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El síndrome de Estocolmo
El vicepresidente del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) y primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, doctor Wilfredo Navarro, dijo que en el liderazgo de su partido hay quienes no solamente se someten a la voluntad de Daniel Ortega y la dirigencia sandinista por conveniencia política, sino que padecen el síndrome de Estocolmo. El doctor Navarro se refería obviamente al también diputado doctor Noel Ramírez Sánchez, secretario nacional del PLC, quien es muy cercano personalmente al ex presidente Arnoldo Alemán y uno de los más mencionados como probable candidato presidencial del liberalismo arnoldista, igual que Navarro.
De manera que según Navarro, hay dos corrientes en la dirección del PLC: una, la corriente de Wilfredo Navarro, que al parecer por pragmatismo político y rentabilidad personal ha estado de acuerdo en construir y mantener los compromisos con el FSLN y Daniel Ortega; y la otra, la de Noel Ramírez, que de sostener el pacto con la cúpula sandinista por pragmatismo político, pasó a compartir y defender las posiciones de su antiguo adversario, debido a que padece el síndrome de Estocolmo.
Se dice que sufre el síndrome de Estocolmo, alguien que sin ser secuestrador sino más bien víctima secuestrada, sin embargo justifica y asume como propias las posiciones de los secuestradores. La definición de síndrome de Estocolmo se originó en un hecho ocurrido en la capital de Suecia, Estocolmo, en 1973, cuando varios bandidos asaltaron un banco, tomaron como rehenes a las personas que se encontraban en el local y las mantuvieron secuestradas durante una semana.
Finalmente los asaltantes se entregaron a la Policía y los rehenes salieron ilesos, pero expresándose a favor de sus secuestradores y hasta pagaron de sus bolsillos la defensa judicial de los criminales, además de que presentaron ante el gobierno una solicitud de perdón para los delincuentes. Entonces fue que un médico psiquiatra consultado acerca del por qué de esa actitud de las personas que habían sido secuestradas, a favor de sus secuestradores, acuñó el concepto de síndrome de Estocolmo para caracterizar esa curiosa relación afectiva que a veces se establece entre víctimas y victimarios.
Por cierto que el caso más representativo de ese fenómeno psicológico llamado síndrome de Estocolmo, ha sido el de una mujer estadounidense de nombre Patricia Hearst (nieta de un multimillonario magnate de medios de comunicación estadounidenses, el señor Randolph Hearst), quien fue secuestrada en febrero de 1974, en Estados Unidos, por una banda terrorista denominada Ejército Simbiótico de Liberación. Hearst permaneció con los secuestradores durante un tiempo, mientras negociaban la suma de dinero y las condiciones del rescate. Posteriormente, cuando quedó en libertad, resultó que la señorita Hearst había establecido una relación amorosa con uno de sus secuestradores y ella misma se declaró miembro de la agrupación terrorista.
En diversos países donde ha florecido la llamada “industria del secuestro” (como Colombia, México y Guatemala, en América Latina), se han conocido muchos casos del síndrome de Estocolmo, o sea de personas tomadas como rehenes que simpatizan luego con sus secuestradores y en algunos casos hasta abrazan su causa y se convierten en militantes de los agrupaciones delictivas. Pero en Nicaragua, donde las organizaciones ultra izquierdistas que han existido muy poco han practicado el secuestro como “forma de lucha”, no se conoce de ningún caso significativo de síndrome de Estocolmo. Salvo algunas personas de las que fueron secuestradas en agosto de 1993 por una banda de paramilitares sandinistas, que posteriormente se convirtieron en seguidoras del FSLN.
En realidad, en Nicaragua los secuestros políticos han sido más bien de carácter colectivo —los individuales por lo general son de naturaleza criminal ordinaria—, por lo que han sido muy pocas las oportunidades para que los secuestrados resulten víctimas d el síndrome de Estocolmo.
De manera que es muy interesante y significativo el caso señalado por el diputado liberal Wilfredo Navarro, de un partido político o una corriente dentro de éste que no sólo se ha sometido a las condiciones que le impuso otro partido más fuerte y rudo, sino que al menos una parte de su dirigencia ha terminado por “enamorarse” de aquel y por compartir y defender sus posiciones políticas.