Mario Alfaro Alvarado
Muy alegre se ha visto el ondear de las banderas en las marchas populares del 16 de junio, el 17 y el 28 de agosto. Entre el azul y blanco ha destacado la policromía de las banderas partidarias, todo parece un desfile olímpico de competidores; porque ¿qué son en sí mismos los partidos políticos sino competidores? Este espectáculo —¿competencia o unidad?— emite una señal al subconsciente de los espectadores. ¿Cuál es el propósito de esa mezcla colorida de señales políticas? Si el azul y blanco sugiere a la Patria y ésta es unidad, los colores partidarios sugieren competición la cual es enfrentamiento, es desunión.
Las marchas ciudadanas deben emitir un sólo mensaje unitario, como uno sólo ha de ser el objetivo: construir una plataforma de salvaguarda sólida y homogénea, de donde pueda iniciarse sin ventajas para ninguno y con garantías para todos, la competición de los partidos políticos en lo que deben ser las primeras elecciones verdaderamente democráticas, honestas e imparciales.
El pueblo en las calles tiene más espíritu de cruzada patriótica que de campaña política. Por eso es pertinente que destaque el azul y blanco, que es el símbolo de la Patria, sobre los alegres colores políticos que simbolizan contienda entre candidatos. Las campañas candidaturales y sus candidatos dividen los votos y lo que menos hace faltan en estas jornadas patrióticas es una división de la voluntad masiva del pueblo para triunfar en esta lucha de sobrevivencia democrática.
Nada valdrán las candidaturas y la popularidad de los candidatos sin la garantía de unas elecciones manejadas con honestidad y debidamente supervigiladas por instituciones nacionales e internacionales. La contienda cívica está planteada en la necesidad absoluta de tener una estructura jurídica institucional que garantice el manejo de los votos en forma transparente. Y esto no se logra con banderas partidarias sino con una sola bandera unificadora para todos los nicaragüenses. Un acto de rebeldía ante las dictaduras de sus respectivos partidos —acto muy aplaudido por la opinión nacional— elevó a los insumisos a los primeros planos en las preferencias ciudadanas. Los disidentes han dividido a sus partidos minados por el descontento, pero esto no es suficiente para rescatarlos de la corrupción y de los viejos vicios políticos que les ha dado el carácter que los define como grupos prebendarios y presupuestívoros. La cleptocracia es un vicio muy arraigado en los partidos prebendarios y no se elimina con sermones. A los partidos corruptos habrá que someterlos a una prolongada cuarentena para que se depuren de sus vicios políticos y adopten con convicción una nueva filosofía para ejercer el poder con honestidad en beneficio del país y de la población.
La lucha del pueblo en las calles, sin violencia, pero con mucho civismo y muchos deseos de vencer, viene a ser más convincente que la lucha armada contra la dictadura somocista y la dictadura sandinista. En esta ocasión se combate en forma incruenta y con valor cívico para reformar el Estado, jubilarlo por obsoleto e ineficiente y sustituirlo por un Estado moderno, fundamentado en leyes aprobadas por el pueblo y orientadas a promover el desarrollo político, social y económico de todos los nicaragüenses. La campaña popular en las calles no se hace con banderas de colores partidarios que sugieren divisionismo y ambiciones políticas de candidatos presidenciales; se hace con la bandera azul y blanco de la Patria, que sugiere unidad, democracia y progreso, valores vitales que palpitan en el alma popular y pugnan por conquistar para el futuro un verdadero Estado de Derecho, construido por todos y que pertenezca a todos.
El autor es periodista.