Carlos Cardenal
Me acerqué con curiosidad al diccionario de la Real Academia Española para cerciorarme de la etimología de la palabra pacto y casi la mitad de lo explicado allí se refiere a un convenio que se supone hecho con el diablo para obrar por medio de él cosas extraordinarias, embustes y sortilegios y como agregado final, renunciar el pacto es apartarse de él, dando por cierto que hubo convenio con Satanás.
Independientemente de esta valoración etimológica que hace el diccionario, debemos aceptar que no todos los pactos son malos y que la existencia del demonio está en entredicho para muchos no creyentes, de modo que el demonio bien puede quedarse en el infierno y los diablillos criollos hacer sus fechorías en nuestras narices. En todo caso el pacto tiene una sombría connotación que nos hace pensar en torcidos y malos propósitos de los pactantes.
El caso de Nicaragua es algo más que ese simple convenio maléfico entre las partes. Todo indica en el desenvolvimiento y cotidiano acontecer político, que en nuestro país accionan dos grupos de pandillas, (pandilleros sería un término inmerecidamente benévolo) asociados con solemne apariencia de legitimidad, para echar mano de subterfugios legales amañados y entorpecer el quehacer patriótico de personas que se ajustan a las leyes e impulsan el bienestar de la nación. Se trata de una conspiración malévola permanente y perversa de dichos asociados para confabularse, contra todo lo que encarna la institucionalidad. Para ponerlo en términos médicos, estamos viviendo gracias a esa vorágine de acechanzas contra lo constitucionalmente establecido, una esquizofrenia jurídica y un caos social con metástasis progresiva en todos los estamentos del aparato estatal y en la sociedad misma. Creer en Nicaragua y luchar por su salvación es un acto de fe.
Gracias al empeño , tesón y tozudez del Presidente de la República, ingeniero Enrique Bolaños, las pandillas antes mencionadas no han logrado su pleno cometido, que es la siniestra faena de acabar con lo que queda de institucionalidad y progreso social. A él lo acompañan y acompañamos en su lucha inclaudicable, numerosos grupos de la sociedad civil y partidos políticos honestos, porque cada día estamos más conscientes del compromiso moral que tenemos para no quedar en manos de ese nefasto contubernio, que nos llevaría aún más a la inanición y desesperanza, que nos agobian en el presente. La comunidad internacional rechaza con ostensibles muestras de desaprobación y condena, las burdas manipulaciones contra los poderes del Estado, porque sabe que eso va en detrimento del desarrollo económico y de la democracia.
Insisto en que el concepto de pacto es un eufemismo para lo que aquí se ha intentado identificar como tal, que como repito, no es otra cosa que el accionar de dos bandas sediciosas, con características similares, pero al final de cuentas, bandas, donde el control del poder político está muy lejos de querer beneficiar a un pueblo necesitado y empobrecido.
El autor es miembro del Foro Eduquemos