Edipo

Luis Sánchez

Después de escribir sobre antígona, la semana pasada, me parece necesario hacerlo también acerca de su padre, Edipo, cuyo mito originó la famosa teoría psicoanalítica de Sigmund Freud: “el complejo de Edipo”.

De la trágica historia de Edipo habló Homero en La Ilíada y fue inmortalizada por Sófocles en su tragedia Edipo Rey.

Resulta que Layo, rey de Tebas, al casarse con Yocasta fue a consultar a un oráculo sobre el destino de su matrimonio, como era costumbre hacerlo. Y el oráculo le dio a conocer un terrible presagio: “Tendrás un hijo que matará a su padre y se casará con su madre”.

Horrorizados, Layo y Yocasta decidieron no procrear ningún hijo. Sin embargo, una noche, durante una ardiente jornada amorosa se descuidaron y Yocasta resultó embarazada. Nueve meses después, al nacer de la reina un hermoso varón, Layo ni siquiera le puso un nombre sino que de inmediato ordenó a un criado que lo llevara al monte Citerón, donde debía matarlo.

Pero el criado sintió tanta lástima por el niño que no fue capaz de matarlo. Y para engañar al rey, lo que hizo fue perforar los talones del bebé (como se hacía con los cervatillos que se ofrendaban a los dioses), pasó una cuerda por los agujeros y lo colgó de un árbol a baja altura, para que las fieras del bosque se encargaran de matarlo. Sin embargo, acertó a pasar por el lugar un pastor llamado Forbas, quien salvó la vida al hermoso bebé y se lo llevó a Corinto, donde lo entregó al rey Polibio y a su esposa Peribea, quienes se consumían de tristeza porque no podían tener hijos.

Los reyes de Corinto adoptaron al niño como si fuese su hijo natural y le pusieron por nombre Edipo (que significa “el que tiene los pies hinchados”), en recuerdo de la inflamación que tenía en los talones cuando Forbas lo encontró en el bosque y lo llevó a la ciudad para entregarlo a ellos.

Cuando Edipo ya era un hombre joven, fue a donde un oráculo para preguntarle sobre su futuro, y éste le dijo que estaba destinado a matar a su padre y a casarse con su madre. Edipo se horrorizó con ese presagio y decidió no regresar nunca más a Corinto, para eludir su terrible destino.

Así fue que Edipo comenzó a andar por distintos caminos, en busca de un lugar lejos de Corinto donde establecerse, pero antes de llegar a ninguna parte se topó con un carruaje que casi lo atropella. Enfurecido Edipo entró en lucha con el ocupante del carruaje, logrando matarlo mientras el cochero huía despavorido del lugar.

Más adelante, al aproximarse a una de las siete puertas de la ciudad de Tebas, Edipo se encontró con un monstruoso ser al que llamaban Esfinge, que tenía cabeza y pechos de mujer, cuerpo de león y alas. La Esfinge representaba a la sabiduría, pero mataba y devoraba a todas las personas que no pudieran descifrar los acertijos que ella les planteaba desde lo alto de una inmensa roca, donde se mantenía encaramada.

Al tener a Edipo frente a ella, la Esfinge le preguntó cuál es la criatura que al nacer camina en cuatro pies, al medio día en dos y al anochecer en tres. Es el hombre —respondió Edipo—, porque después de nacer se mueve gateando, cuando crece camina sobre sus dos pies y al envejecer se ayuda con un bastón. La rápida y certera respuesta de Edipo enfureció a la Esfinge, a la que nunca nadie había derrotado, y enloquecida se lanzó a tierra desde lo alto de la roca, dándose muerte ella misma.

Agradecidos con Edipo porque los liberó de la Esfinge, los tebanos le concedieron el trono de la ciudad, que se encontraba vacío desde que ocurrió la trágica muerte del rey Layo. Y como era costumbre, el nuevo rey también se casó con la viuda de aqueél, y reinaron y vivieron felices durante largo tiempo.

Pero no puedo terminar ahora esta historia por falta de espacio, de manera que debo hacerlo hasta en la columna de la próxima semana.

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