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Torre de Babel
Un total de 70 gobernantes de todas partes del mundo, participaron en la Cumbre más numerosa de toda la historia, que se celebró de miércoles a viernes de esta semana, en Nueva York, para conmemorar el 60 aniversario de la ONU.
Cabe mencionar al respecto que el Presidente de Nicaragua fue uno de los pocos gobernantes que faltaron a la Cumbre de la ONU. Pero prácticamente nada se perdieron el país y su Presidente, al no participar éste en la celebración del sesenta aniversario de la ONU, pues lo que hubo allí fue como una Torre de Babel en la que todos hablaron pero ninguno entendió lo que dijo el otro.
Se cuenta que después del diluvio universal, los habitantes de la antigua Mesopotamia decidieron construir una edificación tan alta como fuese posible, para protegerse de una nueva gran inundación. Pero cuando estaban construyendo la gigantesca torre quisieron hacerla llegar hasta el cielo, y entonces Dios castigó semejante pecado de soberbia “confundiendo su lengua para que ninguno entienda el habla de su compañero”, y los esparció “sobre la faz de toda la Tierra”, según se cuenta en el Génesis de la Biblia.
Algo parecido ha ocurrido con la ONU. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, que ha sido la peor catástrofe causada por el hombre —mejor dicho, por los políticos— a lo largo de toda la historia, los gobernantes de los países vencedores decidieron crear (en septiembre de 1945) la Organización de Naciones Unidas (ONU) en cuya fundación participaron 50 países. Igual que los constructores de la Torre de Babel, los creadores de la ONU querían protegerse de otra gran conflagración, evitar una nueva guerra mundial, procurar la solución pacífica y negociada de los al parecer inevitables conflictos entre los países, y luchar contra los grandes males que aquejan a la humanidad: la pobreza, el hambre, la ignorancia, el atraso material, la injusticia social, las enfermedades epidémicas y endémicas, etc.
Sesenta años después de la fundación de la ONU —que ahora tiene 191 países miembros—, hay que reconocerle el mérito de que ha impedido una nueva guerra mundial, que podría ser la última, por la enorme capacidad de destrucción masiva que tienen las armas modernas. Pero no ha podido evitar las más de 170 guerras locales y regionales que desde 1945 hasta el día de hoy han asolado a distintos lugares del planeta, inclusive a Nicaragua.
Y en la celebración del sesenta aniversario de la ONU el desentendimiento de sus miembros fue casi total. Sobre la lucha contra el terrorismo sólo se suscribió una declaración retórica en la que “la ONU condena el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones, sean cuál sean los autores, lugares y objetivos”. Sin embargo, no se definió al terrorismo y a los terroristas, que para unos gobernantes son imperdonables asesinos pero otros los consideran —incluso los aclaman— como “combatientes legítimos de sus pueblos”. Y la propuesta del Consejo de Seguridad de la misma ONU, de que también la “incitación a actos terroristas” sea castigada, fue rechazada por la mayoría de los redactores y suscriptores de la declaración del 60 aniversario.
Por otro lado, tampoco fue posible lograr acuerdos sobre otros temas de primera importancia, como la reforma de la Organización y la ampliación de su Consejo de Seguridad, la no proliferación de armas nucleares, el calentamiento global de la Tierra, etc.
En realidad, es prácticamente imposible que se puedan poner de acuerdo tantas y tan diferentes personas que gobiernan por medio de los más diversos procedimientos, que van desde las ejemplares democracias escandinavas hasta monstruosas satrapías como la de Zimbabwe. ¿Cómo se van a poner de acuerdo personas tan distintas y opuestas como George W. Bush y Hugo Chávez? ¿O Tony Blair y Robert Mugabe?
Pero tampoco nadie quiere que la ONU desaparezca. Para algo bueno ha servido y tiene que servir esa compleja asociación de gobiernos que tiene una planilla de más o menos 10 mil funcionarios y con unos 17 mil militares participando actualmente en 19 misiones de mantenimiento de la paz, en distintos lugares del planeta.
Además, como dijo un comentarista particularmente cáustico en sus observaciones, para los gobernantes de muchos países la ONU es indispensable precisamente porque no es efectiva.