Armando Guevara Fletes
En la Edición número 38 de la Revista quincenal de LA PRENSA, Magazine, se publicó un relato muy interesante sobre una niña vestida de harapos, que en el muelle de Granada se acercó al señor Naohito Watanabe para recitarle el poema que Rubén Darío le dedicó a Margarita Debayle en la isla El Cardón, del puerto de Corinto. Lo importante de esta historia es que al señor Watanabe le gustó el poema, y desde ese momento se dedicó a conocer la obra completa de Rubén Darío, a tal punto que ya tradujo El Intermezo de Darío al idioma japonés, y promete seguir traduciendo el resto de la obra del “Príncipe de las Letras Castellanas”.
Pero si no hubiera sido por la audacia que tuvo esa niña haraposa y descalza de enfrentarse al señor Naohito Watanabe para recitarle el famoso poema, el señor Watanabe no habría conocido parte de la obra de nuestro panida, ni se hubiera interesado en conocer el resto de la obra, ni en traducirlo a su idioma japonés.
Si alguien en Granada conoce el nombre de esa niña, su paradero, sus actuales condiciones de vida, si está en la escuela, qué grado lleva, dónde vive, quiénes son sus padres, etc., le haría un gran favor a esa niña si le enviara una carta con todos esos datos a don Fabián Medina, al Diario LA PRENSA de Managua, para que cierre ese capítulo pidiéndole al Gobierno una beca de por vida para esa niña, además de ayudarle con uniforme, calzado y otros. Son pocos los niños que nacen con el don de gustarles la lectura de versos, poemas, etc., retenerlos en la mente y saber citarlos sin equivocarse.
Así como LA PRENSA dio a conocer a un niño que nació con el don de aprender el juego ciencia, que es el Ajedrez, así hay que dar a conocer a esa niña anónima hasta el momento que un día se atrevió a recitarle un poema de Rubén Darío al señor Naohito Watanabe, con tan buen acierto que el diplomático japonés se enamoró de la obra del bardo Rubén Darío, nicaragüense por gracia de Dios.