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Demoré sólo quince minutos en hacerlo y dos llamadas telefónicas a un sobrino para que me ayudara, pero ya tengo mi propio blog. Claro, no tenía nada que decir que valiera la pena ser publicado, pero ante la tentación de sumarme a la manada de individuos que crean sus bitácoras en línea y que suman una nueva cada segundo, según una empresa llamada Technorati, dedicada a su monitoreo, cualquier ‘pero’ se transformaba en un obstáculo menor. Ya vería cómo rellenar con palabras los espacios en blanco que justifiquen tener mi propia página web.
No me podía quedar fuera de esta nueva moda, conocida como el periodismo participativo o ciudadano, que ya ha creado conceptos tan altisonantes como la blogósfera y que estudiosos pregonan como la próxima revolución de los medios. “Es la primera vez que el proceso informativo sale de las empresas de comunicación”, me dice un colega entusiasmado con los resultados de poner sus trabajos en línea. “Yo soy el medio”.
Pero una vez que me registré en el sitio Blogger.com que me asignó una dirección (adanmac.blogspot.com), el monitor de mi computadora me miraba esperando mi primer entry. ¿Y qué diablos escribo?
La inspiración está por todos lados. Leo en un reportaje sobre cómo grandes empresas usan los blogs para tener la opinión de sus clientes de primera mano. Un ex compañero de universidad y hoy gerente de marketing de una destacada empresa me dice que el blog le ha permitido crear un interesante foro de discusión con sus compañeros de trabajo diseminados por América Latina. “Es lo que viene en la oficina: la colaboración on line”, me dice. Mientras tanto, un sobrino me envía un e-mail para que visite su blog número tres, donde cuenta todas las anécdotas de nuestra extensa familia y me pide por favor que haga clic en comments para publicar mi opinión al respecto. El periodismo participativo ya está instalado en plena institución familiar: me imagino a cuñados, primos y sobrinos alimentando con mensajes anónimos las crónicas familiares con sabrosos chismes.
Todas son buenas ideas. Pero mi primer blog —me digo a mi mismo— debe ser original, trascendente, golpeador. Cómico y dramático a la vez. Mi participación en el medio que sacó a John Kerry del anonimato o que promovió a que los franceses votaran que No en el referendo por la constitución de la Unión Europea, no debía ser la de un blogger común. Debe ser algo que eleve mi nombre a lo más alto de la blogósfera.
Pero el monitor en blanco me sigue mirando, exigiendo mi entry. Ok, la genialidad no se me ocurrió, por lo que opto por la vía comercial. Si bien no puedo atraer gente a mi bitácora personal gracias a mi pluma, podré hacerlo con recursos más baratos: escribir sobre los temas preferidos de Google y subir escalones en su lista de resultados. Es fácil: el mismo Google publica los conceptos más buscados en español: Shakira, Fernando Alonso, Star Wars. Mientras más escriba de Shakira y de Alonso, mi blog estará más arriba en las listas de resultados. Lamentablemente no tengo nada que escribir sobre Shakira ni sobre Alonso ni acerca de rumores interesantes sobre celebridades que llamen la atención de las arañas que recorren la web alimentando a los motores de búsqueda.
Después de pensar en historias eróticas, teorías conspirativas o falsear testimonios de encuentros del tercer tipo me convenzo de que mi primer paso como Blogger debe ser algo sin pretensiones, desapercibido y que no inquiete las aguas. Con eso en mente me largo a escribir un párrafo saludando a todos los visitantes y agrego frases bonitas que habrían sonado clichés incluso en boca de una candidata a Miss Universo y que postié pensando que nadie las iría a leer. Craso error. La blogósfera no perdona.