Una luz cegadora: Hiroshima

Marcio Vargas

Silencio, luz de sol explotado y muerte en masa.

Un cura jesuita que tuvo el extraño privilegio de ver a lo lejos (tres kilómetros) lo ocurrido, contó a uno de los mejores escritores de habla hispana en la historia, que no hubo ruido de explosión:

“Fue una silenciosa luz cegadora encendida a unos 100 metros sobre el centro de la ciudad y luego fue el ruido, pero era de la destrucción, de los edificios cayendo, el fuego que se corría de un lado a otro, los niños que no alcanzaban a quedar más que como sombras infames en las paredes de sus escuelas, los obreros que se vieron a sí mismos como en radiografías y murieron y el viento salvaje que dejó nuestro seminario de la Compañía de Jesús, absolutamente sin una ventana de vidrio en buen estado”.

No tengo idea de cuántos nicas han podido viajar a Japón, y de ellos a cuántos se les ha dado la oportunidad de visitar Hiroshima, una ahora pujante ciudad llena de vida, industrias y un estadio de beisbol mejor que los de las Grandes Ligas de los Estados Unidos.

Y claro, un museo, el museo de la paz, junto a pequeñas huellas de la destrucción.

Ocurrió el 6 de agosto de hace 60 años.

Era de mañana y todo el mundo iba a sus labores.

No había fábricas militares ni tropas cercanas.

Era un blanco fácil para probar si el Enola Gay era capaz de dejar caer la pelota de la muerte llena de radiación sin mayores riesgos de ser derribado, aunque sus tripulantes se fueron derribando a sí mismo, poco a poco, en los años subsiguientes, agobiados por el peso de sus conciencias.

No hay un sólo japonés adulto que estudiando su primaria y secundaria en Nippon, no haya visitado al menos una vez el museo de la paz, que más bien parece la muestra de lo macabro que puede ser un arma que ha sido superada en millones de megatones y en decenas de países, como para destruir completamente a la tierra…, aunque sin ruido.

Y nicaragüenses habrá algunos, no creo que muchos. Yo he sido uno de ellos, invitado por el gobierno de Japón y atendido por el señor Watanabe, traductor de Darío y amante de la paz, que dos veces ha sido nombrado funcionario de su país en Nicaragua desde inicios de la década última del siglo XX.

Casi 20 años atrás, el loco Alfonso Cortés decía que el afán de relatividad de la vida de su época, permitía pensar a algunos que era más importante la paz mundial que la paz de un solo salvaje.

Como si lo hubiese leído Truman, a quien le tocó tomar la decisión de terminar una guerra interminable, mediante la entonces sólo conocida como “bomba atómica”, hecha de partículas de átomos, bajo las teorías de Einstein, quien murió maldiciendo a quienes usaron sus ideas para ello.

Ahora son bombas mucho más sofisticadas y poderosas.

Pero aquella de la mañana de Hiroshima fue la peor de dos que fueron lanzadas a población civil, cuando los derechos humanos no eran protegidos por organismos internacionales, es decir, igual que ahora. ¿O no?

Visitar el llamado Museo de la Paz en Hiroshima, tras horas de volar en tierra en el Tren Bala desde Tokio, no es algo como para narrar en estas pocas líneas, pero sí puedo decirles que una vez fue suficiente para odiar por siempre la guerra y las armas que producen los países desarrollados con dinero suficiente como para calmar el hambre mundial.

Y nunca me dejaron de impresionar tres cosas: palomas sobre el domo de un edificio destruido en esqueleto que se conserva como recuerdo de muerte, la sombra de alguien que existió como cuerpo y se quedó en pintura tipo las cuevas de Altamira (lo antiguo y lo moderno se juntan), y el relato del testigo que murió 40 años después de cáncer por las pocas radiaciones que le llegaron a tanta distancia en el seminario de los jesuitas.

En unos segundos murieron 140 mil personas.

El doble murió en cuatro décadas después, a consecuencia de la bomba de Hiroshima.

Una cantidad menor, pero cercana a los 100 mil seres humanos murió con la “luz cegadora” en Nagasaki, días después.

Y los japoneses, que habían visto con asombro admirativo y respetuoso, que el salvajismo de los yanquis no llegaba a tanto como para bombardear a Kyoto, la capital cultural de Japón, aunque destruyeran Tokio muy cerca de ahí, debieron doblar la cerviz en un acto de humillación elevado a la enésima potencia —viniendo de un imperio milenario— tras las bombas.

Así caen los imperios y se quedan odiando rumiantes a sus verdugos.

No sabemos cómo quedará el actual imperio, pero Hiroshima fue una señal que ellos mismos crearon para el futuro de la humanidad.

Truman (en el fondo dicen que fue un buen hombre, blanco, cristiano y sajón) tomó la decisión de asesinar en masa a casi medio millón de civiles para evitar que sus soldados, ya cansados y acobardados, no siguieran muriendo en el intento de invadir todas las islas del archipiélago de Nippon.

Y mucho menos permitir que los bolcheviques rusos avanzaran por el norte y se quedaran con la presa completa.

Nada ni nadie será olvidado decían los rusos en Leningrando o San Petersburgo tras el sitio de los nazis.

Eso dicen en el pensamiento —con sonrisa y reverencia de por medio— los japoneses cada vez que visitan Hiroshima.

Eso dice la humanidad cada vez que llega el 6 de agosto y nos recuerda el año 1945.

Fin de la guerra y la paz del genocidio.

Que Dios perdone a los Estados Unidos.

Si es que Dios tiene tanta capacidad de perdonar.

El autor es Periodista nicaragüense, corresponsal de la agencia de prensa Ansa.

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