No queda nada La isla St. Catherine desapareció después del paso de Katrina.

Tormenta borró a St. Catherine

AFP ISLA ST. CATHERINE, EE.UU.- “Ésa de allí es mi casa”, dijo Sal Palermo señalando la nada. El huracán Katrina desapareció su hogar y todo lo que había en la Isla St. Catherine, en Luisiana. No queda absolutamente nada, ni muebles, ni recuerdos. La tempestad se llevó incluso los escombros. La devastación es apocalíptica. “Todo […]

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ISLA ST. CATHERINE, EE.UU.- “Ésa de allí es mi casa”, dijo Sal Palermo señalando la nada. El huracán Katrina desapareció su hogar y todo lo que había en la Isla St. Catherine, en Luisiana.

No queda absolutamente nada, ni muebles, ni recuerdos. La tempestad se llevó incluso los escombros.

La devastación es apocalíptica.

“Todo lo que encontré fue una olla jambalaya”, dijo Palermo, de 60 años, en referencia a la gran cacerola utilizada para cocinar un ardiente plato de Luisiana a base de arroz.

Unos pocos pilares de cemento, cimientos de hormigón o señales pintadas muestran donde solían erigirse las casas de esta pequeña comunidad de jubilados y pescadores en el extremo este de Nueva Orleáns.

“Aquí no se necesitan tareas de limpieza”, consideró Palermo. “Ya no hay nada”.

El oleaje desatado por Katrina alcanzó casi 10 metros sobre esta isla ubicada a pocos kilómetros de la desembocadura del río Mississippi, donde el huracán tocó tierra el pasado 29 de agosto.

Extrañamente, alguna casa aún está de pie, ilesa de la ira de Katrina.

Un puñado de residentes que regresaron para ver si aún tenían hogar intercambiaban noticias de los sobrevivientes, y de los pocos que escogieron no huir de la isla ubicada como una cuña entre el Lago Pontchartrain y el Lago Catherine.

“Aquí todos se conocían”, dijo Linda, la esposa de Palermo.

El sacerdote católico decidió quedarse en su parroquia durante el huracán, y se presume que murió.

El dueño de un bar también decidió desafiar a la tormenta. Se lo vio refugiado en un árbol durante dos días, pero los residentes no están seguros si fue rescatado a tiempo.

Calle abajo, John Holm intentaba retener las lágrimas mientras trataba de rescatar algunas de sus redes de pesca. Uno de sus dos botes se posa donde antes se levantaba su vivienda. “Recogí 15 trozos de lata, ésa era mi casa”, relató.

“Tenía 900 trampas de cangrejos, quizás ahora tenga 300”, añadió. “Es un desastre”, repetía, aturdido, una y otra vez.

A Holm le queda un bote y quizás pruebe suerte en Texas. Pero está confundido. “Uno se siente tan bien aquí”, indicó el pescador, cuya familia ha estado por largo tiempo en la isla.

Pero poco después, al recoger una trampa de cangrejos dañada de una pila destrozada, ya no estaba tan seguro. “He vivido aquí toda mi vida, y no sé si podré regresar”, se lamentó.

Es que “no queda nada”.

SIN PASADO

“Quisiera poder llorar, pero ni eso puedo hacer”, dijo Linda Heyl, anonadada por la devastación a su alrededor en St. Catherine. “La mayoría de nosotros construimos nuestras propias casas, no somos ricos”, señaló tras una infructuosa búsqueda de álbumes de fotos o cualquier cosa que le recordara su vida pasada.

La pequeña comunidad de pescadores y jubilados ha quedado totalmente devastada.

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