Pablo Kraudy Medina
Roman, Times, serif»>
Historia de nuestro pensamiento: una obra en gestación
Pablo Kraudy Medina
La ideas, entendidas como la forma en que una sociedad se representa a sí misma, en que representa sus condiciones históricas y problemas, sus aspiraciones y desengaños, sus esperanzas, proyectos y temores, constituyen una forma en que los miembros de esa sociedad adelantan y dirigen sus acciones, y por ende, uno de los contenidos sustantivos para comprenderla. No obstante, esta esfera del conocimiento histórico ha atraído sólo parcial y esporádicamente la atención de nuestros investigadores, al punto que no contamos hoy con un panorama siquiera general del proceso de nuestro pensamiento. ¿Será que en el fondo no existe un corpus al que podamos llamar del pensamiento nicaragüense? ¿O es que no ha habido en Nicaragua pensadores? ¿O lo que han pensado carece tanto de mérito que no gana crédito para recuperarlo y sistematizarlo? ¿O lo que no hay es a quienes preocupe y menos ocupe lo que los nicaragüenses han pensado y piensan?
Hay quienes juzgan suficiente con que se conozca el panorama del proceso de pensamiento latinoamericano, so pretexto de que nuestra historia ha seguido más o menos los mismos cauces y que lo producido en un país como el nuestro no variaría en nada las conclusiones a que podríamos llegar estudiando el conjunto de los países latinoamericanos , que, a la vez, se hace estudiando los procesos más representativos. ¡Vaya fortuna de razonamiento! ¡Vaya vocación de anónimo! Hace más de un siglo, un prominente hombre del continente —Andrés Bello—, en otro contexto y sentido, criticaba a los historiadores que se limitaban a una extrapolación del modelo para explicar sus procesos. Tales esfuerzos nos enseñan, “nos allana el camino, pero no nos dispensa de andarlo”. Y todavía hoy tenemos que aprender eso.
En esos panoramas —de indudable importante e incuestionable rigor, pensando en los de Leopoldo Zea o Arturo Andrés Roig, entre otros notables, quedamos con una “presencia tácita” —para no decir ausentes— e instados a aliviarnos con aquella “saludable” inferencia. En las bibliografías de las ideas latinoamericanas ocurre también lo suyo: o no figuramos, como en la de la Unión Panamericana (1967), o se incluyen muy escasos registros, cuestionables por lo que a la pertenencia del género concierne, como en la de la UNESCO (1981).
Paradójicamente, hace más de 45 años Rafael Heliodoro Valle (1891-1959) reconocía que Nicaragua “ha sido fecunda en mentes que han brillado en todos los órdenes de las ideas, lo mismo en la tribuna que en la prensa, la cátedra, el periodismo y la poesía” (Historia de las ideas contemporáneas en Centroamérica, 1960). Sin duda, Darío, quien abre las puertas de un pensamiento contemporáneo para Nicaragua, saldrá siempre a la palestra; pero el escritor e historiador hondureño se refería, sobre todo, a las generaciones emergentes de “jóvenes valiosos y mentes adiestradas para el ejercicio del espíritu” surgidas en la primera mitad del siglo, a las que habría que agregar generaciones posteriores que también han continuado la empresa intelectual, pese a lo adverso de las condiciones socioeconómicas y políticas del país.
Por vía diferente, veamos la conclusión a que llega Constantino Lascaris-Comneno con su estudio de la historia de las ideas en Centroamérica (Historia de las ideas en Centroamérica, 1970; Las ideas en Centroamérica. De 1838 a 1970, 1989). La valoración del pensamiento nicaragüense, del cual considera figuras prominentes a Darío y a Sandino, habría que considerarla en el conjunto de la región. Para este autor, Centroamérica se encuentra todavía en una fase temprana de la construcción de su vida colectiva, teniendo como horizonte la necesaria integración regional: con cierta resonancia orteguiana lo reitera indicando que nuestra historia, “demasiada corta”, se halla todavía “hacia el futuro”. Nuestros procesos, dominados por regímenes de fuerza y carentes de ambiente y medios propicios para el ejercicio y el progreso intelectual, han dificultado el libre pensamiento. Situados históricamente así, preguntarnos por el aporte centroamericano en el mundo de las ideas —y seguramente Láscaris piensa en el aporte al pensamiento mundial—, no puede menos que obtener una respuesta negativa, pese a que la región ofrece ya “una galería de figuras interesantes”. Quizás esta conclusión fuera un poco diferente si juzgásemos esos aportes a lo interior de nuestros procesos de pensamiento y en la medida en que han contribuido a la solución de los problemas concretos que les dieron lugar. Son dos termómetros que calibran el grado de nuestra madurez intelectual: en negativo y en relativo.
Carlos José Solórzano, quien reconoce en el nicaragüense un menosprecio por las ideologías políticas como normas abstractas, juzga nuestro pensamiento político como una maraña de confusión y desorden (Nosotros los nicaragüenses, 1995). El nicaragüense común ve atrapadas sus opiniones por las pasiones que transmite el diarismo local —su lectura predominante—, sin alcanzar mayor elevación y profundidad; pero posee, no obstante, una “filosofía popular”. Por cuanto las élites políticas, señala que es característico en ellas un “extraño proceder”. Como consecuencia, estos factores han propiciado el desinterés en afrontar nuestro pensamiento como objeto de estudio, y con facilidad suscitan efectuar extrapolaciones con otros procesos, sean éstos continentales o extracontinentales.
Alejandro Serrano Caldera, por su parte, visualiza el valor de nuestro pensamiento (nacional y continental) en el contexto de la globalización (El doble rostro de la postmodernidad, 1994). La historia nos ha colocado en la encrucijada de desarrollar los “verdaderos valores universales” de nuestra cultura o perecer en la avalancha globalizadora que se va transmitiendo como “paradigmas de la comunidad humana”. En este contexto, nuestra mirada debe ser, exigidamente y encadenadamente, doble: hacia adentro —desentrañando nuestras propias esencias— y hacia afuera —abiertos a un “horizonte más ancho”—; con raíces, pero trascendiéndolas. Considera, así, que la apropiación de la historia de nuestro pensamiento debe constituir el sustento teórico y moral para enfrentar a los desafíos de nuestro tiempo.
A criterio de Serrano Caldera, en Nicaragua “se ha pensado y escrito, mucho y muy bien, sobre el acontecer político, sobre el hecho político, pero poco sobre la política como tal” (El intelectual y la política, 2002). Nicaragua ha producido un considerable legado de discursos doxológicos, volcados a la praxis social, en los cuales la emoción y la pasión se introducen en el razonamiento, y no así discursos de saber, metódicos y científicos.
En apreciación de Karlos Navarro, “son pocos los intelectuales (nicaragüenses) que se han abocado a la tarea de pensar”. Este juicio sólo es argüible si identificamos pensamiento con filosofía. El que, al seleccionar el material de estudio, la orientación sea hacia aquéllos en que se elevan a nivel del pensamiento abstracto, y en que las ideas estudiadas poseen orientación y consecuencias filosóficas, no debe significarnos confundir o reducir lo uno con lo otro. Ya Serrano, en las líneas anteriores, indicaba todo lo contrario. No debemos olvidar que el objeto y sentido de una historia de las ideas es mucho más amplio que el de una historia de la filosofía.
Darío, el primero de los nuestros que advirtió la dificultad de ocuparse en una historia del pensamiento, notaba una relación estrecha entre la escasez de pensadores y el incipiente desarrollo del género ensayístico en nuestros países. Pero dio un paso más allá, al no circunscribir la posibilidad de su estudio a esa sola clase de fuente. En general, el ensayo es tenido en América Latina como la principal y más difundida forma de expresión del pensamiento, pero no es la única, por lo que, llevar a cabo la historia de nuestro pensamiento pasa por ejecutar una ampliación metodológica de las fuentes para su estudio. Esto, sin duda, representa, a la vez, un complejo problema, por la variedad, cantidad y difícil organización del material en cuestión. Valle y Láscaris, conscientes de este inconveniente, coinciden no obstante en el criterio.
Karlos Navarro hace una segunda aseveración: también son “escasas las investigaciones serias que se han realizado en torno a nuestro pensamiento”. El paso siguiente deberá ser compensar este vacío, y en esa dirección apunta el recien te volumen Nicaragua. Ideas. Siglo XX. He ahí la paradójica carencia de una historia del pensamiento nuestro: estamos conscientes de que tenemos un corpus de literatura de ideas relativamente apreciable; reconocemos la necesidad de su estudio y su importancia; confiamos en nuestras capacidades para emprender exitosamente ese estudio; pero, al final, apenas lo intentamos.
El autor es historiador