Eduardo López H.
En el año de 1858, en ocasión de la celebración de las Fiestas Patrias el presidente electo en ese entonces como producto de los acuerdos que dieron por concluida la Guerra Nacional y la derrota del filibusterismo intervencionista, el general Tomás Martínez dijo: “El pueblo que marcha bajo la dependencia de otro, es semejante al esclavo sujeto a la voluntad de su señor, o al hijo de familia que no ha salido de la patria potestad. En uno o en otro caso no es dueño de sus actos, no puede disponer de sus recursos ni de sus talentos. No así el pueblo que se ha elevado al rango de nación, rompiendo las cadenas de su dependencia: éste ha logrado una ventaja suprema, la de ser una persona moral”.
Estas palabras de Martínez tienen un alto significado y su expresión cuenta con el respaldo que representó el esfuerzo nacional por expulsar a los interventores extranjeros y empezar la construcción de un estado moderno, que tardíamente se empezó a edificar a causa de la anarquía política reinante en Nicaragua después de la independencia de España y que sumergió a liberales y conservadores en interminables guerras civiles, con funestas consecuencias para nuestro desarrollo.
El giro que tomaron los acontecimientos en Nicaragua, una vez que William Walker asumió el control total de la situación, no sólo significaba la humillación ante la presencia foránea. Representaba también nuestro futuro en momentos en que América Latina estructuraba sus Estados nacionales, pero que la clase política nicaragüense de ese entonces lo postergaba anteponiendo sus intereses particulares y queriendo granadinos y leoneses o Timbucos y Calandracas, arrogarse poderes de una nación que todavía no existía por culpa de ellos mismos y de un estado con serias deficiencias estructurales heredado de la colonia.
El entendimiento nacional del 12 de septiembre de 1856, tuvo un valor histórico sin precedentes y sólo fue producto de la presión nacional y de los gobiernos centroamericanos ante las pretensiones de Walker de sojuzgarnos con el poder que detentaba, y de anexar Centroamérica al sur esclavista norteamericano y hacer cumplir las tesis del Destino Manifiesto. Y San Jacinto era, por diferentes factores, en el contexto del desarrollo de los acontecimientos, crucial para las pretensiones del filibustero.
Esa memorable gesta, reflejo de los acuerdos del 12 de septiembre, representó un triunfo político, militar y antiintervencionista para Nicaragua en particular y Centroamérica en general, dirigida sabiamente por José Dolores Estrada con el apoyo de ciento sesenta hombres, más el refuerzo de sesenta indios flecheros matagalpinos. Pero significó ante todo un acontecimiento de carácter estratégico, en cuanto a dejar definida nuestra soberanía e independencia por tratarse de una guerra de liberación nacional. Pero también permitió, al derrotar a los ocupantes, crear las condiciones para las transformaciones de la estructura económica y social de Nicaragua, es decir las bases del Estado Nacional.
En el libro De Walker a Somoza, Gregorio Selser, su autor, señala lo siguiente sobre el fin de la vida de Walker tras su fusilamiento en 1860 en Trujillo, Honduras: “Así terminaba una de las etapas más difíciles de Centroamérica, de Nicaragua… y del mismo Walker. Para el filibustero, la clave estaba en ganar la batalla de San Jacinto. Pero no ocurrió”.
El autor es miembro de la Asociación de Desarrollo Social de Nicaragua, Asdenic y profesor de historia del CURN, Estelí.