Antígona

Luis Sánchez Sancho

Por problema de horario no pude asistir a la presentación de Antígona en el Teatro Justo Rufino Garay, de Managua, la cual fue formidable a juzgar por la opinión de Inés Izquierdo publicada en LA PRENSA del domingo 4 de septiembre.

Lamenté no haber podido verla, pues aunque tengo entendido que esta Antígona no es la original de Sófocles, sin embargo, según la crónica de Inés Izquierdo, no se pierde el mensaje central del clásico griego, que es de permanente actualidad y por cierto muy apropiado para la situación de crisis política e institucional que se está viviendo ahora en Nicaragua: ¿Qué ley y voluntad se debe acatar? ¿La ley —o la resolución judicial— del hombre arbitrario y corrompido, o la ley de la conciencia, de la razón, del derecho y la justicia?

“No podía yo pensar que tus normas fueran de tal calidad que yo por ellas dejara de cumplir otras leyes, aunque no escritas, fijas siempre, inmutables, divinas. No son leyes de hoy, no son leyes de ayer… son leyes eternas y nadie sabe cuándo comenzaron a regir. ¿Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, del que fuera?”, dice la digna Antígona a Creonte, que tiene en sus manos el poder de la justicia terrenal y oficial.

Y aseguran algunos que ese día nació el derecho a la libertad individual y a la libertad de conciencia; el derecho a no acatar la arbitrariedad aunque ésta se manifieste en forma de ley o resolución judicial; el derecho a rebelarse contra la dictadura aún al costo de dar la propia vida, como prefirió darla Antígona antes que someterse a la ley arbitraria de Creonte.

Pero toda la historia de Antígona es dramática, emocionante, ética, ejemplar. Ella es hija de Edipo, que involuntariamente comete parricidio e incesto al matar a su padre Layo y casarse con su propia madre, Yocasta, sin saber que son sus progenitores. Pero al darse cuenta de la terrible situación Edipo se arranca los ojos, porque la muerte es poco castigo y, además, en el mundo de los muertos no podría resistir la vergüenza de ver al rostro de su madre.

Antígona, hija de Edipo y Yocasta —la que se mató al darse cuenta del incesto involuntario que cometió con su hijo— se va con su padre al exilio y lo acompaña sobreviviendo de la limosna hasta su muerte —de Edipo—, en Colonno, donde, finalmente honrado por los dioses, es conducido al cielo por un rayo.

Muerto su padre, Antígona regresa a Tebas, su ciudad natal, donde ha tenido lugar una sangrienta guerra civil por el poder en la que se enfrentaron sus dos hermanos: Polinice y Esteocles —hijos también de Edipo y Yocasta— quienes se matan el uno al otro.

Creonte, hermano de Yocasta y tío de Antígona y sus hermanos, ha asumido el poder en Tebas y ordena que a Esteocles, que combatió al frente de los defensores de la ciudad, se le entierre con todos los honores; pero el cadáver de Polinice, que encabezó el ataque contra Tebas: “Que nadie se atreva a sepultarlo. Ni llorarlo siquiera. Quede al aire insepulto, devórenlo las aves y los perros. Horroroso a la vista de quien se atreva a verlo”.

Antígona desafía la cruel orden de Creonte y cumple su deber de hermana y de ser humano, que manda sepultar a los muertos, y aunque le cuesta la vida pone el dictado de su conciencia y la ley de Dios por encima de la voluntad del hombre arbitrario y despótico.

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