Migdonio Blandón [email protected]
Me ha motivado a escribir estas líneas la lectura de “Una Crisis para despertar la santidad”, homilía pronunciada por el padre Roger Landry en la parroquia del Espíritu Santo, Fall River, MA, el Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. En dicha homilía alude a los medios de comunicación, los que de manera enfática resaltan las noticias escandalosas de diversa índole concernientes a miembros del clero. Hace hincapié que a pesar de la responsabilidad y el grandioso privilegio de administrar los sacramentos, de manera especial la celebración eucarística, el sacerdote al ser consagrado con tal dignidad representativa no deja de ser humano y, como hombre, si espiritualmente se descuida en su relación con Dios, está siempre expuesto a caer en las garras del maligno que de continuo a todos tiende sus camufladas y atractivas redes.
Refiere el artículo, que desde los primeros doce apóstoles que Jesús escogió, uno fue un terrible traidor, por lo que a veces en los elegidos hay traidores y es un hecho que se debe asumir, como la primera Iglesia lo asumió. Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que sus miembros se hubieran centrado, la Iglesia habría acabado antes de comenzar a crecer. En vez de ello reconoció que no se debe juzgar por la vileza sino por la lealtad.
En vez de centrarse en el traidor, se centraron en los once, que gracias a su virtuosa labor de auténticos testigos que dieron su vida por Cristo, la Iglesia subsiste. Como bien dice: “Es gracias a los otros once, todos martirizados, a excepción de San Juan, que nosotros hemos escuchado la palabra salvífica de Dios. Gracias a ellos hoy recibimos los sacramentos de la Vida Eterna”. Lo que sitúa la confrontación en centrarse en la vileza o la santidad.
Santos han sido los genuinos representantes de la Iglesia, que como San Pedro, San Pablo y muchos mártires más, desde su comienzo, a principios de nuestra era, hasta su primera crisis con la reforma protestante del sacerdote agustino Martín Lutero, debido a dicha crisis moral que incluso afectó al Papa Alejandro VI. De esa crisis de inmoralidad surgió el equívoco de Lutero, que sin luchar contra ella como debía decidió fundar su propia Iglesia, en la que, aunque divorciados de la Sagrada Eucaristía y de la Virgen María, quienes guardando los mandamientos llevan una vida virtuosa, Dios misericordioso sabrá recibirles.
Dicha división originó una tremenda crisis al llegar ciertos sectores a un exacerbado fanatismo, quedando maltrecha la comunidad cristiana pero manteniéndose incólume la fe de los auténticos cristianos que alimentados por la Eucaristía siguieron en la Iglesia de Cristo Nuestro Señor, cumpliéndose así su promesa de que el mal no prevalecerá contra ella. Para reparar parte del daño en su Iglesia, se valió en esa ocasión de San Francisco de Sales, San Francisco de Asís y muchos santos más que repararon en gran parte tal equívoco.
Aunque en la celebración eucarística, todo el que sacramentalmente ha sido consagrado en el momento del santo oficio eucarístico, sea quien sea deja de ser él y es Cristo mismo quien se da a través suyo a todo el que habiendo cumplido los preceptos eclesiales quiere recibirle. Lo que al no estar en dichas condiciones, quien así la recibe su comunión es sacrílega. De manera especial cuando el que la recibe es fuente de escándalo por vivir públicamente en mancebía, escándalo del que es partícipe el que a sabiendas la administra.
Tales escándalos son el pretexto que usan para justificar por qué no asisten al templo ni hacen vida la fe cristiana, cayendo a veces en el suicidio espiritual de desconocer los sacramentos y dañándose a sí mismos desertan con frecuencia a un sinnúmero de sectas. Que Dios no permita que caigamos en tan desastrosa situación y nos de la fe necesaria para que asidos a la Eucaristía nos mantengamos firmes.
El autor es miembro de Eduquemos.