Rafael J. Cabrera A.
En su Encíclica Ecclesia de Eucharistía, del 17 de abril del 2003, Su Santidad Juan Pablo II nos exhorta a vivir en plenitud la manifestación más grande del amor de Dios para con nosotros, tal es, el que tengamos por siempre la presencia real de Cristo, su carne y su sangre entre los que vivimos la fe cristiana y que podamos incorporarlos con amor y con dignidad en cuerpo y espíritu a nuestro ser mediante el Sacramento de la Eucaristía, culmen de la vida cristiana.
En el numeral 36 nos dice: “La comunión invisible, aún siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el “cuerpo” y con el “corazón”; es decir, hace falta, por decirlo con palabras de San Pablo, “ la fe que actúa por la caridad” (Ga 5, 6).
La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: “Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa” (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: “También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo”.
Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: “Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el Sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”. Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.
A continuación nos recuerda, en el numeral 37 que “La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que San Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: “En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el Sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.
El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que “ obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave”.
Más adelante nos afirma: “La comunión eclesial, como antes he recordado, es también visible y se manifiesta en los lazos vinculantes enumerados por el Concilio mismo cuando enseña: “Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión”.
La Eucaristía, siendo la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia, exige que se celebre en un contexto de integridad de los vínculos, incluso externos, de comunión. De modo especial, por ser “como la consumación de la vida espiritual y la finalidad de todos los sacramentos”, requiere que los lazos de la comunión en los sacramentos sean reales, particularmente en el bautismo y en el orden sacerdotal. No se puede dar la comunión a una persona no bautizada o que rechace la verdad íntegra de fe sobre el Misterio eucarístico. Cristo es la verdad y da testimonio de la verdad (cf. Jn 14, 6; 18, 37); el Sacramento de su cuerpo y su sangre no permite ficciones.
Creo oportuno, en este tiempo que celebramos el año de la Eucaristía, dar a conocer los numerales 36 a 38 de la mencionada Encíclica, que con amor nos dirigió nuestro recordado y amado Pastor Juan Pablo II.
Los que profesamos nuestra fe católica, debemos permanecer fieles a nuestros obispos y con ellos al Sumo Pontífice, conociendo y cumpliendo con fidelidad el magisterio de nuestra amada Iglesia. Quien tenga oídos, que oiga.
El autor es Gran Comendador de la Orden de San Gregorio Magno.