Memoria de la barbarie

Franklin Barriga López

El acontecimiento que originó la guerra contra el terrorismo tiene un punto de partida: aquel aciago día donde quedó demostrado lo que es capaz de hacer el extremismo rabioso y demencial.

Hechos de mayor gravedad que el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, que generó la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, se produjeron el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, Washington y Pennsylvania.

En esa sombría mañana, en tan sólo dos horas, más de tres mil hombres, mujeres y niños fueron masacrados, quemados vivos, aplastados bajo toneladas de escombros, en actos premeditados de asesinato en masa. A incontables familias les envolvió el luto y la desesperanza.

¿A qué se debieron aquellas escenas de máxima barbarie? Al activismo terrorista manifestado en bandas de cuatro a cinco individuos que secuestraron cuatro aviones comerciales, a los que convirtieron en misiles con sus pasajeros y tripulaciones adentro. A dos de estas aeronaves se las estrelló en las Torres Gemelas, a una tercera en el Pentágono y, la otra, que seguramente iba dirigida a un alto objetivo en Washington (tal vez la Casa Blanca o el Capitolio), cayó en Pennsylvania, luego de que pasajeros y tripulantes se enfrentaron heroicamente a los asesinos.

En total, murieron ciudadanos de ochenta y seis países, afectando, además, a sus intereses económicos y de otra índole, razón más que justificada para que se haya catalogado a los atentados en referencia como ataques no solamente al gran país del norte sino a la humanidad, ya que las víctimas pertenecieron a todas las religiones y grupos étnicos.

Detrás de semejantes atrocidades estuvo el fundamentalismo islámico al que impulsan iracundos clérigos que ofrecen el paraíso a los criminales y cabecillas de odio desbordante, como Osama bin Laden, máximo exponente de la perversidad, acertadamente ubicado como semilla podrida del Islam.

Ante la tenebrosa realidad del terrorismo, las naciones no pueden permanecer indiferentes, indefensas, faltas de cohesión y de apoyo mutuo, aun más si se analiza que se trata de un mal que va más allá de las fronteras geográficas y que amenaza a todo el orbe, por eso la ONU le ha señalado como crimen de lesa humanidad. El jurídico principio de legítima defensa garantiza la integridad, el bienestar y la vida de las personas y de los pueblos, sobre todo para protegerse de los incalificables actos que perpetra el cobarde y bestial fenómeno que ha extendido sus tentáculos también a Latinoamérica y el Caribe, mediante células subterráneas, de reconcentrado fanatismo musulmán, que esperan el momento menos pensado para soltar el huracán de su ruin naturaleza.

El autor es ecuatoriano, Doctor en Ciencias Sociales, Políticas e Internacionales, Director del Instituto Ecuatoriano de Estudios para las Relaciones Internacionales.

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