“El Gran Manolo”

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“El Gran Manolo”





E l recién pasado miércoles 10 de agosto se conmemoró el 30 aniversario de la muerte del doctor Manolo Morales Peralta (1939-1975), de quien el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal dijera en su funeral que “no creía en los políticos de discursos, ni sólo de reuniones, ni de fin de semana; creía que la acción política era permanente, sistemática, a tiempo completo”, según lo cita Adolfo Bonilla López en su libro El Gran Manolo.

En realidad, Manolo Morales fue un excepcional dirigente político social cristiano de Nicaragua, pero sobre todo fue un luchador por la libertad y la democracia para todo el pueblo nicaragüense, por encima de banderas, colores y separaciones partidistas. Por eso el doctor Manolo Morales fue un entrañable amigo del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y su leal colaboradoren la formación de Unión Democrática de Liberación (Udel), de la que nuestro Director Mártir fuera su primer presidente y Manolo su primer secretario general.

De la muerte prematura del doctor Manolo Morales, por falta de una atención médica oportuna, se dijo que había sido una siniestra paradoja, pues él era el abogado y paladín de los médicos y enfermeras de Nicaragua, pero cuando necesitó la atención indispensable para prolongar su fecunda existencia, no fue correspondido con la misma solicitud que él había puesto en la defensa de los trabajadores de la salud.

Sin embargo la muerte del doctor Manolo Morales fue trascendida por la grandeza de su ejemplo político y social, como abogado de los trabajadores de la salud y como luchador político por la libertad y la democracia para el pueblo de Nicaragua.

El doctor Manolo Morales Peralta fue uno de los firmantes, el 26 de junio de 1974 —junto al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y otros 25 ciudadanos pertenecientes a siete partidos democráticos y dos centrales obreras—, de la histórica proclama “No hay por quien votar”, uno de los más vigorosos desafíos cívicos a la dictadura somocista que en aquel momento impulsaba la reelección fraudulenta del general Anastasio Somoza Debayle, el último de la “Estirpe Sangrienta” (como la denominó exactamente el doctor Chamorro Cardenal) que desgobernó a Nicaragua desde 1936 hasta 1979.

Ante la proclama de “No hay por quien votar” la dictadura somocista reaccionó con una represión judicial contra los 27 patriotas nicaragüenses, a los que despojó de su calidad jurídica de ciudadanos. Pero los 27 no se doblegaron y su gesta sembró la semilla de la Unión Democrática de Liberación (Udel), la excepcional alianza pluralista, política, social e ideológica que se fundó en Masaya el 15 de diciembre de 1974 y de la que tanto se enorgullecían el doctor Chamorro Cardenal y el doctor Manolo Morales.

Ahora, 30 años después de la muerte del doctor Manolo Morales, es necesario decir que hombres como él —y como el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal— pertenecían a un linaje político que ya no existe en Nicaragua, o del que sólo quedan algunas muy raras excepciones. Ellos practicaron siempre una política transparente y honesta inspirada en los principios y los valores de la dignidad humana, de la libertad, de la tolerancia (sólo eran intolerantes con la injusticia y el despotismo), la democracia, la justicia, el derecho y la moral pública y personal.

El insigne escritor francés Anatole France (1844-1924) escribió una vez que “lo que queda de nuestro glorioso pasado nos consuela del presente y nos da esperanzas para el futuro”. Al respecto cabe señalar que Manolo Morales Peralta fue un conspicuo representante de un pasado político glorioso, que la memoria de personas como él ayudan a combatir las miserias morales de la política actual, y que su ejemplo infunde esperanza en la posibilidad de un futuro mejor, libre de caudillos, de corrupción y de pactos contra la República; esperanza en una Nicaragua luminosa como la soñaron y por la que lucharon Manolo Morales Peralta y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Ellos no lucharon para sustituir una dictadura por otra ni una forma de saquear el Estado por otra distinta. Y su legado es un ejemplo para infundir en las nuevas generaciones la convicción de que la moralidad política es indispensable para vencer las dificultades del presente, para alimentar la esperanza en el futuro y para lograr que Nicaragua vuelva a ser República, un ideal por el que Manolo Morales y el doctor Pedro Joaquín Chamorro soñaron, lucharon y dieron sus vidas.

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