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La corrupción no tiene ideología
Cuando se derrumbó el sistema comunista en la antigua Unión Soviética y varios países de Europa del Este, a fines de los años ochenta y principios de los noventa del siglo XX, Francis Kukuyama se hizo célebre mundialmente con su aseveración de que la caída del comunismo significaba el fin de las ideologías.
Desde entonces, con frecuencia se escuchan y leen toda clase de refutaciones a la tesis del famoso académico nipo-norteamericano. Sin embargo, al mismo tiempo mucho se habla de que en política ya no hay división entre izquierda y derecha, y que es incorrecto e injusto separar a los partidos, grupos sociales y personas en base a tales definiciones ideológicas que supuestamente pertenecen al pasado.
Los disidentes del orteguismo, por ejemplo, rechazan que la división política del país se haga entre demócratas y sandinistas. Y señalan que las separaciones deben establecerse ahora entre pactistas y antipactistas, entre corruptos y no corruptos, entre caudillistas y modernizantes.
La práctica política del país pareciera demostrar que eso es cierto. Durante mucho tiempo el FSLN fue considerado como el representante por excelencia de la izquierda en Nicaragua, mientras que el PLC se identificó como el más derechista de todos los partidos políticos nicaragüenses, inclusive heredero del liberalismo somocista. Pero ahora son prácticamente la misma cosa.
El PLC y Arnoldo Alemán se convirtieron en una gran fuerza política a partir de que condenaron de manera implacable y sistemática al supuesto contubernio del gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro con los sandinistas, durante los años de 1990 a 1996. En aquel entonces, el PLC incluso amenazó a los dirigentes del FSLN que al llegar al poder les quitaría todas las riquezas que se robaron por medio de la “piñata”, y Arnoldo Alemán decía en sus encendidos discursos que obligaría a trabajar, por primera vez en su vida, a Daniel Ortega y demás dirigentes sandinistas, políticos y militares.
Sin embargo, la realidad fue que inmediatamente después de que llegó al poder, en 1997, el PLC se alió con el FSLN para repartirse los cargos y beneficios económicos del poder estatal, y para encubrirse mutuamente por medio de sus respectivos magistrados, jueces y fiscales partidistas. Los fallos de ayer, de la Corte Suprema de Justicia, son una clara demostración del control partidario que ejercen los caudillos y las cúpulas corruptas de esos partidos, sobre la desacreditada administración de justicia
Es decir, lo que se ha hecho no es tolerar al adversario y respetar sus espacios y cuotas de representación política, como es normal en cualquier país civilizado y democrático, sino coludirse para la repartición y el ordeñamiento del Estado.
Ahora los ideólogos del pacto libero-sandinista argumentan que éste es una alianza política contra la oligarquía. Pero hasta los escolares saben que ellos —las cúpulas del PLC de Alemán y del FSLN de Ortega— forman una oligarquía que es nueva porque amasaron sus cuantiosas fortunas con la corrupción de los últimos 20 años, pero es tan rica y poderosa como si existiera desde que se fundó la República.
Hay que reconocer, pues, que al menos en lo que se refiere a la corrupción no hay diferencias entre izquierda y derecha. Así como fue corrupto el gobierno ultra derechista del general Augusto Pinochet en Chile, lo es también el del brasileño Lula da Silva, quien llegó al poder con un conmovedor y convincente discurso de honestidad y rechazo a los “corruptos burgueses”, pero ha resultado gravemente contaminado por la corrupción. Inclusive, según analistas brasileños e internacionales, por mucha menos corrupción que la descubierta en el gobierno de Lula, Fernando Enrique Cardoze fue destituido de la Presidencia de la República en 1992.
De manera que la corrupción no tiene ideología: políticos hay tanto en el lado de la derecha como de la izquierda. Y del mismo modo —justo es reconocerlo— en ambos sectores hay personas honestas.
Con el ejercicio del poder cualquier persona, de derecha o de izquierda, se puede corromper, pues como advirtió el famoso político inglés nacido en Italia, Lord Acton (1834-1902), “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. O, como lo refutó el escritor también inglés, George Bernard Shaw, “no es cierto que el poder corrompa, es que hay políticos que corrompen el poder”.