Silvio Mé[email protected]
Fui invitado recientemente por una institución europea a participar en una capacitación dirigida a industriales del café, con posibilidades de vender este producto, con valor agregado, en el mercado de Europa. Fue una capacitación dirigida a conocer la preparación de tostados y espressos al gusto europeo, dirigido por especialistas franceses e italianos.
La capacitación se llevó a cabo en San Salvador, pero tuve que pasar por Tegucigalpa para medir los resultados de una capacitación llevada a cabo con anterioridad. Esto me dio la oportunidad de ver y evaluar el avance que estos dos países han experimentado, desde la última vez que los visité, hace 10 años, y fue sorprendente para mí ver los cambios positivos que esos dos países han vivido.
Tegucigalpa es una ciudad renovada, limpia, con buenas calles y bulevares bien construidos que dan acceso rápido y fácil a cualquier punto de la ciudad. San Salvador enseña aún más progreso. Es una ciudad sumamente limpia, ordenada, con una maravillosa red de carreteras hacia sus centros de producción, comercio pujante y, lo más importante que observé es que la población productiva, en todos los niveles, en los dos países, está contenta en su gran mayoría. Todas las personas con las que hablé se mostraron dispuestas a continuar poniendo su pequeña contribución, cooperando en el avance de su país y al mismo tiempo disfrutando la oportunidad de participar en el establecimiento de una democracia participativa.
Estos dos países son idénticos a Nicaragua, tenemos las mismas raíces raciales, tenemos costumbre iguales, comemos lo mismo, nos gustan las mismas cosas al punto que si estamos juntos, un salvadoreño, un hondureño y un nicaragüense, mientras no abramos la boca para hablar, nadie sabría decir a uno de ellos de cuál de los tres países es originario. Diferimos en algo muy importante, sin embargo: nuestro exilio nicaragüense se llevó el más valioso material humano que el país tenía. El de ellos, El Salvador y Honduras, se llevó también el material humano que andaba en la guerrilla izquierdista y los liberó de ese estigma que hoy a nosotros nos subyuga.
Inicialmente me preguntaba por qué estos dos países han avanzado tanto y Nicaragua no, teniendo nosotros tantos recursos para estar haciendo lo mismo o más que El Salvador, teniendo similar ayuda internacional, condonación de deudas, etc. Sin encontrar una respuesta clara, comencé a interrogar a personas nacionales de esos dos países hermanos, por qué ellos habían avanzado tanto y nosotros no. Las respuestas más interesantes me las dio un catador de café en el departamento de Sonsonate, El Salvador.
Cuando le comentaba el hecho de que ellos estaban tan desarrollados en su economía e infraestructura, pero con un índice de criminalidad tan alto, mientras nosotros en Nicaragua era todo lo contrario, menos criminalidad y al mismo tiempo menos desarrollo, me contestó: “La diferencia es que en Nicaragua los maleantes han llegado a adueñarse del gobierno y con el poder, se han dedicado a saquearlo y ahora son maleantes ricos. No tienen que cometer los actos criminales en la calle, sino que sólo continúan asaltando el erario nacional. Mientras tanto en El Salvador, hemos mantenido a los maleantes fuera del gobierno, por lo que sólo les quedan las calles para cometer sus crímenes. Es por eso que los nicas no avanzan, el dinero para progresar se lo roban los maleantes que manejan varios poderes del Estado, pero a cambio de eso tienen baja criminalidad. Ahora, a ustedes los nicas les toca decidir qué les conviene más: tener a los criminales dentro o fuera del gobierno, en la calle o en la cárcel”.
“Otra cosa que nos salvó de las destrucciones —agregó—, es que nunca dejamos llegar al poder a los “izquierdistas salvadoreños”, o sea al FMLN. Si no, no verías el progreso que nos ha traído la democracia, cuyos líderes, uno a uno, sin querer prolongarse en el poder, han dado todo de sí para bien gobernar y traer todo el progreso del que sos testigo y nosotros hoy disfrutamos. Si nuestros maleantes hoy nos gobernaran, no tendríamos tanta criminalidad, pero sí un país destruido como el tuyo. Nuestros gobernantes nos han demostrado que los elegimos para bien gobernar, con ética, pero sobre todo, con amor a la patria, a sus ciudadanos, a sus instituciones y a su historia. Es por eso que El Salvador no sufre la clase de caos moral y político que ha hundido a Nicaragua. Nosotros resolvemos nuestros problemas guiados por la ley y la justicia y no con huelgas y asonadas”.
Después de escuchar y digerir bien esta respuesta, ya no volví a preguntar más, me dediqué de lleno a absorber completamente las enseñanzas que llegué a recibir y dispuesto a ayudar a Nicaragua salir de su problema, trabajando inteligentemente y poniendo mi grano de arena para liberarlo de maleantes y corruptos.
El autor es Ingeniero Industrial.