Ética versus intereses económicos

Federico Dueñas

¿Cuál es la frontera entre la ética profesional de los medios de comunicación y sus intereses económicos?

Para vender un desodorante hay que anunciarlo, e igual para vender al candidato. La política, entonces, ya no pertenece al campo del bien común, sino de la gélida técnica mercadológica. Así como se habla del mercado laboral tendremos que hablar ahora del mercado electoral.

En este comercio político se olvida el interés comunitario, y conceptos como el de bien común o el de servicio público llegan a ser zarandajas sin sentido. Los presupuestos para campañas políticas, provenientes de nuestros impuestos, además de las inmensas cantidades de plata que se entregan a los candidatos por debajo de la mesa, son un gran atractivo para los dueños de medios de comunicación. En el siglo XIX decía el pequeño gran hombre, Napoleón Bonaparte, que “para ganar una batalla se necesitaban tres cosas: dinero, dinero y dinero”. Esas mismas tres cosas se necesitan también en Nicaragua en el siglo XXI para ganar la elección presidencial. Tanto dinero tienes, tanto sales en los medios de comunicación. Y para ser electo se necesita aparecer, tener frecuente presencia pública, “apantallar”. Esto es perfectamente explicable: esto de la democracia es uno de los frutos de la libertad, y la libertad consiste en la posibilidad de escoger, ya sea entre dos marcas de desodorante o entre dos o más candidatos a un puesto de elección popular.

Entre Daniel y Arnoldo, ¡ni a cuál irle! Lo reflejan amplia y constantemente los sondeos de opinión a nivel nacional. En ambos DOS encarnan los peores vicios de la política nicaragüense. Si Daniel gana la Presidencia, se corre el riesgo de que resurja la terrible dictadura de Estado y que caigamos en una segunda era de dominación dictatorial socialistoide, con todas sus corrupciones, piñatas y sus putrefactas lacras, que aún sufre el país. Con Daniel llegarían personajes como el Duende Verde, Lenín, Bayardo, D’Escoto y demás representantes de esa dictadura “revolucionaria”, dura, estólida, sin sentido ninguno de la ética, ahora bendecidas por un príncipe de la Iglesia que administra comuniones e indulgencias discrecionalmente, como sucedió en los mejores tiempos de la “venta de indulgencias”, cuando Martín Lutero se rebeló contra el Papa.

Si triunfara el reo de El Chile, con él vendrían todos los males que derivan del caudillismo mesiánico, el autoritarismo, la demagogia populista y la falta de respeto a las instituciones y principalmente a la ley. El arnoldismo traería consigo una caterva de gente sin escrúpulos: Enrique Quiñónez, Argüello Poessy, Pepe-Toño Alvarado, serían sólo algunos de los muchos integrantes de esa bajuna picaresca. Conclusión. Estamos, pues, ligeramente jodidísimos. No podremos escoger entre lo mejor: ¿Tendremos que tomar lo menos malo? Arnoldo representa el caos que trae consigo la ilegalidad. Daniel representa el irrespeto absoluto, lisa y llanamente la corrupción total. El FSLN, ciertamente, es hoy por hoy el partido mayoritario en Nicaragua. Es también, el que dispone de mejor estructura y más organización. Pero no contarán las siglas en el proceso electoral. Contará la personalidad de los candidatos, su honestidad, su popularidad.

En ese contexto el danielismo tiene tres aliados poderosos que pueden darle el triunfo: la pobreza, el ausentismo electoral y la fanática ignorancia. En los próximos meses el FSLN intentará ubicarse mejor en la percepción de los votantes, y el PLC podría ir a la baja, pero habrá que ver si el tiempo de campaña será suficiente para que el arnoldismo remonte la ventaja que su contrincante tiene sobre él.

Mi remota y personal esperanza estriba en que Montealegre y Lewites obtengan apoyo efectivo de los otros partidos políticos y puedan inclinar el fiel de la balanza electoral, como sucedió en 1990 cuando la UNO postuló a doña Violeta, quien derrotó vergonzosamente a Daniel. Los milagros, aún en política pueden realizarse. Hay un Dios en las alturas que lo observa todo. No se puede escupir al cielo sin tener la respuesta adecuada. ¡Aparentemente los protagonistas del pacto no creen o simplemente desprecian a ese Dios!

El autor es empresario.

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