Nietzsche y los valores

Esteban de Sas Rosero

Acontecimientos que se han llevado a cabo últimamente en algunos países, incluso de raíces cristianas, como la aprobación del matrimonio homosexual o los intentos de legalizar el aborto y la eutanasia, me han llevado a recordar algunas ideas del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900). Este pensador nació y se formó en su niñez en un ambiente cristiano, sin embargo, debido a lecturas de otros filósofos como D. Strauss, L. Feurbach y A. Shopenhauer, fue dudando de su fe hasta volverse un crítico cristiano, o más bien, un anticristiano.

Nietzsche decía que en la evolución de la historia el hombre ha creado un concepto de Dios, ha desarrollado un pensamiento trascendente de la vida y ha formado unos valores. Sin embargo, Nietzsche sugiere que ha llegado el momento del nihilismo, y es hora de destruir toda mentalidad trascendente y de valores, es por eso que Nietzsche dirá de si mismo: “Soy dinamita”.

El autor alemán propone que la “muerte de Dios” y la desaparición de todo valor y pensamiento trascendente lleva a la divinización del hombre. De la divinización del hombre Nietzsche plantea la idea del “superhombre”. El superhombre será el encargado de hacer la gran política, que gobernará a las masas anónimas y despersonalizadas, sin miedo a sacrificarlas para conseguir sus miras personales. Va a construir su propia moral para satisfacer sus deseos. Se guiará por sus propios valores y será capaz de imponer la ley de su propia voluntad: como todos los valores se han devaluado, hay que crear nuevos valores que dependan exclusivamente de la autonomía absoluta del hombre. En una ocasión Nietzsche escribió en un muro “Dios ha muerto” y dejó su nombre escrito a un lado para que quedara claro su pensamiento anticristiano.

El pensamiento de Nietzsche es actual ya que, en muchos lugares del mundo, el hombre se ha creído la idea del superhombre y la degradación de los valores. Crear una ley para satisfacer al ego es algo que impera en la sociedad actual. Sin embargo, el hombre se rige —o mejor dicho— se debe regir por una ley moral y ética, y el alejamiento de dicha ley provocaría en el hombre el alejamiento en el perfeccionamiento de sí mismo. La desobediencia a la ley moral es algo que podemos hacer debido a un gran don: la libertad. Aunque, esta desobediencia no sería libertad, sino libertinaje.

La libertad consiste en elegir para mi propio bien, es decir, lo que perfecciona mi naturaleza humana; por lo tanto, libertad es elegir el cumplimiento de una ley buena y no un subjetivismo como el que planteaba Nietzsche. Nunca he visto y creo que jamás veré, a un ave comportándose como pez o a un perro tratando de volar. Por nuestra capacidad de raciocinio y debido al mal uso de nuestra libertad, en algunos casos el hombre actúa de forma distinta a lo que es un comportamiento humano normal o plantea ideas en la sociedad que son totalmente antinaturales, como llamar matrimonio a la cohabitación de dos personas del mismo sexo, o celebrar como progreso el asesinar a una niña indefensa e inocente en el vientre materno mediante el aborto.

En 1889 Nietzsche se viene abajo psicológicamente, cree que es Dios. En Turín, se desmayó al querer abrazar a un caballo que estaba siendo maltratado por el cochero. Nunca más volverá a tener un control completo de sus facultades intelectuales. Murió once años después de apoplejía en Namburg, el 25 de agosto de 1900. Después de su muerte alguien con cierta astucia tachó la frase que Nietzsche había escrito en el muro años atrás y escribió: “Nietzsche ha muerto” y lo firmó como: “Dios”.

Quizá las ideas de Nietzsche influyeron en la causa de su locura y en la pérdida del dominio de sí. Nuestra sociedad occidental puede recorrer igual sendero si no vuelve los ojos a la ética, la moral y los valores auténticos.

El autor es estudiante de tercer año de Ingeniería Industrial.

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