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Hiroshima y Nagasaki: nunca más
Hoy se conmemora en todo el mundo el 60 aniversario del bombardeo atómico de las ciudades japonesas Hiroshima y Nagasaki.
En efecto, el 6 de agosto de 1945 un bombardero B-29, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, dejó caer una bomba atómica con un poder equivalente a 20 mil toneladas de TNT, encima de cada una de las dos ciudades japonesas arriba mencionadas, matando e hiriendo de una sola vez a decenas de miles de personas. Y muchas más morirían posteriormente, después de padecer diversas enfermedades provocadas por la radiación de las bombas atómicas, que fueron las primeras y hasta ahora únicas que se han usado en un conflicto bélico.
Con las bombas atómicas lanzadas contra Hiroshima y Nagasaki se terminó la II Guerra Mundial, pues apenas 8 días después el Japón se rindió incondicionalmente ante Estados Unidos, luego de 4 años de una terrible guerra que comenzó con el bombardeo japonés de la base naval norteamericana en Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941.
Ese, precisamente, era el propósito de Estados Unidos, gobernado entonces por el presidente Harry Truman: ponerle fin rápidamente a la guerra con Japón que era la única potencia que se mantenía en guerra contra los Aliados, después que la Alemania nazi capituló en mayo de 1945. Y la justificación que dio entonces Estados Unidos al uso de las bombas atómicas que mataron a decenas de miles de civiles, fue que muchas más vidas hubiera costado continuar la guerra y someter al imperio japonés por los medios bélicos convencionales.
Como fuese, después de la aterradora experiencia de la II Guerra Mundial y del holocausto atómico de Hiroshima y Nagasaki, se esperaba que ningún país volvería jamás a recurrir a la guerra para dilucidar sus conflictos, y mucho menos para tratar de imponerse uno al otro. Sin embargo, desde el fin de la II Guerra Mundial en 1945, hasta ahora, en todo el mundo han ocurrido unas 200 guerras regionales, convencionales y civiles. Incluso Nicaragua ha puesto su cuota de destrucción y derramamiento de sangre humana, con las guerras revolucionaria y contrarrevolucionaria que se libraron en suelo nicaragüense durante los años setenta y ochenta del siglo recién pasado; de las cuales todavía hoy no se han podido contabilizar las pérdidas de vidas humanas ni el país ha podido salir del grave retraso material provocado por esas guerras, que mantiene a la mayoría de los nicaragüenses en la pobreza y en la miseria.
De manera que a pesar de todo lo que ha sufrido la humanidad por causa de las matanzas entre países y dentro de las naciones, todavía hay quienes siguen acudiendo al brutal expediente de la guerra, la violencia y la amenaza con el uso de la fuerza, para alcanzar sus objetivos. Causa mucha tristeza que, a pesar de que, como aseguran algunos pensadores humanistas contemporáneos, sólo el alto coeficiente de la estupidez humana es lo que explica que se hagan las guerras, y que como consecuencia de éstas ocurrieran tragedias como la de Hiroshima y Nagasaki, sin embargo en diversas partes del mundo se sigue haciendo la guerra y matando a gente inocente.
Hoy día, al conmemorarse el 60 aniversario de Hiroshima y Nagasaki es necesario reconocer que ningún fin, por muy superior que sea o se crea que es, justifica la muerte de personas inocentes ni la destrucción de la riqueza material que con tantos esfuerzos los pueblos logran construir. El Japón ha comprendido perfectamente esa gran enseñanza de la historia. Por eso el Japón renació de las cenizas atómicas, se convirtió en una gran potencia mundial y los japoneses son ahora gente muy pacífica que se dedica a construir su propia riqueza y bienestar, así como a prodigar cooperación a los pueblos que necesitan de la solidaridad internacional.
Al respecto, y en ocasión de conmemorarse también el 70 aniversario del establecimiento de las relaciones de Japón con Nicaragua, y con Centroamérica, cabe señalar que este gran país asiático es uno de los principales cooperantes con el pueblo de Nicaragua (800 millones de dólares, más o menos, en los últimos 14 años); y destacar que la ayuda del Japón es incondicional, que no está sujeta a requisitos políticos ni de ninguna otra clase, que es brindada con el único afán de servir con vocación solidaria y por el cariño que los japoneses sienten por Nicaragua.