“Sangre TV”, o lo irracional del rating

Eduardo Enríquez

¿Qué ha provocado el fenómeno de los noticieros de “nota roja” que se han tomado los canales de televisión y los principales lugares de la preferencia del televidente?

Esa pregunta motivó un estudio presentado ayer, “La nota roja en la televisión nicaragüense”, organizado por la Fundación Violeta Chamorro, realizado por el colega Arturo Wallace y financiado por el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).

Hurgando en las conclusiones, creo que lo que provocó esto es una búsqueda irracional del “rating”, esa medida que usan las publicidades y los anunciantes para determinar cuántas personas ven, oyen o leen un medio, y con base en el “numerito” deciden anunciarse o no.

La fórmula de la “nota roja”, desde el punto de vista netamente comercial es maravillosa para el empresario de televisión: mínima inversión y altísimo rendimiento. Eso está a la vista. Sin embargo, como todo lo fácil en la vida, es peligroso y puede terminar haciendo más daño que bien.

Para comenzar, le está haciendo un flaco favor a la profesión de periodista. Como dijo la comentarista invitada a la presentación, la colega costarricense Thaís Aguilar, “esas notas no tienen análisis, no tienen contexto, no tienen balance… no tienen nada, sólo el hecho sangriento”.

Sin embargo, por el momento les ha resultado. Los empresarios de televisión que introdujeron la fórmula al país han logrado que esos programas se coloquen en los primeros lugares de audiencia, y por ende han logrado que los anunciantes y publicistas los empiecen a tomar en cuenta.

Claro, el anunciante no se pauta directamente en esos programas, pues los considera dañinos para su imagen, pero sabe que ese rating se “riega” por la programación así que se pauta en el resto de programas del canal.

Pero el problema está en que para atraer el mayor número de televidentes, los noticieros se esmeran en presentar las imágenes más fuertes imaginables, explotando el morbo de las personas, abusando de las víctimas y a largo plazo insensibilizando a la audiencia.

El estudio hace una amable interpretación del por qué son populares, tal vez en un afán de convencer a los empresarios de la tele. Les dice que no necesitan ser tan gráficos y que bien podrían ser más propositivos sin perder audiencia. Dudo que los convenza.

La razón de ser de esos programas es el rating, punto. Ahí no van a valer consideraciones éticas que pongan el peligro el nivel alcanzado.

Yo tengo la esperanza de que este fenómeno, que no tiene más de cuatro años, sea similar a la euforia que despierta en un grupo de adolescentes tener entre sus manos su primera revista para adultos. Primero es un acontecimiento, pero con el tiempo —y la madurez— hasta aburre.

Estos productos son tan vacíos y repetitivos que tarde o temprano van a perder su novedad, sin embargo, esto no exime a anunciantes y publicistas —los únicos que pueden hacer entrar en razón a los empresarios de la tele— para castigar, en lugar de premiar aunque sea indirectamente, que se siga comerciando con semejante basura.

Pero los empresarios de la tele deben tener claro que semejante glotonería por el rating pone en peligro las libertades de expresión y prensa.

Abusar del espectro radioeléctrico, un bien público que se les entrega en concesión a los canales, da una fácil excusa a los políticos con vocación de dictadores que siempre buscan como limitar la libertad mediante la legislación. Ya pasó en Venezuela.

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