Raoul Shade
Dice el inquisidor: “Si el hereje no confiesa, ¡quémenlo!” Así habló Esteban de Sas Rosero en su artículo de opinión de LA PRENSA del 26 de agosto de 2005, titulado “Nietzsche y los valores”. Pero hablar de Nietzsche sin haberlo leído (sobre todo Así habló Zaratustra) o haberlo leído sin haberlo entendido —la filosofía de ese nivel no es para estudiantes de ingeniería— sólo puede causar risa.
La muerte de Dios no es más que la muerte de un concepto religioso obsoleto de aquéllos o aquéllas que no logran ver más allá de sus propios esqueletos; que sufren de un idealismo egocéntrico y patético y se rehúsan asumir la responsabilidad de sus actos y andan buscando a alguien que muera crucificado para salvarlos. Algo así como el asistencialismo de las ONG.
La filosofía de Nietzsche fue más allá de la ideología y la religión y del anticlericalismo de su época. Nietzsche atacó al cristianismo, al socialismo y al anarquismo de la misma manera: “Quien quiere ser un creador en el ámbito del bien y el mal ha de ser un destructor y un quebrantador de valores”.
En el año 1600 fue quemado vivo Giordano Bruno, en Campo dei Fiori, Roma, por mentes intolerantes como la del autor del artículo en cuestión. Y por poco quemaron vivo a Galileo y a millones de “herejes” que no se dejaron humillar por un cristianismo despiadado e inhumano, causante de atrocidades en América Latina y esclavizando a los negros de África en nombre de Dios.
Los arrancó de su hogares y los obligó a trabajar sin salario bajo la amenaza del látigo y la muerte. Pero: “Vosotros los ‘puros’ os tapasteis el rostro con la máscara de un dios”. (Nietzsche). La ignorancia y la intolerancia aún tiene donde refugiarse: en los pasillos de las universidades.
Un ejemplo de la doble moral cristiana, consistía en violar a las esclavas negras de noche y despreciarlas durante el día para salvar las apariencias. Esos eran los valores cristianos de la época que este estudiante de ingeniería tanto defiende. La misma doble moral de fray Bartolomé de las Casas, quien para defender a los indios mandó a traer los negros de África: “La moral y sus jaulas de alambre de púas” (Roque Dalton).
La muerte derramada bajo los crucifijos implacables del imperio cristiano y la impiedad del sacerdote desvirtuaron todo el proceso y Verónica Franco fue acusada de brujería, pero cuando sus clientes se pusieron de pie, durante el juicio para salvarle la vida y sólo faltaba que se levantara el obispo, quien también fue su cliente, entonces los inquisidores desistieron de la acusación y admitieron que ella no era una bruja, sino una prostituta y que si existen prostitutas es porque existen clientes, incluso del alta sociedad.
Ésta es la hipocresía cristiana que Nietzsche atacó.
El autor es periodista.