Uriel Cuadra Argüello
Cada granadino que viviendo en el extranjero lee un artículo sobre su cielo natal es una estampa para sus ojos y una alegría para su mente. Así somos los privilegiados nacidos en La Sultana. Fruto de las vibraciones que producen las continuas olas de nuestro Cocibolca.
Esto le pasó a una granadina más, como es la señorita Carolina Sliakting Alaniz, quien vivía en el país de las barras y las estrellas. Le diré algunas de las vivencias de este bello lugar. La señora Panchita Orozco vivía frente a mi casa y un día me preguntó: “Urielito, ¿qué edad tiene tu abuelita, doña Josefina?”. A lo que contesté: “Panchita, tiene 97 años”. “Con razón —me dijo—, ya está pasadita, por eso se ve tan viejita”. Al instante se me ocurrió: “Y vos, Panchita, ¿qué edad tienes?” Y me dijo: “93 años”, respuesta inmediata a una pregunta a quemarropa.
Un joven oriundo de la parte norte de Nicaragua llegó a vivir y estudiar al Colegio Centroamérica, creo que era de origen miskito y le decían “Papa Goyo” y “Gungadin”, en recuerdo de una película hindú. “Perro de Agua” era de un tipo físicamente raro y su perfil no parecía humano. Alejandro Chamorro Benard, “Picurín”, lo recuerda perfectamente, ya que tenía buena amistad con él. Cada diez minutos hacía chistes de él, y eran incontables sus efectos de risa inventados por el pueblo comedor de iguanas y tortugas. Bien lo dice International Living: “Granada lo tiene todo, historia, arquitectura, lagos, volcanes, isletas, pero sobre todo ‘granadinos’ ahí está el palo de cuatro esquinas, el tigre del ajedrez”.
Otro personaje oriundo de la calle La Otra Banda, era el famoso “Pancho Hermoso”, el de la sotana del padre Cuadra. Debido a su necesidad económica (caso que predicaba seguido con el objeto de que le soltaran), decidió un día que no tenía asma entrar al circo de Firuliche y postularse para andar en la cuerda floja de equilibrista. Le dieron la oportunidad y así lo hizo, subió a la cuerda con el tubo de chorro que le sirvió para guardar el equilibrio. Su paseo sobre la cuerda resultó excelente, pero al final del recorrido, empezó a temblar y tuvo muchos vaivenes, cayendo de pronto desde lo alto al suelo. Un grito ensordecedor interrumpió los aplausos que envolvían el ambiente. “Que lo repita”, “que lo repita”, a lo que él con voz temblorosa y renqueando, respondió: “Que lo repita tu madre hijo de las cien pu…”
Otro pasaje más, pues hay muchos que recordar para no perder las bellas historias del pasado de este alegre recorrido: Sobre la calle de La Calzada iban dos mujeres embarazadas, y una le dice a la otra: “Toñita, fijate que el niño que me viene es mujercita, pues ya me pusieron el hilo con el anillo y éste bailó hacía la izquierda”. “¿Verdad? Pues a mí me sucedió lo contrario, el anillo se va para la derecha, es varoncito, machito como lo quiere su papá”. Don Camilo C. caminaba delante de ellas, y oyó toda la conversación, por lo que les dijo: “Pues a mí me pusieron una tuerca con un cordón de zapato, y ésta señala para abajo y creo que va a ser elefante, pues ya le salió el moco”.
El autor es ingeniero.