Guillermo Rothschuh Villanueva
El señor Borges, Jorge Luis, no Tomás que es Borge no Borges, aunque para Chepe Chico Borgen había una línea de parentesco que ligaba a los tres apellidos. La suma o la supresión de la ese o de la ene, viene de las distintas procedencias de origen: unos arribaron de España y otros llegaron de Portugal. El inolvidable Chepe Chico, periodista de cuerpo entero del Diario LA PRENSA, hizo estos malabarismos genealógicos en 1972 cuando el Mundial de Beisbol se celebró en Nicaragua y al frente del seleccionado cubano venía el juvenil Servio Borges. La llegada del mentor cubano sirvió de pretexto a Chepe Chico y los hizo encajar en el mismo árbol genealógico, sosteniéndolos en distintas ramas, pero encajados sobre el mismo tronco. Chepe Chico se atrevió a que el linaje familiar viajara a través del tiempo, hasta empalmar con sus más ilustres antecesores: los Borgia herederos de famosos delincuentes y de una figura papal. Esos mismos Borgia de quienes el florentino Nicolás Maquiavelo habla en El Príncipe, su controversial e imperecedera obra política.
El señor Borges, un texto escrito a cuatro manos por Epifanía Úbeda y Alejandro Vaccaro. Un texto en el que la primera persona hace de relatora y el segundo de escritor. Para lograr una pieza acabada como ésta se requiere paciencia, mucha paciencia, pero sobre todo sabiduría, un conocimiento a fondo a cerca de la obra literaria de Jorge Luis Borges como la de Vaccaro, que le permite trenzar lo doméstico con lo trascendente, lo cotidiano con lo universal. Epifanía nos cuenta sus vivencias y vicisitudes durante tres décadas como empleada de la familia Borges, para luego ser traducidas a la escritura por Alejandro Vaccaro.
Tito Monterroso ya se había adelantado a contarnos en sus breves relatos, con su ingenio de siempre, que son las empleaditas las que recogen junto con la mesa todo cuanto dicen y cuchichean los señores de la casa. Esas privilegiadas que saben tanto o más de nosotros como para armar el rompecabezas de nuestras vidas. Ésta es la hazaña y éste es el logro de Epifanía: atrapar al vuelo todo lo que ocurría en la casa del señor Borges, sin tener entonces plena conciencia de que lo sabido tendría un enorme valor literario. Con lo dicho por Epifanía tenemos una visión más completa de las manías y obsesiones, de las grandezas y titubeos que acompañaron al señor Borges durante su vida. Ese Borges singular, dueño de una gran circunspección, pero más dueño aún de una fina ironía que lo metió en más de un gran lío. El compadrito gustaba desguazar sin compasión a tirios y troyanos. Nos muestra al eterno enamoradizo y la discutida naturaleza de sus relaciones con María Kodoma. ¿Fueron éstas amorosas o simplemente literarias?
Si la ceguera impidió al crítico de cine ver después la televisión, menos que escuchara la radio. Un fenómeno mediático, como lo apunta Nestor García Canclini en Culturas híbridas, que le dio las espaldas a los medios de comunicación durante su encuentro con Octavio Paz en Ciudad México. Dos figuras contrastantes. Mientras Borges prefirió que sólo quedara un dibujo como testimonio para la posteridad, Paz siempre miró de frente a las cámaras y se ocupó de éstas grabando varios programas para el Grupo Televisa. Jorge Luis Borges el único. No se parecía a nadie, mucho menos a él mismo. Por eso siempre bromeó y se refería a Borges, el mismo, el otro, con cierto sarcasmo.
Epifanía heredó algo de su estirpe. Con un enorme desenfado nos cuenta cómo eran los Borges, cómo se comportaban, qué comidas preferían. Las manías que le acosaban y la grandeza con que se sostenían. Una familia argentina emblemática, en cuyo seno habitaba el señor Borges, con quien la academia sueca se equivocó negándole el Nobel. Es tanta su grandeza de escritor que ni falta que le hace. Borges es y seguirá siendo la biblioteca rodante, la sabiduría andante, el escritor más traducido de la lengua castellana. La crítica a la Academia Sueca no puede pasarse por alto. Cometió una equivocación de la que no se salva, aún sabiendo nosotros que el señor Borges está más allá del Nobel y que para ser quien es no requiere de esta distinción, a la que Jean Paul Sarte no tuvo reparos en rechazar a la hora en que se la otorgaron. ¿Persistirá la academia en sus errores? ¿Correrá igual suerte y casi por idénticos motivos el peruano Vargas Llosa? Ya tendremos ocasión de comprobarlo.
El señor Borges que amó a los libros tanto o más que a las mujeres y quien tuvo los mayores elogios para la biblioteca de su padre, no sentía apego según Epifanía por ciertos libros como cualquier lector de su categoría. Borges, el ciego, siguió comprando libros hasta el final de sus días y en su testamento literario —Borges para millones— orgulloso y retador nos dice que seguirá adquiriendo libros teniendo la certeza de que jamás los leerá, “pero sólo por el hecho de saber que están ahí, eso me reconforta”.
Conoceremos a un Borges aquejado de todas las dolencias en una situación muy parecida a la que nos presenta Simone de Beauvoir a Sartre en La ceremonia del adiós. El señor Borges, Jorge Luis y no otro, es un texto entrañable. El señor Borges es el mejor pretexto para sostener una plática con quien exclamó no sé si horrorizado: “Estoy podrido de literatura”. Vale la pena leerlo. No se arrepentirán y si se arrepienten les responderé lo mismo que un día dijo a sus alumnos de literatura que rechazaban a Shakespeare. No se preocupen, es que Shakespeare no es todavía para ustedes. Con este texto acontece lo contrario. Nos convence de una vez para siempre que Borges, pese a su densidad, es para nosotros. Tómelo con confianza. Este libro fue escrito para usted. Léalo y verá que no miento. ¿No es así Kiko?
El autor es decano de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la UCA.