Alberto L. Alemán Aguirre
Los precios estratosféricos del petróleo y la debilitada imagen de su colega brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, le ha dado al mandatario venezolano una gran oportunidad para reforzar su búsqueda de un liderazgo latinoamericano como alternativa a la hegemonía estadounidense.
Venezuela es el quinto productor mundial y el proveedor del 12 por ciento del crudo que consume el inmenso mercado de Estados Unidos. Es miembro importante de la OPEP y como se sabe, sus socios están sacando provecho a una larga bonanza de los precios mundiales del petróleo.
Esa es la base financiera que sustenta el llamado proyecto bolivariano de Hugo Chávez y de sus sueños de ser el líder de Latinoamérica.
El gobierno de Lula está atravensando momentos difíciles por los sonados escándalos de corrupción.
Hasta hace unos meses, Brasil ejercía como el poder regional más fuerte de Sudamérica y el bloqueo del ALCA —un proyecto diseñado por Washington—, es en muy buena parte el mérito de Brasilia. Aspira a convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
A pesar de que el escándalo aún no salpicó directamente a Lula — en el papel del buen padrecito zar que no sabía nada de lo que hacían sus ministros malos, como el autócrata gustaba de hacer creer al pueblo en la Rusia zarista—, su imagen y su credibilidad están dañadas. Su reelección misma en 2006 ha sido puesta en duda.
La coyuntura internacional le es muy favorable a Chávez y le sirve en dos propósitos.
El mandatario continúa consecuentemente fortaleciendo su poder político personal.
Chávez tiene una Constitución que le concede un poder inmenso, sus partidarios controlan el Congreso y dispone de una mayoría en la Corte Suprema de Justicia. Es intolerante y confrontativo con sus opositores.
El ex militar golpista, el más cercano aliado de Fidel Castro, habla ahora sin tapujos de “construir un socialismo a la venezolana”, lo que no le ha impedido copiar aspectos del modelo cubano: existen ya milicias populares fuera del Ejército y se desarrolla el equivalente de los CDS en la época sandinista, una copia burda de los CDR castristas. Asimismo, evoluciona una pléyade de organizaciones populares chavistas.
El último avance hacia una dictadura abierta lo constituye la aprobación parlamentaria de una nueva Ley de la Fuerza Armada que da la potestad a Chávez de reincorporar a personal en situación de retiro y el manejo directo de la reserva militar.
Fernando Ochoa Antich, ex ministro de Defensa y ex canciller, asegura que la medida incrementará la ‘”politización de la Fuerza Armada”, porque el Presidente podrá “reincorporar permanentemente a aquellos oficiales que tienen contacto político con él” para incorporarlos en “cargos importantes”.
Los cuantiosos ingresos por el petróleo permiten a Chávez financiar su proyecto populista-clientelista. No obstante, su discurso y su supuesta dedicación al pueblo, la pobreza en Venezuela ha aumentado en varios puntos porcentuales con el chavismo.
En cuanto a sus ambiciones internacionales, el momento no podía ser mejor.
Chávez ha construido relaciones con China (acuerdos comerciales) , Rusia (compras importantes de armamentos) y otros países, diversificando sus mercados y opciones.
A través de un acuerdo político-comercial, ofreció petróleo a precios favorables a los pequeños vecinos del Caribe —economías frágiles que difícilmente pueden obviar esas propuestas— y a otros Estados sudamericanos.
La abierta política “anti-imperialista” está dirigida en buena parte al consumo interno venezolano y al latinoamericano, pero es hora que Washington revise de verdad su política hacia Venezuela, la cual es el eje de un frente antiestadounidense que se ha conformado en el sur del continente.
Con mucho empeño, contribuyó a impedir que los candidatos apoyados por EE.UU. fuesen elegidos como secretario general de la OEA. Es en parte el mérito de Chávez. Se dice que mete sus manos en la política boliviana.
Ahora que el señor Roger Noriega termina su período como jefe de la diplomacia estadounidense para América Latina, habrá quizás una oportunidad para superar la retórica confrontativa que no produjo ningún resultado. Naturalmente, Chávez debe dejar de lado sus ofensas.
Es hora de revisar las líneas generales de la política hacia América Latina y no solamente enfatizar los temas que le interesan a Washington. Es muy importante impulsar la democracia en Cuba, pero no puede ser que por dar gusto al exilio cubano, se descuiden otros temas fundamentales de las relaciones hemisféricas.
Es hora de que EE.UU. reflexione en serio por qué se ha dado el giro a la izquierda en tantos países, por qué hay tanta animosidad anti norteamericana y que preste mayor atención a América Latina, para con realismo y pragmatismo, se logre neutralizar o impedir el retorno de los autoritarismos.