólo en base de cambios puramente imaginarios? A pesar de todo, consideremos otras razones más valederas para brindarle al FSLN una última oportunidad:

1. Después de 1990, el sandinismo ha demostrado palmariamente ser un partido hegemónico, temible y poderoso. Disponen holgadamente de un 40 por ciento del mercado electoral desde 1990 y todo excedente para ellos es ganancia. El PLC en cambio, el otro bando mayoritario, no cuenta con esta apreciable ventaja y más bien dicho partido tiende a menguar su electorado, por la feroz propaganda de “corruptos” que se les ha endilgado a algunos de sus partidarios, empezando por su líder el doctor Arnoldo Alemán, antagonista político natural del FSLN, quien ha sido reducido al cautiverio y prácticamente eliminado de la turbulenta palestra política nacional.

Un gobierno sandinista, cuya cúpula desgastada (quizá con excepción del infatigable don Daniel), continuará siendo la misma de los ochenta, no podría mantenerse en el poder, porque el partido, por leyes naturales, forzosamente tendría que “renovarse o morir”. Ni remotamente cabría esperar ningún cambio positivo, haciendo lo mismo con los mismos.

En tal caso, el pueblo demócrata de Nicaragua manifestaría nuevamente su total rechazo al régimen, ejerciendo gran presión política y psicológica, que bien podría incitar al resurgimiento de una nueva Contra y de una nueva guerra. Asimismo los Estados Unidos, por su clara y patente desconfianza al sandinismo (porque ya gobernó), mantendrían en vilo al gobierno izquierdista, de tal manera que si el FSLN no pudiera enderezarse y acoplarse adecuadamente con el gran país del norte y persistieran en su vano “antiimperialismo” y cuestionable forma de gobierno anterior, etc., su mandato sería precario e insostenible, muy pronto tendrían que abandonar el poder y resignar para siempre.

Pero los sandinistas, gobernando de nuevo, bien pudieran expresar en forma sutil, benéfica e inteligente su declarado “comunismo”, siempre que no copiaran burdamente sólo lo negativo de esa ideología, como hicieron en el pasado y que fue la causa principal de su desalojo del poder.

Aquí necesitamos un gobierno no totalitario, pero sí autoritario, que imponga prioritariamente el orden (en esto los sandinistas bien pudieran servir) y en forma concomitante, la paz, la seguridad, el progreso y el desarrollo del país.

Aunque el pueblo de Nicaragua en caso negativo, pagaría temporalmente un elevado costo global (para empezar, otro desbordante éxodo histórico de miles de compatriotas), sólo el regreso de los sandinistas al poder, permitiría su derrocamiento definitivo; de otra manera estarán siempre gobernando de facto, desde abajo y “por todos lados”, como lo han expresado abiertamente algunos de sus mismos partidarios.

Para no arriesgarse a un colapso total y definitivo, al sandinismo aparentemente le convendría, en vez de alcanzar la Presidencia, mantener mientras pueda el statu quo —el poder detrás del trono—, su largo y ostensible predominio, que hasta ahora les ha favorecido plenamente.

Los hijos de Sandino tendrían que pasar la “prueba de fuego” para reivindicarse una vez en el poder, pues se verían forzosamente compelidos a “gobernar normalmente” y a desplegar una notoria y admirable capacidad política-administrativa, honestidad, devoción y espíritu conciliador en su nuevo gobierno, con el inerme, masoquista e irredento pueblo de Nicaragua.

Pero sólo Dios podría ayudarles a realizar ese milagro.

* El autor es Ingeniero Estructural

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí