Alejandro Serrano Caldera*[email protected]
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La novena sinfonía como arte total
Alejandro Serrano Caldera*
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La noche del 13 de septiembre, en el Teatro Nacional Rubén Darío se presentó por primera vez en Nicaragua la Novena sinfonía de Beethoven. La iniciativa y el esfuerzo de la Camerata Bach, dirigida por Ramón Rodríguez y Raúl Martínez, son dignos de reconocimiento y apoyo, lo mismo que la participación de los músicos y artistas centroamericanos que nos ofrecieron a través del arte de Beethoven la idea más sublime de integración regional.
El director, los músicos, las voces del tenor, el barítono y las sopranos, al igual que el Coro de Concierto Parajón Domínguez, el Coro de Cámara de Nicaragua y el Coro Cantata Dominum de El Salvador, pero sobre todo, la visión e iniciativa de Ramón Rodríguez, hicieron posible el esplendor de la Novena sinfonía en nuestro país.
Esta obra, Patrimonio de la Humanidad, declarada por la UNESCO y cuya prodigiosa Oda de la alegría es el Himno de la Unión Europea, renueva siempre la fe y la esperanza en un mundo atormentado por el terror, las guerras y el odio.
En 1824, por primera vez, fue presentada en el Teatro de la Corte Imperial de Viena y desde entonces es considerada por no pocos músicos y críticos la obra cumbre de la música, y, para algunos, de todo el arte romántico del siglo XIX alemán y europeo.
Con ella, el Romanticismo que se alza contra el Racionalismo y la Ilustración, y que reivindica frente a la razón la supremacía del arte, la sensibilidad y la pasión, adquiere aquí una de sus expresiones de mayor fuerza y poder. Fue Rousseau, el ginebrino, con su novela La nueva Eloísa, el precursor de este movimiento, pero fue quizás en Alemania el lugar en donde adquirió en la filosofía, la poesía y la música su presencia más contundente.
Desde el punto de vista filosófico, una de sus manifestaciones más relevantes se dio a través del Idealismo cuyas máximas figuras fueron Fichte, Schelling y Hegel. Pero fue Federico Schlegel (1767-1845) quien con el movimiento Sturn und Drang (Tempestad e Impulso) de 1770, dio mayor fuerza a la reafirmación de las ideas del Romanticismo.
Cabría mencionar, además, a Carlos von Haller (1768-1854) por su rechazo al jusnaturalismo racionalista y su planteamiento del origen histórico natural del Estado. A Federico von Savigny (1779-1861), fundador de la Escuela Histórica del Derecho, a Gustavo Hugo (1764-1844), para quien el derecho es la manifestación de la conciencia popular en desarrollo y, particularmente, el Werther de Goethe y Los bandidos de Schiller.
Aunque de pasada, tendríamos que mencionar el Romanticismo Inglés con Byron, Schelley, Wordsworth, Young y Coleridge y, por supuesto en Francia con Madame de Stael, Standhal, Chateubriand y, sobre todo, Víctor Hugo que fue probablemente quien más lejos llevó la unión del Romanticismo literario con el Romanticismo político y social. Parte fundamental de esa poderosa marea romántica es la Novena sinfonía.
Siempre me han parecido las primeras notas de la Novena sinfonía el sonido eterno del universo todavía increado, la música infinita anterior a la creación del mundo. Gotas transparentes y arbitrarias que caen sobre la oscuridad de la noche originaria, hasta disiparla, hasta iluminarla.
Siempre he sentido en el Primer Movimiento el paso del caos al cosmos. Beethoven organiza al mundo a través de su universo musical. Poco a poco los sonidos dispersos van organizándose y organizando la brillante síntesis de los primeros acordes. En ellos la música cobra sentido, coherencia y armonía y también, vistos desde la perspectiva del acorde, cobran armonía, coherencia y sentido, esas notas sueltas en su identidad absolutamente personal, en su soledad musical y en su relación con las demás.
Pareciera el momento en que la orquesta, la gran orquesta del Universo, comienza a afinar sus instrumentos ensayando notas y escalas sueltas de la partitura, antes de que ésta exista, sugiriendo en los trazos y fragmentos de la unidad musical desmembrada, la maravillosa síntesis que alcanzará en el último movimiento su plenitud creadora.
De todas maneras, esas primeras notas que caen como gotas de lluvia, como rocío, sugieren, así lo siento, la abolición de la nada y su silencio absoluto, pues esos eternos sonidos del universo increado, se incrustan como puntos luminosos, como estrellas móviles en la larga noche anterior a la creación del mundo.
Vienen sustentados en una larga nota, en un extenso sonido que como un rumor remoto y monótono parte del corazón de un mundo todavía inexistente y se aproxima hacia nosotros aumentando paulatinamente su intensidad. Rumor del vacío, canto de un cielo sin tiempo y sin estrellas.
El plácido canto que sucede a las brillantes y convulsivas síntesis es como bálsamo que cae sobre las duras y magníficas expresiones producidas en el apasionado diálogo entre la orquesta y los timbales. Dulce luz de luna entre las rocas que iluminan un desfile de sombras que emigran hacia la noche.
Melodía dulcemente bella pero no melancólica, pues la melancolía es un rumor de alas del pasado, ave ingrávida que se posa sobre las columnas rotas de un antiguo templo, y en la Novena sinfonía todos los templos están intactos y todos los tiempos están presentes.
En ella queda abolido el tiempo convencional y su división en presente, pasado y futuro, es el presente poderoso e infinito, el tiempo puro como unidad total, sin espacio y sin cronología.
La escultura, en cambio, sobre todo la escultura griega, produce a veces la sensación, esta vez sí, melancólica, de la belleza fija en un tiempo congelado, de su corazón inmóvil, su mirada ciega ante un horizonte ausente, su sonrisa sin tiempo, la eternidad del gesto y su soledad absoluta en los templos vacíos de antiguos mitos ya desvanecidos.
El último movimiento es la fuerza total y la belleza absoluta. Cima de la música y del arte y en la Oda de la alegría, en versos de Schiller, los coros cantan a la alegría que va desde el gusano que siente la locura de la primavera, hasta el ángel cerca al trono de Dios. Alegría de millones de seres que reunidos comparten ese beso universal. Alegría que invita a la búsqueda de Dios en las alturas donde está su estrellada habitación.
Así, mientras Schiller invita a la búsqueda de Dios, Beethoven lo encuentra en el universo radiante del último movimiento. En la melodía central que inician los violonchelos, en la fuerza formidable de los metales que preanuncian el tema, en el redoble de los timbales, y, sobre todo, en los coros que hacen de las voces la inmensa luz de la felicidad.
Es el arte total, la música que encierra el destello cegador del rayo. Muy lejos ya aquellas primeras notas que han quedado prendidas como puntos luminosos en el cielo del mundo.
* El autor es filósofo nicaragüense