Erick Ramírez Benavente
El Pacto, esa diabólica componenda entre el danielismo y el arnoldismo, que ha convertido a Nicaragua en un enorme botín, ha generado sin duda una nueva revolución, la revolución de los pactívoros.
Los pactívoros, todos miembros de una clase política decadente y marrullera, han emergido en los últimos años como hijos del Pacto y son como plaga de langostas que arrasan con todo con la diferencia que éstos engullen sólo aquello que pueda generarles algún beneficio sea económico, material, de figuración o simplemente de estatus. Consideran que mientras más pactívoros sean, más se codearán con los mandamases del club del Pacto lo que les estimula su trastocada autoestima.
Los pactívoros se alimentan, viven, nutren y dependen del Pacto. El Pacto es inherente a su personalidad y a su sobrevivencia. Con el Pacto ellos “mandan” y sin el Pacto no pueden subsistir. Por eso es que lo defienden como gato panza arriba y desearían que, ¡Dios nos libre! que el Pacto dure cien años. Mientras tanto, por si las moscas y cuidándose estómagos y espaldas, los pactívoros van por ahí devorando todo lo que encuentran a su paso con un desmesurado apetito que sólo deja tierra arrasada.
Son peores que el chupa-cabras porque al fin y al cabo éste come para sobrevivir, en cambio el pactívoro es un chupa-pacto que traga sin masticar y no se sacia nunca. El chupa-pacto come tierras, títulos, acciones, cargos públicos, casas pequeñas, mansiones, fincas, dinero en efectivo, sinecuras, tráfico de influencias, nepotismo y todo lo que tenga algún vestigio de valor al cual echarle el diente.
Los pactívoros operan en grupo, saben que de manera aislada no durarían mucho y por eso están aglutinados en un enorme clan de depredadores al que pertenecen los diputados pactívoros, los magistrados electorales pactívoros, los miembros pactívoros del sistema judicial, los procuradores e interventores pactívoros y toda una pléyade de funcionarios pactívoros que les sirven de apoyo.
Como consecuencia de esto, los decretos, leyes y acuerdos diversos se ajustan a los caprichos de los diputados pactívoros, las elecciones y sus resultados están en manos de magistrados electorales pactívoros y la justicia continúa impartiéndose según convenga a los intereses de los pactívoros y si alguien quiere quejarse de tu suerte te queda una buena opción: lamentarse ante un procurador de derechos humanos pactívoro.
De continuar el sistema pactívoro devorando a Nicaragua en poco tiempo no quedarán en el país más que ruinas y esqueletos. Toda riqueza se habrá perdido y no habrá ninguna posibilidad de superar este caos y esta repartidera amoral. Las generaciones venideras crecerán sin igualdad de oportunidades y serán esclavas de un corrupto sistema bipolar, excluyente y antidemocrático.
Por eso sólo una Gran Alianza Nacional, incluyente y democrática, donde estén representados todos los sectores y actores posibles e imaginables, es lo que podrá salvar a Nicaragua de la revolución de los pactívoros. Una sola fórmula presidencial y una única lista de diputados que transforme la chanchera en un sitio digno para legislar, es lo que el pueblo demanda. Ojalá que entre todos convirtamos esa esperanzadora ilusión en una gratificante realidad.
El autor es Secretario Ejecutivo de la Alianza por la República.