Elecciones primarias

Peter R. Bernal

Muchos amigos me piden frecuentemente que escriba sobre las elecciones primarias presidenciales y las convenciones nacionales de los partidos políticos en los Estados Unidos y como dice Luis Sánchez Sancho, antes de comenzar sus fascinantes artículos sobre la mitología griega y romana, lo hago con mucho gusto.

Sería bueno acudir a la historia, pues desde que la televisión, en los años cincuenta cambiara todas las estrategias y maniobras de los “jefes políticos tradicionales” y obligara a los partidos políticos a modernizarse, posiblemente lo ocurrido en 1924 en la Convención del Partido Demócrata los hiciera meditar sobre el proceso en general. En esa asamblea los delegados tuvieron una maratónica y agobiante experiencia para seleccionar a su candidato oficial a la presidencial y después de 103 rondas (¿qué tal?) nominaron a John W. Davis para que se enfrentara en una contienda a tres bandas, al social progresista Robert M. La Follete y al republicano Calvin Coolidge, quien ganó holgadamente el voto electoral y el popular. Éste y otros acontecimientos dieron pie para que en la década de los sesenta se efectuara la metamorfosis necesaria de los procedimientos para la selección de los delegados en los cincuenta Estados de la unión durante las elecciones primarias y poco a poco contrarrestar las viejas mañas e influencias que imponían los llamados “polítical bosses” o “jerarcas partidistas” de la época y de una vez, transformar el proceso de las primarias y convenciones, para a su vez, convertirlos en el gran “Show” para los medios, especialmente los electrónicos, tratando de obtener las mejores puntuaciones de sintonía y ganar votantes.

Para comprender este tinglado electoral hay que iniciar cualquier interpretación acudiendo a un hecho: la existencia de diferentes tipos de primarias. En algunos Estados, departamentos o provincias como usted quiera llamarle, se elige por votación proporcional, mientras que en otros el ganador obtiene a todos los delegados en juego.

Están también los llamados “caucus” o “concilios” que desde el siglo XVIII es el método de selección mas antiguo, pero ahora son pocos los Estados que lo usan. En 1904 en el Estado de Florida se efectuó por primera vez una elección primaria, para escoger por votos directos a los delegados. Hasta ese momento se les seleccionaba por medio del voto indirecto en un “caucus”. Curiosamente “caucus” viene del latín y se trataba originalmente de una vasija donde se depositaba agua para beber, también se cree que viene del vocablo indio “kaw-kaw-wass”. Ahora bien, para llegar a ocupar el sillón presidencial en la 1800 de la avenida Pennsylvania, el desfile de los precandidatos comienza después del tradicional “Labor Day”, en septiembre, un año antes de las convenciones de los partidos mayoritarios. Tradicionalmente en un pequeño Estado de Nueva Inglaterra, es donde verdaderamente se inicia el calendario electoral de la primaria estadounidense por el voto directo después de los tempranos “caucus” de Iowa, que son más que nada una especie de concurso de belleza, donde los equipos de campaña miden fuerza y demuestran organización. Pero en Nueva Hampshire (NH), donde aspiran decena de candidatos por cualquier partido o sin ellos, es donde se efectúa la verdadera fiesta democrática, el proselitismo de los precandidatos es parroquial, directo, puerta a puerta y donde la prensa no deja de resaltar cualquier evento o debate entre los contendientes. Es allí, en NH, donde se han producido las mayores sorpresas electorales del país y donde grandes figuras políticas han quedado sepultadas por el voto popular y otras han surgido como el Ave Fénix, para luego llegar gracias a esa importante elección primaria a ganar en las generales la Casa Blanca.

Los que sobreviven esta importante prueba pasan a segunda ronda, donde ya el “momentum” que les dio Nueva Hampshire, gracias al buen desempeño de la campaña electoral, le dan a los candidatos punteros los recursos económicos para comprar publicidad y respaldos para poder entrar en los complicados Estados sureños, donde en un solo día , en el llamado “Súper Martes”, se disputan departamentos desde Florida hasta Tejas, para después medir fuerza en los Estados industriales del centro, llegar a Nueva York y luego California, los dos grandes premios de la jornada en número de delegados. Al terminar el proceso de las primarias, los precandidatos punteros tienen que esperar que la mayoría de los delegados voten en el piso de la Convención y es entonces en que se convierte el candidato oficial del partido. Es bueno señalar, que además de los seleccionados en las primarias, hay otro pequeño grupo de participantes que se le llama los “súper delegados” los que por derecho propio participan en la Convención, por ser funcionarios electos y líderes partidistas. Todos los delegados, están comprometidos con el precandidato que los selecciona a votar por ellos en las primeras rondas a no ser que “a priori” éstos los deje libre. Recuerdo la Convención Demócrata de 1960, donde el entonces senador John F. Kennedy, quien llegó como líder pero sin la mayoría de los delegados, necesitó todos los amarres políticos detrás de bastidores para lograr su nominación, hasta tuvo que invitar y llevar como vicepresidente al entonces líder del senado Lyndon B. Johnson, para obtener los importantes votos de los delegados del Estado de Tejas. Ese año los republicanos nominaron al vicepresidente Richard Nixon, quien superó al gobernador Nelson Rockefeller. Después de esto se vio posiblemente la elección presidencial más reñida de la historia.

Este tipo o algo parecido de elecciones primarias podrían recibir carta de ciudadanía en nuestra América Latina. El hombre o mujer que quiera aspirar a un cargo público tendría que pasar por una competencia real dentro de su propio partido desde el aspirante a concejal municipal, alcalde, legislador hasta a la presidencia. Esto tiene su colorido adicional, pues en algunos departamentos lograrían situar su nombre en la boleta, simples ciudadanos que no son tan favorecidos por la prensa o por su caudal de recursos financieros, sino por el simple hecho de llamar la atención a alguna causa local o nacional descuidada por los líderes partidistas. Además otro factor bien democrático es que en algunas provincias, un votante inscrito en un partido puede decidir no votar en sus propias primarias por no estar satisfecho con ninguno de los precandidatos y votar por el del otro partido. Se recuerdan de los “Reagan democrats”. Ese es el ejemplo más reciente del llamado “cross over vote”.

Es hora ya, que ocurra el cambio en el sistema de selección de candidatos. Tratando en lo posible de evitar las imposiciones tradicionales y sin llegar a los extremos ver el ocaso de los “caciques políticos” iberoamericanos, que desafortunadamente y a “dedazo” limpio, se quieren mantener eternamente en el poder, controlando todo, desde la boleta presidencial, hasta las listas de legisladores nacionales, departamentales, alcaldes y concejales siempre que, apoyen incondicionalmente sus agendas. El sistema por supuesto, no es perfecto, nada lo es, pero dentro de lo lógico y aplicando el sentido común, el menos común de todos los sentidos, podemos llegar a “tropicalizar” la forma de efectuar elecciones primarias y la transparente selección de los delegados que “a posteriori” representarían en la Convención de su partido, a todos los que votaron libremente. Manos a la obra, tomemos lo mejor de esta experiencia democrática y antes que sea demasiado tarde, mostremos al pueblo que se puede confiar en nuestras instituciones. Creo humildemente, que el que se sienta líder, no debe temer a enfrentarse a nada y a nadie. Las urnas tienen la última palabra.

El autor es analista internacional.

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