Una luz para el turismo

Raúl F. Calvet

En los pocos días que pasaron desde que vi la necesidad de volver a escribir un artículo de opinión, al día que lo terminé, tuve que variar tres veces el tono del escrito debido a los cambios ocurridos en el torbellino que sorprendentemente no sólo enfrenta a los poderes del Estado, sino a los mismos ministerios.

Esta característica de los tiempos, que para algunos es muestra del carácter apasionado del nicaragüense y su individualismo, contrasta con la necesidad de actuar bajo esquemas ordenados y previsibles y nos trae problemas a todos al mantener válida una sola constante: el cambio. Irónicamente muchos de los responsables del problema actual en su momento también fueron defensores de la competitividad donde es fundamental la estabilidad de las reglas del juego.

Normalmente en todos mis escritos sobre temas de turismo me he preocupado de utilizar la mejor terminología y mantener la altura. Pero al parecer, luego de tantos años de predicar los beneficios del turismo y de haber contribuido en lo posible a su desarrollo tanto en el área operativa como en la de inversiones, veo que es necesario hablar con palabras más nicas, el lenguaje de todos los días, con la esperanza de que así el mensaje sea más claro y los que nos tienen en jaque, permitan tener un futuro a todos los nicaragüenses y extranjeros que luchamos por el desarrollo del turismo.

Hace muchos años vine a Nicaragua porque creí en los nicaragüenses. Creí en los sandinistas porque iban a defender a la gente más necesitada. Me gustaría verlos ahora defendiendo el trabajo digno que han conseguido los pobres que trabajan en las empresas turísticas y no sólo defendiendo el derecho de ir a bañarse a las playas muertos de hambre y sin trabajo como lo han venido haciendo las comunidades costeras por décadas. Creí en los liberales, porque defendían el derecho a la propiedad privada y la promoción de la libre empresa. Me gustaría verlos ahora defendiendo a los propietarios legítimos de sus tierras y no promoviendo expropiaciones improductivas o solapadas bajo el nombre de “compra de mejoras” como dicta el proyecto de la Ley de Costas. Creí que este balance de dos grandes partidos garantizaba el futuro de Nicaragua, por un lado el desarrollo moderno y dinámico de la economía y por otro lado la justicia social y la igualdad de oportunidades para todos. Muchas cosas he creído en mi vida, pero no en todas he apostado todo mi futuro, a como sí lo hice en Nicaragua, y por eso quiero defender junto a muchos otros empresarios, inversionistas y empleados de la industria turística lo que hemos logrado con tanto esfuerzo y sacrificio en los últimos 10 años.

El turismo ha recibido estocadas mortales en los últimos meses. Se suspendieron sorpresivamente algunos incentivos de la Ley 306 a medio camino, se propone una Ley de Costas que despoja de sus propiedades a los inversionistas y a los propietarios de terrenos costeros y aún no se aprueba el mecanismo de los bonos de inversión que se requiere para que de una buena vez despeguen inversiones de volumen, que traigan solución al problema del desempleo y para que no sigamos con este desarrollo mediano que no alcanza a superar el crecimiento del problema del desempleo y de la pobreza.

Aquí los afectados no son sólo la minoría que lee los editoriales, sino todo el pueblo que tiene sus esperanzas puestas en el turismo, y que está consiguiendo empleos y está aprendiendo oficios y recibiendo la tecnología y valores de sociedades más desarrolladas y que está mejorando sus condiciones de vida gracias a la inversión directa.

Detrás del todopoderoso nombre de “inversionista extranjero”, hay también muchas veces una persona sencilla que trabajó y luchó toda su vida, tuvo éxito y que ahora está invirtiendo sus ahorros en el turismo de Nicaragua, creyendo en las promesas de los nicaragüenses, divulgadas a través de su Presidente, de sus ministros y de sus instituciones de promoción de inversiones y sobre todo a través de sus legisladores, quienes aprueban leyes para buscar un mejor futuro para los nicaragüenses, supuestamente creando reglas claras y estables para un desarrollo sostenido de la economía.

Hace unos días supe que en el municipio de Garabito, Costa Rica, donde están el Marriot, Los Sueños y otros desarrollos turísticos importantes, hay cero por ciento de desempleo, ¿y saben quiénes son la mayoría de los trabajadores? Son nicaragüenses que aquí no consiguieron trabajo ni oportunidades y emigraron a Costa Rica en años pasados.

Ahora que por fin tenemos la oportunidad de empezar a mirar con orgullo el futuro, para no tener que pedir ayudas y limosnas, ahora que estamos empezando a valernos por nosotros mismos, que ha disminuido la emigración a Costa Rica dejando huérfanas a nuestras familias, ahora que ya empieza a haber trabajo cerca de las comunidades costeras y de los pueblos… ahora vienen unos pocos a destruir todo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para tener acceso a las playas? ¿Para mejorar temporalmente las recaudaciones? ¿Le han preguntado a la gente de las comunidades costeras qué piensan de la Ley de Costas? Durante más de 450 años las playas no contribuyeron a solucionar el problema de miseria y de pobreza del nicaragüense.

Ahora que el nicaragüense tiene trabajo y una oportunidad, se la van a quitar destruyendo el régimen de propiedad costera y excluyendo a los inversionistas que no son nacionales de las futuras concesiones de las costas expropiadas, o sea en palabras sencillas: “Ya construiste, ahora te quito y se lo doy a la Alcaldía y no te dejo volver ni alquilando, y encima se lo voy a alquilar a cualquiera, así que te quedas con tu inversión de millones en segunda línea detrás de las concesiones nuevas”. ¿Habrá alguien que piense que las inversiones actuales prosperarán en este régimen, o habrá algún inteligente que crea que estamos enviando mensajes de seguridad y confiabilidad de la inversión en Nicaragua?

La gente pobre quiere trabajo, no circo. La gente quiere un futuro digno, quiere sentir orgullo de salir cada mañana al trabajo y traer el pan a la casa como fruto de su esfuerzo honesto y no andar pidiendo limosnas. El mundo del nicaragüense de la calle es muy diferente al de mucha gente que decide el destino de los demás desde el confort de sus oficinas. No todos tienen la suerte de que aunque las cosas vayan mal igual reciben su salario.

¿Por qué condenar al nicaragüense aislándolo del resto del mundo? La Integración no quiere decir sólo acuerdos, telecomunicaciones y transporte. Integración es también participar de los procesos económicos buscando una igualdad relativa en los resultados de los países. Integración es crear las condiciones para la inversión y competir con una ventaja. Hay que buscar donde somos buenos y darle con todo. Somos mejores que la mayoría como destino turístico por nuestras especiales combinaciones de cultura, naturaleza e historia. ¿Por qué vamos a crear incentivos para todos los sectores si algunos nunca van a ser competitivos? ¿Por qué vamos a tratar de convertir a todos los desempleados en empresarios o microempresarios, si no todos nacieron para esto? ¿Cuál es el problema de fomentar el ser un empleado digno en una empresa fuerte, con futuro y que traslade sus utilidades a beneficios para sus empleados y para la comunidad?

Hay cientos de países que luchan por obtener una posición como destino de inversión. La inversión no sólo es dinero, también es tecnología, son mercados, conocimiento y experiencias, mejores niveles de vida y ejemplos vivos de sistemas más competitivos y más eficientes. Panamá y Honduras son los países de la región que más esfuerzos están haciendo para captar inversiones en turismo. Lamentablemente los estamos ayudando con nuestros errores y retrocesos.

Un día aplaudimos la aprobación unánime de una Ley de Incentivos, pasamos cuatro años dándola a conocer y promoviendo el país, convenciendo a uno por uno de los posibles inversionistas, y finalmente cuando ya los convencimos y ya los tenemos en el país, los hacemos comprar tierras, iniciar sus empresas, hacer estudios, abrir sus cuentas, contratar empleados y empezar a soñar con un futuro promisorio en la tierra pinolera. Entonces… ¡Zas! Salen personajes aparentemente más despiertos, más vivos que los inversionistas, que descubren lo que en otros países aún no se han dado cuenta, y que reciben instrucciones del FMI y de otros organismos que nadie más recibe en la región centroamericana y deciden eliminar los incentivos de la ley, cortar los programas de desarrollo de los proyectos dejando colgados a inversionistas y trabajadores por igual y que deciden despojar a los legítimos dueños de sus propiedades cuando ya han adquirido valor.

Al diablo con la estabilidad y seguridad de las inversiones. ¿Para qué sirve eso? ¿Promesas y compromisos? ¿Qué es eso? “A como se hace se deshace”, como decía un folclórico funcionario, muy amigo mío por cierto.

Aparentemente existían conceptos errados que pensaban que si aprueban los Bonos de Inversión en Turismo (BIT) se dejaría de percibir parte de las recaudaciones previstas para el 2005, cuando en realidad están diseñados para afectar impuestos de servicios que aún no existen y que no van a existir si no se aprueba la ley. ¿Acaso no es suficiente prueba el hecho que desde 1989 en que se inauguró el Hotel Montelimar hayan pasado 16 años? ¿Y todavía no se haya construido otro hotel de este tamaño y que genere ese tipo de impacto positivo en nuestra economía? ¿No se han preguntado por qué?

La respuesta es sencilla, la gente aún no confía lo suficiente en Nicaragua para hacer inversiones grandes a largo plazo fuera de la hotelería de Managua. Estamos en proceso de construir nuestra reputación. Las inversiones hasta la fecha, salvo contadas excepciones, son de corto plazo de recuperación, hay temor que cuanto más largo el período de recuperación, mayor el riesgo de que cambien sorpresivamente las reglas del juego. Por eso la proliferación de inversiones mediana y pequeñas, de la venta de lotes en las playas sin mayor desarrollo de infraestructura, de la creación de condo-hoteles que permiten la venta y recuperación inmediata de la inversión en vez de verdaderos complejos hoteleros.

Lo bueno es que ahora nuevamente nace una oportunidad para la industria turística de Nicaragua, como siempre las ha tenido este beneficio país a pesar de las dificultades más grandes y de las crisis más complicadas. La oportunidad surgió hace unos días con el entendimiento entre los principales actores del Ministerio de Hacienda y los del Intur apoyados por el sector privado. Luego le tocará el turno a los legisladores para que enmienden los errores de la reforma que cercenó los incentivos de la Ley 306 dejando en el aire a decenas de proyectos y miles de empleos y para que detengan la aprobación de una ley confiscatoria y totalmente desmotivadora para la inversión como es la tristemente famosa Ley de Costas.

Hagamos de Nicaragua un país que lleve la ventaja y le gane a los demás en algunas industrias seleccionadas por su verdadero potencial, hagamos caso de los mensajes del mercado y démosle lo que desea con la mejor calidad y siempre como resultado de la búsqueda de la excelencia. Es cierto que nunca se llega a ser excelente, pues siempre hay una forma mejor de hacer las cosas, pero tengamos mucho cuidado al cambiar las reglas del juego. Seamos previsores, miremos largo en la vida económica de nuestras decisiones y hagamos de Nicaragua un país donde se pueda confiar en el futuro, donde se pueda vivir e invertir tranquilo, sin sobresaltos ni sorpresas. Donde la amabilidad y alegría del nica sea resultado de su vida real y no sólo de sus sueños y esperanzas.

El autor es presidente de Calvet & Asociados, empresa de asesoría de inversiones en turismo, ex director de Promoción del Intur.

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