Retos y ventajas del DR-Cafta

Pablo Sanabria

El tratado de libre comercio (DR-Cafta) propuesto por Estados Unidos a Centroamérica y República Dominicana tiene, sin duda, riesgos para los productores nacionales. La gente se asusta —y con razón— cuando oye lo que ocurrió en Honduras en 1991 con el llamado “arrozazo”, producto de que el Gobierno de esa nación redujera drásticamente los aranceles a las importaciones de arroz proveniente de Estados Unidos para satisfacer el déficit en la demanda que ocasionó una sequía que afectó a aquel país ese año. En pocos meses, Honduras importó unas 30 mil toneladas de arroz oro (sin cáscara) y 11 mil de arroz granza (con cáscara). En consecuencia, los productores nacionales se encontraron sin mercado para vender su arroz y muchos de ellos quebraron.

Hay quienes ven es este evento un claro reflejo de lo que ocurrirá en Nicaragua y el resto de países del istmo si los respectivos foros legislativos de estos países aprueban el tratado de libre comercio con EE.UU. y se eliminan los aranceles al arroz y a otros productos como la carne, la leche y los frijoles. El argumento es que Centroamérica no podrá competir con los precios y la calidad de los productos norteamericanos y que sólo van a sobrevivir los grandes productores con acceso a recursos financieros y tecnológicos, así como los que importan, monopolizan y comercializan internamente éstos y otros rubros.

Sin embargo, utilizar el evento del “arrozazo” como ilustración de lo que ocurriría a nuestras economías si se aprobara el Tratado de Libre Comercio con EE.UU. es incorrecto por varias razones. Primeramente, aunque el tratado establezca cuotas de arroz libre de aranceles desde su primer año de vigencia, la eliminación total de los mismos ocurrirá en un período de 20 años para Costa Rica y República Dominicana y de 18 para el resto de los países centroamericanos. Por otro lado, el tratado incluye lo que se llama Medida de Salvaguardia Agrícola (MSA), por medio de la cual el arancel aplicado a las importaciones fuera de la cuota se eleva cuando éstas superan en un 10 por ciento el contingente libre de arancel. Además, cualquier desventaja en el sector agrícola se verá compensada en otros sectores, particularmente, el industrial. A esto hay que agregar que las economías centroamericanas no van a permanecer estáticas sino que, empujadas por la necesidad de competir y sobrevivir, van a tener que mejorar su eficiencia y su productividad y ser más creativos.

El DR-Cafta es un reto para Centroamérica, pero son más las ganancias previsibles que las posibles pérdidas, más los beneficios obtenidos que los posibles daños. Por ejemplo, los consumidores centroamericanos tendrán acceso a productos más baratos y de mejor calidad, la inversión directa extranjera será mayor y por lo tanto se crearán muchas fuentes de trabajo y nuestras exportaciones tendrán un mercado de 300 millones de habitantes. El tráfico comercial se disparará en pocos años creando más riqueza y más alternativas de empleo.

Por otro lado, la aprobación del DR-Cafta no significa que el Gobierno va a abandonar al sector agrícola. Es evidente que nuestros productores necesitan acceso a una mejor tecnología (como alternativas de riego que no hagan depender la producción de las variaciones del invierno, semillas mejoradas, etc.) y a un tratamiento preferencial en cuanto a financiamientos de bajo interés y a largo plazo y políticas que favorezcan la ampliación y diversificación del mercado interno. Pero éstas son cosas que se pueden hacer en el camino.

La alternativa al DR-Cafta es seguir como estamos: estancados en nuestro crecimiento económico, aislados, con un mercado limitado para nuestros productos, y luchando contra la corrupción de políticos a quienes les interesa que el país siga revuelto. La formación de bloques de comercio es ineludible en el contexto de la globalización. Los que se quedan solos se mueren. El DR-Cafta nos ofrece la oportunidad de salir del atraso y el subdesarrollo por medio de una alianza económica con la economía más poderosa del mundo. Ha llegado el momento de insertarnos en el nuevo contexto de la economía mundial. No hay tiempo que perder.

El autor es abogado

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