¿Comunicar para qué?

Rosa María Vivas [email protected]

En esta ocasión abordaré un tema que desde hace unos años ha dado un giro a mi concepción de la ética de la comunicación, particularmente en la manifestación escrita y televisiva.

De forma impresa, un rotativo de circulación nacional se caracteriza por la publicación de lecturas explícitamente eróticas utilizando un jerga vulgar sin sentido de la censura y la omisión donde destaca la morbosidad al relatar el encuentro sexual entre dos o más personas, la cual considero una soberana orgía, limitándose a “aventuras” o a deseos momentáneos sin profundizar en el concepto de que la sexualidad forma parte de la naturaleza humana y que no es un acto animal e irracional, donde los más bajos instintos emergen al exterior, tal cual lo describen en los relatos “eróticos” una sección del periódico cuestionado.

Hojeando el rotativo se encuentran a gran escala fotografías de jovencitas hermosas en las más sugerentes posturas que abandonan la ingenuidad y dan paso a la seducción. Lamentablemente, a seducir lo pecaminoso de la desnudez y no el maravilloso valor que realmente constituye cada parte de la figura femenina convirtiéndolo en un objeto fetiche de satisfacción carnal.

Transitando un día por la avenida principal de Estelí, observé unos niños que compartiendo miradas de complicidad y riendo secretamente hojeaban un periódico. A medida que la distancia entre ellos y yo se acortaba aprecié con pudor y secreto pesar la fotografía que adornaba la portada; un rostro masculino —de unos cincuenta años quizás— con gruesos surcos de sangre que cruzaban sus facciones con el cráneo mortalmente lacerado. La víctima no sólo había sufrido una cruel muerte sino también el abuso de un derecho, aquel que nos proporciona la condición humana, de respeto más allá de la existencia misma.

La partida del hombre habrá causado un profundo dolor a sus seres queridos que más que soportar la pérdida del mismo tienen que tolerar la falta de humanidad y respeto de los que sin ningún tacto osan colocar la fotografía en la portada, satisfaciendo sus retorcidos deseos de publicidad y ganancias creyendo que son innovadores cuando sólo fomentan la sed de sangre en una sociedad que pende de la cuerda floja entre lo que es la sensibilidad y la frialdad.

La controversial estrategia de publicidad mejor conocida como la “nota roja” parece haberse extendido como un maquiavélico virus en casi todo lo que es noticia. Los programas televisivos que antes gozaban de credibilidad y aceptables niveles de audiencia se han contaminado con la nueva avalancha de reportajes de categoría al instante y sin censura. Sorprende la habilidad que tienen estos reporteros para olfatear desde un barrio de la periferia capitalina una riña familiar que se extiende a lo callejero; hasta cubrir la escena de un accidente automovilístico en Carretera a Masaya donde primero llegan ellos (los reporteros) antes que la ambulancia para auxiliar a las víctimas.

Los eventos arriba mencionados suelen ser trágicos según la particularidad del caso, pero son aquellos de corte familiar los que no deben confundirse como lo representativo de nuestra familia nicaragüense. La crisis en la familia está presente como un fenómeno peligrosamente emergente pero es ahí donde deben intervenir los medios de comunicación de una forma educativa no solamente revelando lo que sucede de forma prudente y cautelosa sino promoviendo el rescate de los valores humanos. Extenuante labor que compete a todos y cada uno de los ciudadanos constituidos en sociedad, y que desde ya el Diario de los nicaragüenses, LA PRENSA, está promoviendo con la publicación de los fascículos de valores para la vida. Un amigo muy querido y que ahora no está con nosotros me expresó una vez y lo escribiré como lo recuerdo: “Los medios de comunicación para ser considerados como tales deben informar, orientar o educar, y entretener”.

Una misión periodística como embajador de la noticia que cumplió a cabalidad hasta el último momento un gran profesional, valioso amigo y excepcional ser humano. Descanse en paz Adolfo Olivas Olivas. Lo extrañaremos.

La autora es Psicóloga Infieri UNAN-Estelí.

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